24. Quincy
Quincy
M e froto los ojos y, todavía medio dormida, cojo la cafetera.
Ni cinco litros de cafeína bastarían para mantenerme despierta, pero esperemos que sirva de algo.
Los últimos cuatro días han pasado volando entre los vídeos en directo, las publicaciones en redes sociales y alguna que otra cabezadita de treinta minutos aquí y allá.
Faltan unas horas para que Georgianna toque tierra y va a ser un día muy largo. Y la noche que me espera lo será aún más, así que necesito recargar las pilas cuanto antes.
—Ya era hora de que te levantaras —dice alguien a mis espaldas. Doy un grito y estoy a punto de tirar la taza que tengo en la mano. Busco a tientas algo con lo que defenderme, me decido por un cucharón y lo levanto—. ¿En serio? ¿Con uno de los utensilios de cocina?
—Harlow. Me has dado un susto de muerte. —Respiro hondo—. Sabes que siempre me alegro de verte, pero ¿qué haces aquí? Tú odias madrugar.
—Aún estaba despierta y he visto la luz de tu habitación encendida. Vas a tener un día movidito y quería saber si podía ayudarte en algo. Mia vendrá en un rato, también.
—Mis chicas. —Le doy un golpecito a la cafetera y compruebo aliviada que se pone en marcha y empieza a hacer el café—. ¿Ya has preparado la casa para la tormenta? ¿Has guardado los muebles de jardín y…?
—Y he llenado la bañera de agua, he sacado las linternas, he vaciado la nevera y el congelador, he comprado una caja de agua en el supermercado y he tapiado las ventanas de la terraza acristalada con madera, no con cinta adhesiva.
—Harlow sonríe, se sienta a la mesa de la cocina y se pone cómoda. —¿Estás orgullosa de mí?
—Orgullosísima.
Me río cuando la puerta principal se abre con un chirrido.
Unos pasos fuertes resuenan en el pasillo seguidos por un «joder» pronunciado entre dientes cuando alguien choca con la rodilla contra la mesa de la entrada.
Todos esos años de amistad con Mia me han servido para llegar a la conclusión de que es la persona menos sigilosa que conozco, así que, cuando aparece en la cocina en pijama y con una bolsa de papel marrón en la mano, no me sorprendo lo más mínimo.
—Veo que la fiesta ya ha empezado. —Mia bosteza, va hacia los armarios y saca tres platos—. Traigo regalitos.
—Me alegro de que las llaves de emergencia que os di estén resultando útiles —digo.
—Obviamente esto es una emergencia. ¿Por qué no has dormido un poco más?
—Lo he intentado. He estado dando vueltas en la cama toda la noche y al final me he rendido—. Echo un vistazo dentro de la bolsa que ha traído. —¿De qué tipo de regalitos estamos hablando?
—De bagels de Nate. Le he encargado una hornada especial. —Mia empieza a repartir unos con canela y azúcar, otro de arándanos y otro «con todo», y añade una tarrina de queso crema a la combinación—. Tienes que comer. —Mira a Harlow, que está empezando a dar cabezadas—. Y tú también, Har.
—¿Eh? Estoy despierta. —Harlow bosteza y se incorpora—. No pienso dormirme.
—Gracias por haber venido. —Me lleno la taza y me siento en la silla que está frente a Harlow. Mia se une a nosotras, corta los bagels en tres trozos y los reparte—. Me hace mucha ilusión.
—Todo lo que sé sobre huracanes lo he aprendido en tu programa —dice Harlow mientras mastica un bocado de bagel de azúcar y canela—.
Pero queríamos asegurarnos de que comieras algo antes de salir a perseguir una tormenta gigante.
¿Ha habido algún cambio en la trayectoria de Georgianna durante la noche?
—No suele haber grandes cambios justo antes de tocar tierra, pero, dado que el huracán viene directo hacia este estado, es importante comprobarlo. —Me meto un trozo de bagel de arándanos en la boca y gimo—. Adoro los carbohidratos.
—Cuánto admiro a las mujeres que no comen pan. —Mia coge el portátil y me lo pasa, leyéndome el pensamiento—. Yo me pondría hecha una fiera si alguien intentara quitarme el pan de masa madre que hago una vez al mes.
—¿Una vez al mes? Madre mía. Sí que tienes una vida de cuento de hadas —dice Harlow—. Hasta mi pequeño y frío corazón tiene que reconocerlo.
—Pues sí. Sabía que acabaría convirtiéndote. —Mia esboza una sonrisa radiante y me mira—. ¿Vas a ir en coche hasta Tampa?
—Sí. Se prevé que la tormenta toque tierra esta noche convertida en un huracán de categoría tres, y quiero ir con tiempo para prepararme antes de que las condiciones empeoren.
La idea es hacer una retransmisión en directo antes de que llegue, otra durante y otra después, si tengo suficiente cobertura en el móvil.
—Me zampo otro trozo de bagel —. Va a causar muchos daños.
—¿Y dónde te vas a resguardar? —me pregunta Harlow—. No estarás a la intemperie todo el rato, ¿no?
—Claro que no. Todavía sigo traumatizada por el tornado de principios de verano y siento un gran respeto por el poder de la Madre Naturaleza.
Hay varios aparcamientos en los que podría ponerme a cubierto cuando arrecie el viento.
