Llueva o truene 23. Quincy
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23. Quincy

Quincy

Hace ya un mes que empezamos a acostarnos y nos hemos creado una rutina.

Ha venido a mi programa media docena de veces para regocijo de mis seguidores.

Se sienta a mi lado, toma notas en un pósit que no me deja ver y sonríe con picardía cuando intento echar un vistazo por encima de su hombro para averiguar qué está escribiendo.

Lo pillo mirándome cuando empiezo a hablar de masas de aire, con los labios ligeramente despegados y los ojos muy abiertos.

Cuando le pregunto si está bien, sacude la cabeza como si quisiera acallar sus pensamientos.

Apoya un brazo en el respaldo de mi silla y le pide a la gente que le diga de qué color debería encargar las camisetas de #Quibby.

Pasamos las tardes con nuestros amigos y nos vamos juntos a la cama por las noches. Viene a mi casa y aparca en la calle de al lado para que Harlow no vea su coche. Preparamos la cena entre los dos y siempre deja un puñado de sobres de kétchup en la encimera para que me los encuentre después.

De vez en cuando me invita a ir a dormir con él. Me cuelo por la puerta de atrás de la casa de Cooper, hablando en voz baja mientras Sebastian me arrastra a su dormitorio.

Y, madre mía, es alucinante.

Lo mejor que he probado nunca.

Anoche me obligó a reconocerlo, cosa que hice prácticamente a gritos.

Empezó a besarme el vientre y fue bajando la boca, sin dejar de mirarme a los ojos, mientras se deslizaba por la cama. «Pienso estamparlo en una camiseta y lucirla por el pueblo», murmuró.

«Y cuando la gente te pregunte “¿el mejor qué?”, ¿qué le vas a decir?», quise saber mientras me penetraba con dos dedos y me susurró unas palabras de ánimo cuando la dilatación me hizo ahogar un grito.

«El mejor polvo de su vida. Un polvazo», contestó convencidísimo. Y cuando se puso encima de mí, sujetándome los brazos por encima de la cabeza, no le hicieron falta más argumentos.

Hay noches en las que discutimos por cualquier tontería y la discusión deja de ser un debate para transformarse en caricias de sus manos sobre mis muslos.

Yo le rodeo el cuello con los brazos y me dejo llevar mientras le hago seguir bajando por mi cuerpo.

Otras noches, en vez de hacer el amor, vemos algún documental antiguo de meteorología y compartimos uno de los brownies de Nate hasta quedarnos dormidos abrazados el uno al otro, más felices de lo que lo he sido nunca.

En lo más recóndito de mi mente, un lugar al que solo me permito ir cuando reina la oscuridad y todo está en silencio, admito las cosas que temo expresar en la vida real por miedo a que puedan cobrar demasiada importancia: me gusta estar con Sebastian.

Me gusta que me haga sentir segura, que me haga sentir importante.

Y, cuando estoy especialmente contenta, me permito reconocer que siento algo por él. Que me hace tilín, algo que no sé cuándo ha empezado a suceder.

Algo más profundo que la atracción física y el deseo se ha colado en nuestra relación.

Siento el suave revoloteo de las mariposas en el estómago cuando me besa.

Noto que mi sonrisa se hace más amplia y que el corazón se me acelera cuando pone una pierna sobre la mía, me sube las sábanas hasta el mentón y me da un beso en la coronilla.

Creo que me gusta mucho.

—¿Podemos poner música? —dice Mia desde el asiento de atrás, interrumpiendo mis cavilaciones.

Se inclina hacia delante, pasando por encima de Richard, y regula las salidas de aire para que le den directamente en la cara—.

Si tengo que escuchar un pódcast más sobre el tiempo, me van a sangrar los oídos.

—¿A la escritora de novelas románticas no le van las charlas sobre los sistemas de bajas presiones? No me lo puedo creer. —Alargo la mano hacia el dial de la radio, ignorando los quejidos de Sebastian—. Puedes sobrevivir sin esto una hora, Dunn.

—¿Tú crees? Podría perderme información crucial. Mira lo que pasó en El día de mañana . Seguro que se arrepintieron de no haber escuchado más pódcasts sobre el tiempo.

—¿Por aquel entonces ya existían los pódcasts de meteorología? —Ajusto la frecuencia y frunzo el ceño al escuchar la voz de la emisora de AM—. Un momento.

—Quincy, por favor —protesta Mia. Apoya la cabeza en el hombro de Richard, y veo por el espejo retrovisor que él le da una palmadita en el muslo—. Mi cerebro no puede con más términos científicos.

—Solo dos segundos, Mia. Te lo prometo.

«… emitido una alerta de huracán para los cayos de Florida. A las once de la mañana, el centro de rotación se encontraba en…».

Busco a tientas el teléfono, en las profundidades de la bolsa que tengo a los pies.

—Georgianna se ha convertido en un huracán.

—No fastidies. ¿Hay un huracán? —pregunta Cooper—. ¿Desde cuándo?

—Desde hace un rato —digo.

—Precisamente por eso no quitamos los pódcasts de tiempo.

—Sebastian intenta resistir la tentación de echar un vistazo al mapa que he abierto en el móvil.

Desvía constantemente la vista de la carretera para mirarme a mí, y tengo la sensación de que está a punto de salirse de la autopista para poder verlo él también—. Dame más detalles, Presi.

