Llueva o truene 23. Quincy #2
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23. Quincy #2

—Nunca me han gustado las adivinanzas. —Elijo una canción de Dashboard Confessional y subo el volumen; los vítores del asiento trasero confirman que he dado en el clavo—. Guárdate tus secretitos para ti.

—Vale, pero que sepas que tiene que ver con una de mis cosas favoritas.

Nos dirigimos hacia el oeste mientras los graves retumban y el sol brilla. Estoy radiante de felicidad, pero, mientras contemplo el infinito cielo azul que se extiende ante nosotros, no puedo evitar sentir que el futuro nos depara algo desagradable.

—Hola. —Harlow se sienta a mi lado en la arena y se acerca un poco más a mí para ponerse a la sombra de la tienda que los chicos nos han montado.

Su piel pálida se está enrojeciendo a pesar del protector solar con el que se ha embadurnado todo el cuerpo y se pone un sombrero de ala ancha en la cabeza para cubrirse la cara—. ¿Qué haces aquí sola?

—Mia ha ido a buscar agua para todas. —Señalo la nevera portátil, donde esta se encuentra con Nate y Cooper, comiendo un trozo de sandía. Se ríe, se le cae un poco de jugo por el brazo y se lo lame—. ¿Y tú dónde estabas?

—Hablando con un socorrista. —Sonríe y señala una caseta grande que se ve a lo lejos—. Tiene veintitrés años y es demasiado entusiasta, pero también muy guapo.

—Mira qué bien.

—Mia está encantada, ¿no? Y Richard ha desaparecido, para variar.

—Har. No seas mala —le advierto.

—Solo es un comentario. —Estira las piernas y saluda con la mano a Mia, que viene hacia nosotras con un montón de botellas de agua en las manos—. Hola, guapa.

—Hola. —Mia reparte las bebidas y se sienta en la arena, sonriendo de oreja a oreja—. Esto es genial, ¿verdad? Aire fresco. Brisa. Buenos amigos. ¿Qué más se puede pedir?

—Lo único que podría mejorarlo sería que Sebastian y Quin se enzarzaran en una de sus típicas discusiones, pero no he percibido el menor roce.

—Harlow me dedica una sonrisa burlona—. ¿Tres horas juntos en un coche?

Y sale en tu programa…, que yo también veo, por cierto.

Esa química que hay entre vosotros es una novedad. ¿Hay algo que quieras contarnos?

«Muchas cosas», pienso.

Mia se pondría eufórica si se enterara de que Sebastian y yo nos acostamos. Seguramente empezaría a organizar la boda.

Y Harlow se alegraría de que por fin estuviera disfrutando de esos orgasmos que tanto se habían hecho esperar.

Por mucha ganas que tenga de contarlo, por mucho que odie ocultarles cosas, prefiero mantenerlo en secreto lo máximo posible.

Me gusta tener a Sebastian para mí sola. Cuando estamos juntos, no es el tío de las noticias. No es una estrella de internet con millones de seguidores y un montón de mujeres haciendo cola para competir por su atención. No es el chico del tiempo que todo el mundo adora y cree conocer.

Es tranquilo. Más tierno e inseguro. Alguien que me habla de todos los lugares que ha visto en sus viajes por el mundo y de todos los que le gustaría visitar.

Que me escucha cuando le cuento dónde me veo dentro de diez años; que asiente cuando hablo de las ilusiones y los sueños que temía compartir con cualquier otra persona, no porque no fueran a apoyarme, sino porque da mucho miedo apostar por una misma y saber que podrías fracasar.

He descubierto quién es lejos de las pantallas y el espectáculo.

Es un hombre que se preocupa por sus seres queridos y por el medio ambiente.

Que estaría encantado de no volver a publicar una foto más en redes sociales, pero lo hace porque es un hombre de palabra que respeta sus contratos publicitarios con pequeñas empresas que cuentan con él para obtener ingresos adicionales gracias a su gran número de seguidores.

Solamente existimos nosotros dos, él y yo, y eso es maravilloso.

Cojo un puñado de arena y dejo que los granos se me escurran entre los dedos.

—Supongo que estamos madurando.

—Me parece bien que le dejes salir en tu programa. —Mia hace una pausa para sonreírme—. Esa parte de tu vida es muy importante para ti. Has trabajado mucho para conseguir la audiencia que tienes.

—Todas hemos trabajado mucho. —Señalo a Harlow y me río cuando el viento le alborota el pelo rojo—.

A Har la han elegido los compañeros del sector como alguien con una influencia excepcional y The Hideout ha ganado varios premios.

Y tú, Mia Dunn, no sé cómo te las apañas para publicar dos best sellers al año, ayudar como voluntaria en el banco de alimentos de Orlando y organizar una boda.

—¿Nunca te quedas sin ideas, Mia? —le pregunta Harlow.

—Soy capaz de convertir cualquier cosa en una novela romántica.

—Desvía la vista hacia una pareja que está sentada a unos diez metros de distancia—.

Esos dos, por ejemplo. Están compartiendo un bocadillo del Publix.

Él le está cambiando de sitio la silla a ella para que esté a la sombra.

A ella no le da vergüenza comerse un puñado de patatas fritas delante de él.

Son cariñosos y se tratan con familiaridad, pero sin grandes muestras de afecto en público.

Me imagino que llevan años siendo amigos.