Y he buscado un par de refugios, cerca de donde voy a estar retransmitiendo en directo, en los que podría ponerme a cubierto si fuera necesario.
—Me limpio el queso crema de los dedos y abro la página web del NHC—. ¿Dónde vais a estar vosotras?
—En mi casa. Van a venir Cooper y Nate. Estar con un bombero da seguridad, y mi casa es la que está más alta de las cuatro. —Mia dobla la servilleta y se limpia la boca—. Estoy nerviosa. No quería estar sola y esta tormenta me da miedo.
—Un momento. ¿Dónde está Richard? —le pregunto.
—De viaje. Otra vez. Le han cancelado el vuelo de vuelta.
—Su sonrisa se desvanece y agacha la cabeza—.
No estamos muy bien desde la noche de juegos en tu casa, Quin.
No para de darme razones por las que debería ponerme su apellido.
Sé que no es tan importante, pero… he trabajado muchísimo para que mi nombre aparezca en esos libros.
Claro que lo quiero un montón, pero ese éxito lo he conseguido yo solita.
—Yo estoy con Mia Dunn —dice Harlow—. Ya habías triunfado antes de conocerlo. ¿Por qué va a llevarse el mérito de lo que tú has conseguido por ti misma?
—Quin —Mia se gira hacia mí—. ¿Tú qué opinas?
—Estoy de acuerdo con Harlow. Si alguna vez publicara algo en una revista científica me gustaría firmarlo como Quincy Monroe. Es el nombre que llevo usando toda la vida y esa parte de mí siempre le pertenecerá a ella.
—Sabía que no tenía razón al enfadarse conmigo —suspira—. En fin. Ahora mismo hay cosas más importantes que los nombres de los escritores.
—Me alegro de que vayáis a pasar la noche los cuatro juntos. —Miro el portátil con los ojos entornados. La falta de sueño me está pasando factura—. Eh. Eso no está bien.
—¿Qué es lo que no está bien? —me pregunta Harlow. Echa un vistazo por encima de mi hombro y arruga la nariz—. Tienes una mente admirable, Quin. Yo no entiendo nada de lo que pone ahí.
Aprieto los labios, intentando encontrar una forma fácil de explicárselo.
—En el boletín que acaban de publicar no mencionan ningún cambio de trayectoria, pero la tormenta…
ha cambiado de rumbo. ¿Qué es eso? —Frunzo el ceño y actualizo la página.
Puede que lo esté interpretando mal. Pongo todo mi empeño en analizar la situación a pesar del agotamiento, pero soy incapaz—. No entiendo nada.
—Saca la varita mágica, Quin. —Mia se levanta y se sirve un vaso de zumo de naranja—. Esperaremos a que lo averigües.
Me dejan trabajar en silencio. Me acabo el café y doy una vuelta por la cocina para despejarme.
El tiempo pasa con lentitud. Miro fijamente el ordenador y, de repente, todo cobra sentido.
Me tiembla la mano. Palidezco mientras hago una captura de pantalla de las imágenes por satélite de Georgianna y las amplío hasta que llenan el monitor.
—Mierda —susurro—. Ay, madre.
—¿Qué pasa? —me pregunta Mia.
—La trayectoria oficial está equivocada.
—El estómago me da un vuelco al darme cuenta.
Todas las sinapsis de mi cerebro se disparan y se ponen a trabajar a toda máquina, y se me encoge el corazón—.
En la previsión pone que la tormenta irá hacia el norte y girará al nordeste en las próximas horas.
Eso significaría que tocaría tierra cerca de Tampa, que es lo que llevamos diciendo tres días.
—Vale —dice Harlow lentamente—. ¿Y eso es un problema?
—Si te fijas en el radar, se ve que Georgianna ya no está avanzando hacia el norte.
La tormenta se dirige claramente hacia el nordeste, en este preciso instante.
Un sistema de alta presión la ha desviado y la ha hecho cambiar de trayectoria.
Si trazo una línea recta desde el ojo a través del estado…
—Cojo una servilleta y la sostengo delante de la pantalla—.
¿Ves? El punto en el que tocaría tierra estaría más al sur.
—¿Y eso qué significa? —pregunta Mia.
—Significa… —Dejo la frase en el aire. Me siento como si me estuvieran estrujando los pulmones—.
Significa que estamos evacuando a las personas equivocadas.
Significa que la tormenta sigue una trayectoria que la conducirá directamente al suroeste de Florida y nadie está preparado.
Pero lo peor ni siquiera es el cambio de rumbo.
Georgianna está experimentando lo que se conoce como una «intensificación rápida».
—Eso no suena nada bien. —Harlow acerca la silla—. ¿Qué quiere decir?
—En el boletín de las once de la noche de ayer, los vientos tenían una fuerza de categoría dos.
Ahora han subido a categoría cuatro. La presión barométrica sigue bajando y, con el agua caliente del mar que aún tiene por delante, podría empeorar todavía más.
—Levanto la barbilla y miro a mis amigas en busca de consuelo mientras intento asimilar todo lo que está ocurriendo—.
Va a ser un huracán de categoría cinco que tocará tierra en menos de veinticuatro horas y el puñetero Centro Nacional de Huracanes no ha cambiado la condenada trayectoria.