Llueva o truene Epílogo. Sebastian #2
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Epílogo. Sebastian #2

—Entonces, de repente, pasas… pasas por debajo de un paso elevado y sientes un alivio instantáneo.

Un silencio maravilloso. Una… una sensación de paz absoluta.

Pues eso es exactamente lo que siento cuando estoy con ella.

Solo que es un momento que nunca pasa. La sensación está siempre ahí.

Cuando me roba las mantas. Cuando la beso bajo la lluvia.

Cuando está comiendo un cuenco de cereales y se le queda una gota de leche en la comisura de los labios.

Me recuerda constantemente la puta suerte…

, perdonad, niños, la puta suerte que tengo por estar con ella.

Siguen llegando nuevos comentarios. Hay uno de un chico que dice: «Entiendo perfectamente a qué te refieres, tío.

Si mi media naranja estuviera por ahí, en alguna parte, iría al lugar donde la vi por primera vez y me quedaría esperando para intentar volver a cruzarme con ella».

Y otro de una mujer que comenta: «Ojalá un amor así me encuentre a mí».

—Quincy no va a ver esto en directo —digo—.

Está ocupada trabajando y cambiando el mundo, y la he echado muchísimo de menos.

Solo he estado fuera siete días, pero me han parecido siete vidas.

Estoy viendo la entrada de la casa un poco más adelante y tengo la sensación de que por fin puedo volver a respirar.

El fan número uno de Rick Astley se detiene delante de nuestra casa y prácticamente abro la puerta en marcha.

Me bajo y observo las contraventanas que hemos pintado de amarillo chillón y el mantillo nuevo que esparcimos hace dos semanas.

El hibisco que le regalé a Quincy parece recién regado en su maceta de barro y el comedero para pájaros que ella instaló junto a la lila de las indias tiene un visitante.

—He vivido algunas de las tormentas más brutales de la naturaleza, pero esto, el hecho de estar a punto de pedirle a la mujer de mis sueños que pase el resto de su vida conmigo…, me acojona muchísimo. Deseadme suerte, chicos.

Pongo fin a la conexión en directo y guardo el móvil. Puede que estemos constantemente conectados y seamos fáciles de localizar por nuestros trabajos y por las redes sociales, pero quiero que esto sea algo solo para nosotros y nadie más.

Subo los escalones del porche de dos en dos. La casa está en silencio cuando entro y dejo las maletas en el suelo del recibidor. Veo que la puerta del estudio de Quincy está abierta y voy hacia allí.

—Hola, cielo —le digo cuando me la encuentro con un libro en el regazo.

Quincy levanta la barbilla, con los ojos brillantes. Cierra el libro de golpe y corre hacia mí, sin detenerse hasta que su pecho choca contra el mío.

—Por fin. —Me da un beso en la mejilla y luego se pone de puntillas para darme otro en la frente—. Te he echado de menos.

—Yo también te he echado de menos. ¿Qué tal la semana?

—Ahora mucho mejor. ¿Y la tuya?

—Las Montañas Rocosas están muy bien, pero siempre me ha gustado más la costa este.

—Menos mal que a la Costa Este también le gustas tú.

—¿Estás ocupada? —Le paso los dedos por el pelo y le desenredo un pequeño nudo que tiene casi en la punta del oscuro cabello—. ¿O puedo entretenerte un momento?

—Puedes entretenerme todo lo que quieras. Como tenga que leer un artículo más sobre simulaciones realizadas con el Modelo de Investigación y Pronóstico Meteorológico, me voy a volver loca.

—Me alegra estar un escaloncito por encima de tu trabajo, Presi.

—Y a mí me alegra que sepas cuál es tu sitio. —Quincy me empuja hacia el sofá. Aparta una pila de papeles para que pueda sentarme y los añade al montón que hay en el suelo—. Tienes cara de cansado.

—Ya sabes que sin ti no duermo bien.

—Qué romántico.

—Te quiero —le digo, y ella esboza una sonrisa cegadora y deslumbrante.

—Yo también te quiero.

—¿Verdad o consecuencia, pequeña Quinny?

—¿En serio? —Pone los ojos en blanco y me clava un dedo en el estómago. Le sujeto la mano y la agarro por la muñeca para besarle uno a uno los nudillos—. Acabas de llegar, ¿y eso es lo primero que quieres hacer?

—Venga, sígueme el rollo.

Quincy resopla.