Siempre han salido en pandilla, pero hace poco se han dado cuenta de que sienten algo el uno por el otro.

Es la primera vez que quedan los dos solos y la playa es el sitio ideal para estar juntos sin sentirse demasiado incómodos.

—Y si la cosa no sale bien, uno de los dos puede adentrarse en el mar e irse a vivir con los delfines —añade Harlow. Suelto una carcajada.

—Eso es. —Mia nos coge de la mano—. No puedo creer que este vaya a ser nuestro último verano juntas, así.

—¿Es que te vas a algún sitio y no nos lo has dicho? —le pregunto, entrelazando nuestros dedos.

—No. Me refiero a que las cosas serán diferentes cuando me case. Queremos tener hijos y empezarán los entrenamientos de fútbol, las clases de pintura y las de ballet. —Suspira—. Espero que no os olvidéis de mí cuando conduzca un monovolumen.

—¿Crees que con el fútbol vas a conseguir librarte de nosotras? Por favor —resopla Harlow—. Yo seré la tía divertida a la que tus hijos llamarán cuando quieran escaparse por las noches porque les obligas a comer brócoli.

—Por lo del monovolumen sí que no paso. —Chillo y me levanto de un salto cuando Mia me echa agua helada encima—. ¡Lo retiro! Los monovolumen son unos vehículos estupendos.

—Eso está mejor. —Mia mira hacia atrás y saluda a Richard con la mano. Él señala la gasolinera de la esquina y ella asiente y se levanta también—. Es la hora del aperitivo. ¿Alguien quiere algo?

—Yo no, gracias. Iba a darme un chapuzón para refrescarme, pero ahora será para entrar en calor porque alguien casi me mata de frío. —La miro sacando la lengua y voy hacia el agua—. Creía que éramos amigas, Mia.

—Amigas íntimas —grita ella, sonriendo cuando Richard le rodea la cintura con un brazo.

—Voy a seguir tonteando con el socorrista. Ven a buscarme a la hora de comer. —Harlow se despide con la mano y echa a correr hacia la caseta de salvamento.

Yo me quito las sandalias, voy hacia el mar y me relajo cuando las olas me bañan los pies. Avanzo poco a poco hasta que el agua me llega al pecho, me doy la vuelta y me tumbo boca arriba, flotando mientras miro al cielo.

Las olas me acarician suavemente los hombros y exhalo un suspiro cuando un grupo de nubes oculta el sol. Un ruido me llama la atención y giro la cabeza, y me alegro al ver a Sebastian de pie cerca de mí, sonriéndome.

—Hola —dice.

—Hola. —Extiendo los brazos a los lados y los bajo, haciendo un ángel en el agua—. ¿Te lo estás pasando bien?

—Ahora mucho mejor. Estoy admirando las vistas.

—¿Y te gusta lo que ves?

—Me encanta lo que veo.

Sebastian se mordió el puño y tuvo que desviar la mirada cuando me quité la camiseta oversize y me quedé con el traje de baño azul marino que llevo puesto.

Ahora está recuperando el tiempo perdido, se acerca a mí y acorta la distancia que nos separa.

Cuando está lo suficientemente cerca, me acaricia el cordón del bikini con el pulgar.

Es un recordatorio de que podría quitarme ese trozo de tela de un tirón, si quisiera, pero en vez de eso ha optado por torturarse a sí mismo.

Yo me torturo a mí misma mientras contemplo el agua salada que le resbala por el pecho.

Las gotas se le adhieren al hueco de la base del cuello y al contorno de los pectorales.

El tono rosado de sus hombros, fruto de un par de horas al sol, hace que su cuerpo parezca aún más maravilloso, y el corazón me da un vuelco cuando se pasa una mano por la cara y me sonríe.

—Estás muy callada —dice, rompiendo el silencio—. ¿Va todo bien?

—Estoy pensando en algún insulto que lanzarte.

—¿Se te ha ocurrido alguno bueno?

—Todavía no, pero aún queda mucho día por delante.

—Ya se te ocurrirá alguno. —Desliza el pulgar bajo el tirante de mi bañador y lo hunde en los músculos de la parte superior de mi columna vertebral. Un suave gemido brota de mi pecho—. Siempre se te ocurre —añade, con voz ronca y áspera.

—¿No te parece inquietante?

—¿El qué? ¿El continuo espacio-tiempo? ¿La posibilidad de que existan los universos paralelos? —Sebastian se acerca y posa la mano en mi cuello—. Tendrás que ser más específica, Presi.

—Nosotros estamos aquí, a lo nuestro. Pasándonoslo bien y disfrutando de un día superagradable.

Mientras, en algún lugar de este mismo océano, una tormenta capaz de hacer daño a muchísima gente se va haciendo cada vez más fuerte.

—Bajo los pies hasta el fondo del mar y clavo los dedos en la arena—.

A veces es difícil encontrar el equilibrio entre ambas cosas.

Disfrutar de lo bueno sin darnos cuenta de lo privilegiados que somos por tener los recursos que tenemos.

—Es una contraposición complicada. Estás emocionado por tener la oportunidad de presenciar un acontecimiento histórico, pero al mismo tiempo te preocupa el impacto que Georgianna pueda tener en las vidas de la gente.

—¿Echas de menos Nueva York? —No puedo evitar preguntárselo y él me responde con un murmullo grave.