Llueva o truene 23. Quincy #3
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23. Quincy #3

—Algunos días echo de menos ciertas cosas de Nueva York.

Puedes comprar una pizza a las tres de la mañana.

Y salir a correr a las diez de la noche sin ser el único en el parque.

Es una ciudad bulliciosa y caótica, pero eso me estimula.

—Sebastian saluda con la mano a nuestros amigos, que están en la orilla—. No es el peor lugar del mundo.

—¿Y qué tal el tiempo? ¿Mejor que aquí?

—¿Nunca has estado allí?

—No. ¿Me estoy perdiendo algo?

—Puede. «Mejor» es una palabra subjetiva —dice.

—¿En qué sentido? —le pregunto.

—El otoño es mejor. Las hojas cambian de color. El aire es frío, no como aquí. Y la nieve está bastante bien. Pero, aparte de eso, no tiene nada de especial. Para empezar, tú no estás allí.

—¿Qué? —Me río y lo salpico formando una olita—. ¿Qué tengo yo que ver con el tiempo que hace en Nueva York?

—Mucho.

—¿Por ejemplo?

—Pues, cuando miro al cielo, pienso en ti.

¿Estará lloviendo en Oak Valley? ¿Te habrás acordado de ponerte protector solar?

¿Se te estará empezando a aclarar el pelo, como siempre te sucede hacia mediados de julio?

—Vuelve a quedarse callado mientras se pone detrás de mí.

Siento su aliento cálido en la nuca, donde sus labios me dan un beso temerario.

Baja las manos todo lo que puede, las mete en el agua y me acaricia el vientre.

El corazón me late con fuerza, mientras espero con avidez más—.

A veces, cuando me siento solo y estúpido, echo a volar la imaginación.

Los sueños que tengo allí son de esos en los que jamás me he permitido creer.

—¿Qué tipo de sueños? —le pregunto en un susurro, aunque me siento como si estuviera gritando. Como si estuviera al borde del precipicio, en una cornisa peligrosa.

—Por ejemplo, se me ocurrió la idea absurda de que a lo mejor tú también pensabas en mí.

De que estábamos conectados en cierto modo.

Las estrellas, la luna, las mareas, el sol…

y nosotros dos. Quincy y Sebastian. Dos idiotas esperando el momento adecuado para dar el paso.

Cuando estaba a punto de volverme loco, imaginaba que había un mundo en el que yo te hacía feliz.

En el que siempre acababas eligiéndome a mí.

—Se le quiebra la voz. Contengo el aliento—.

Y ninguna de las tormentas que he perseguido en mi vida me ha hecho sentir algo tan intenso como esa fantasía.

Trago saliva. Una sensación de calidez y ternura me atenaza el pecho, un abrazo férreo que se niega a soltarme.

Qué fácil me resultaría alejarme nadando de él.

Renunciar a esa conversación tan seria, pero me quedo donde estoy.

Le pongo una mano en el pecho y siento cómo su corazón late al ritmo del mío.

«Las estrellas, la luna, las mareas, el sol…».

«Y nosotros dos».

—A lo mejor puedo ir a visitarte algún día —digo. Le brillan los ojos—. Si tienes sitio para invitados.

—Tengo sitio de sobra para invitados. Tanto para los que se quedan unos días como para los que se quedan una buena temporada. Tú eliges el tipo de invitada que quieres ser.

—De las que se quedan por tiempo indefinido —digo—. De las que aún no tienen claro el futuro, pero quieren dejar la puerta entreabierta.

—La mantendré entreabierta todo el tiempo que quieras.

—Sebastian me acaricia la mejilla con el pulgar—.

Cuanto más tiempo paso aquí, menos ganas tengo de volver allí.

¿Cómo voy a tenerlas si estoy con mis amigos?

Si estoy persiguiendo tornados y me duermo con el ruido de la lluvia en la ventana.

Eso por no hablar del pibón con el que me acuesto.

—Venga ya. —Me río. La tensión de hace un instante se disipa—. Yo no soy ningún pibón.

—¿Estás de coña?

—No, tú estás de coña. No hace falta que me eches piropos solo porque nos acostamos juntos. Mañana pienso volver a quedar contigo aunque no me hagas cumplidos.

—¿Y si me da la gana de hacértelos? —Me acaricia la mejilla con la mano resbaladiza por el salitre y la crema solar.

Huele al cucurucho de vainilla que nos hemos comido todos hace una hora, recostados en las tumbonas, mientras el helado se derretía y se nos caía por los brazos—.

¿Qué me dirías si me apeteciera decirte que creo que eres increíblemente inteligente?

—Te preguntaría si estás seguro.

—Ah. —Sebastian asiente con la cabeza y me rodea el cuello con una mano.

Me da unos golpecitos con los dedos en la tráquea—.

Ya lo entiendo. Los hombres no te han halagado como te mereces, ¿verdad?

Pues menos mal que estoy yo aquí. Eres espectacular, Quincy.

No he podido quitarte los ojos de encima en todo el día.

¿Y tu mente? Joder. Esa mente tan brillante y maravillosa es lo que más me pone de ti.

En algunos de mis sueños, me corro solo con oírte hablar.

Eres, sin lugar a dudas, la persona más lista que he conocido jamás.

El océano está a punto de arrastrarme mar adentro. Me tiemblan las piernas y me siento abrumada por lo que acaba de decir. Tengo el corazón desbocado y me quedo sin respiración.

—¿De verdad piensas eso? —digo. El viento se lleva mi pregunta.

—Sí. —Sebastian vuelve a juguetear con los tirantes de mi traje de baño. En un acto de valentía que tal vez se deba a que lleva demasiado tiempo al sol, o quizá a la misma euforia que yo siento, me da un beso en la coronilla—. Lo pienso de verdad.

Una alegría serena nos envuelve. Una gaviota grazna sobre nuestras cabezas. Cerca de allí, ruge el motor de una moto acuática. Hemos dicho muchas cosas y nos han quedado muchas otras por decir, pero en este momento todo es perfecto.

—Sebastian.

—Dime, Quincy.

—¿Quieres perseguir el Georgianna conmigo?

—¿La chica del verano y el chico de oro del tiempo formando equipo para la mayor tormenta del año? Mi club de fans se va a morir de la emoción al volver a verme —dice. Me abalanzo sobre él. Lo abrazo por la cintura, lo empujo y ambos caemos al agua con un chapoteo—. Caray, chica. Menudo carácter.

—Que sepas que eres mi persona menos favorita del mundo.

—Tal y como me estás sonriendo ahora mismo lo dudo mucho. —Me acaricia la comisura de los labios con el pulgar—. Pues claro que quiero perseguir el huracán contigo, pequeña Quinny. Pensaba que no me lo pedirías nunca.

Más tarde, durante la cena, nos sentamos uno frente al otro.

Nuestros amigos comentan cómo ha ido el día y la posibilidad de hacer una fiesta por el huracán.

Entre quemaduras solares, vino y risas de cansancio, no dejo de lanzarle miradas furtivas a Sebastian, y no me sorprendo al descubrir que él también me está mirando.