—Ahora mismo los vientos alcanzan los 130 kilómetros por hora. De momento avanza hacia el noroeste, pero se prevé que se desvíe hacia el este-nordeste y vuelva a ir hacia Florida —digo.

—¿Cuándo se espera que toque tierra?

—Dentro de unos seis días.

—Parece una eternidad, pero…

—Cuando se acerca una tormenta, el tiempo pasa volando —acabo la frase por él.

Me mira a los ojos. Estamos en la misma onda, pensando lo mismo, y sus labios se curvan en una sonrisa.

—El tiempo vuela cuando te lo pasas bien.

Pongo los pies en el asiento y acerco las rodillas al pecho.

Capto fragmentos de las conversaciones que se escuchan a mi alrededor.

Nate le habla a Harlow del menú de otoño que va a hacer en el Whisk and Rise.

Ella le comenta la idea de crear una ruta de pequeños comercios, una colaboración entre algunas de las tiendas y restaurantes de la zona que podrían unirse para atraer a más clientes.

Mia le pide a Richard que le abra la botella de agua y se ríe cuando le moja un poco el vestido.

—Perdona, cariño —dice él. Ella le da un beso en la mejilla.

—Da igual. Estás aquí conmigo. Hoy nada puede estropearme el día —asegura Mia.

Quiero formar parte de todo eso. Quiero vivir el momento, pero estoy distraída. Tengo el corazón dividido entre estar aquí con mis amigos y volver a casa, al estudio, para seguir la trayectoria de Georgianna en la pantalla grande del ordenador.

—Eh. —Sebastian extiende la mano y me tira de la coleta—. ¿Cómo es que no estás dando saltos de alegría ante la posibilidad de que un huracán se acerque tanto al estado? Va a ser una persecución de primera.

—Estoy bien. Un poco nerviosa, supongo. El agua del mar está muy caliente.

A Georgianna le queda mucho camino por recorrer y mucho tiempo para crecer.

—Me encojo de hombros y sigo la trayectoria del modelo de predicción que apunta a que tocará tierra en Tampa, justo al norte de hacia donde nos dirigimos hoy—.

No soporto pensar que alguien pueda estar en peligro.

—Es una mierda que esa sea una de las desventajas de vivir en Florida, pero ya comentamos en The Rainy Day Show que esta es la época del año en la que suele haber más tormentas.

—Es verdad. Había olvidado que últimamente estáis trabajando juntos. —Cooper apoya una mano en mi asiento y se inclina hacia delante para meterse en la conversación—. ¿Cómo va la cosa?

«Genial».

«También nos acostamos juntos».

«Es increíble lo que es capaz de hacer con la boca y me resulta imposible mantenerme alejada de él».

«Estoy absurdamente pillada por él y la cosa va de mal en peor».

Me arden las mejillas. Me retuerzo las manos para tener algo que hacer además de pensar en Sebastian delante de nuestros amigos, pero él debe de tener la capacidad de leerme la mente.

Solo eso podría explicar su sonrisa burlona.

El hecho de que se ponga las gafas de sol en la cabeza.

Que apoye el codo en la consola que hay entre nuestros asientos mientras el aroma de su colonia me hace cosquillas en la nariz.

—Eso, Presi. ¿Cómo va la cosa? —me pregunta.

—Podría ir peor —contesto—. En internet lo adoran. Hace que el trabajo sea más divertido y es agradable…

—¿Hacer cosas de frikis con otra persona? —Harlow acaba la frase por mí. Me echo a reír.

—Exacto.

—En redes sociales os adoran —interviene Mia—. Vi un vídeo que alguien publicó con todas vuestras frases célebres reunidas en un solo clip y fue muy divertido ver lo raritos que sois. Pero explicáis las cosas de forma que las personas normales puedan entenderos. Es genial.

—Hasta yo he visto el vídeo y no tengo redes sociales —comenta Richard—. Ha estado circulando por el trabajo.

—¿A los banqueros les gusta? Qué fuerte. —Sebastian suspira—. Hemos triunfado, Monroe.

—Todo el mundo se va a llevar una decepción cuando se entere de que esto no es algo permanente —digo—. Cuando Sebastian vuelva a Nueva York, dejará de ser mi colaborador habitual.

—Un millón de corazones se romperán cuando diga que me voy. —Suspira mientras se lleva la mano al pecho con dramatismo—. No importa. A los héroes se les recuerda, pero las leyendas nunca mueren.

—Ahí está de nuevo ese ego. —Cojo su teléfono, que está sobre la consola que nos separa.

Lo conecto al cable auxiliar y lo miro—.

¿Tienes por aquí algo de música decente?

Mia tiene razón. Ahora mismo no puedo con un pódcast sobre tiempo.

Mi vida está a punto de sumirse en una vorágine de contenido sobre huracanes.

—Pon lo que quieras. El código de acceso es ocho siete tres siete.

—¿Has puesto una contraseña?

—Al parecer, no tenerla era casi un comportamiento propio de un asesino en serie, así que he hecho algunos cambios.

—¿A qué te refieres?

—Es un secreto. —Sebastian sonríe y se vuelve a poner las gafas de sol, mirando fijamente hacia la carretera—. ¿Quieres una pista?