—Consecuencia.

—Buena elección. —Me levanto del sofá, hinco una rodilla en el suelo y estrecho su mano entre las mías—. Mucho mejor así.

—¿Qué haces?

—Has dicho «consecuencia».

—¿Y necesitas ponerte de rodillas?

—Ya sabes que me encanta ponerme de rodillas.

—¿Qué está pasando aquí, Seb?

—Todos estos meses te he propuesto jugar a verdad o consecuencia porque era una oportunidad para conocerte mejor. Sabía algunas cosas sobre ti, pero no te conocía de verdad. Estaba claro que no te ibas a abrir así, sin más, así que lo convertí en un juego. Un juego que tengo intención de ganar.

—No sabía que en verdad o consecuencia hubiera ganadores y perdedores.

—Por supuesto que hay ganadores. Por eso he estado esperando pacientemente a que llegara este día.

—¿Hoy es un día especial? Es martes. El peor día de la semana.

—Es un día especial. Porque te conozco, Quincy Monroe.

Solo eliges consecuencia después de diez verdades.

Finges sopesar las dos opciones, pero siempre sigues el mismo patrón.

—Saco la cajita de terciopelo del bolsillo.

Ella contiene el aliento. Se endereza y se sienta en el borde del sofá—.

Por eso he esperado con tantísima paciencia.

—¿Qué es eso? —susurra.

—¿Tú qué crees que es? —le pregunto.

—Un anillo.

—Siempre has sido muy lista, cielo. Te quiero con locura, Quin.

Me encanta tu brillantez. Me encanta que trabajes tan duro.

Me encanta tu resiliencia y lo decidida que eres.

Me encanta que sepas librar tus propias batallas, pero también me encanta que me pidas ayuda.

Me encantan tus carcajadas y tu sonrisa.

La forma en la que frunces la nariz cuando te enfadas conmigo y las arruguitas que se te forman alrededor de los ojos cuando hablas de tus cosas favoritas.

Te quiero por haberme ayudado a encontrar un trabajo que me apasiona, y siempre te querré.

En los huracanes. Bajo el sol. Llueva o truene.

Da igual. Lo nuestro era inevitable, cielo.

Siempre lo ha sido, y quiero pasar el resto de mi vida contigo.

Abro la cajita y sonrío al ver que ella se tapa la boca con las manos.

—Te reto a que te cases conmigo. Te reto a que me dejes estar a tu lado de ahora en adelante, para siempre.

Te reto a que me dejes seguir obsesionado contigo y te reto a que me dejes tatuarme tu nombre en la muñeca.

Te reto a que sigas discutiendo conmigo y te reto a que me dejes abrazarte al final del día.

Te reto a que me correspondas. A que me conviertas en el hombre más afortunado del mundo. Y te reto a que me digas que sí.

—Ay, Dios mío. —Quincy se levanta del sofá y se arrodilla frente a mí. Me rodea el cuello con los brazos, impidiendo que me mueva; un peso que estoy encantado de soportar—. Sí. Sí, sí, sí, sí a todo eso y sí a todos los retos que puedas plantearme jamás. Te quiero con todo mi corazón, Sebastian.

La agarro de la mano y le pongo el anillo. Mia y Harlow, las personas que mejor la conocen del mundo, me han ayudado a elegirlo. Los tres nos hemos pasado horas juntos intentando encontrar uno perfecto, y, al verlo ahora en su dedo, sé que hemos tomado la decisión correcta.

—Esta tarde va a entrar una línea de tormentas —digo—. ¿Quieres sacar a pasear ese pedrusco y ver qué efecto tiene en él un poco de lluvia?

—Seguramente atraerá demasiada energía. ¿Tú lo has visto? —Me enseña la joya y suspira—. Te quiero muchísimo, Sebastian Dunn.

—Seguro que yo te quiero más, Quincy Monroe.

—No vamos a convertir esto en otra competición. —Me da un beso en la mejilla y se levanta, y tira de mí para ayudarme a ponerme en pie—. Si lo hiciéramos, ganaría yo.

—Pues claro. —La abrazo por la cintura y apoyo la cabeza en su vientre—. Te reto a que sigas discutiéndolo conmigo los próximos sesenta años y compruebes que te equivocas.

Su mirada se ilumina. Estoy a punto de arrancarme el corazón y ponerlo en sus manos. Siempre ha sido suyo.

—Acepto el reto, Dunn.