21. Sebastian
Sebastian
H e perdido por completo la cordura.
Estoy como en trance mientras me quito los pantalones cortos y los calzoncillos, y rebusco en la cartera hasta encontrar el sobrecito de papel de aluminio que guardé antes de decidir ir a por todas. Soy un pobre iluso al que le han concedido su deseo y tengo que asegurarme de hacerlo bien.
Dejo el condón sobre los cojines del sofá y me agarro la polla con la mano derecha para acariciarme.
Llevo empalmado desde que Quincy se ha quitado la camiseta, vertiendo patéticamente líquido preseminal en los calzoncillos sin ningún tipo de autocontrol.
Estoy convencido de que carezco totalmente de él, en lo que a ella se refiere.
No voy a tardar mucho en correrme.
He estado a punto de hacerlo cuando tenía la cabeza entre sus piernas.
El roce con el sofá y los gemidos que ella emitía han sido suficientes para llevarme casi al clímax.
Pero me he contenido, controlándome con todas mis fuerzas, porque sabía que, por muy placentero que fuera aquello, hundirme en ella sería aún más maravilloso.
—¿Cómo te gusta? —le pregunto.
—No quiero que cambiemos nuestra dinámica solo porque nos estamos acostando.
Contigo creo que me gustaría que fuera algo salvaje.
—Le brillan los ojos y tiene las mejillas ligeramente sonrosadas.
Me recuerdan a la puesta de sol de la noche anterior y exhalo un suspiro—.
Quiero que me folles como si me odiaras.
Siento un escalofrío de deseo. No la odio, pero a mí también me apetece así.
Voy hacia Quincy con el condón entre los dientes.
Me pongo a horcajadas sobre ella, con las palmas de las manos apoyadas en los cojines, y me entran las prisas al ver que se le acelera la respiración. Está como yo, completamente al límite.
—¿Qué más? —le pregunto.
—Si me gusta… —Quincy se incorpora sobre los cojines y vuelve a meterse los dedos.
Lo hace sin pudor alguno, con desesperación, y observarla es como una droga.
Como una escena de una película de la que no puedo apartar los ojos—.
Volveremos a hacerlo. Donde tú quieras. A lo mejor eso te sirve de motivación.
—De motivación. —Agacho la barbilla y le beso el cuello. Ella suspira, con una exhalación dulce y constante—. No necesito motivación. Me basta con ver cómo te masturbas.
—¿Ah, sí? Pues pídemelo con educación.
Echo la cabeza hacia atrás, con un gruñido. Hace tiempo que espero este momento y lo estoy deseando. Como un súbdito voluntarioso que se pone a merced de su reina.
—Por favor. —Apoyo la frente en la suya. Cualquier movimiento me supone un esfuerzo. Respiro de forma entrecortada—. Por favor, deja que te posea. Por favor, deja que te folle. Me portaré bien durante el resto de mi vida si me concedes esto, Quincy.
—Caray. —Me roza la nariz con la suya. A continuación me pone una mano en la nuca y me atrae hacia ella para besarme con rudeza e impetuosidad—. Me gusta lo que acabo de oír. A ver qué tal se te da esto, chico del tiempo.
Abro el condón, me siento sobre los talones y lo despliego con cuidado sobre mi erección.
Nunca en mi vida he hecho nada despacio, pero con ella no me queda más remedio.
No tengo ninguna posibilidad de sobrevivir si voy demasiado rápido.
Le acaricio la pantorrilla con la mano y se la paso por encima de la rodilla. La subo hasta su cintura y le abro las caderas para tener más espacio. Quincy se mueve sin decir palabra y pone las piernas en el lugar perfecto. Es pura belleza.
—¿Me avisarás si algo no te…?
Me pone los dedos en la muñeca y guía mi mano hacia mi miembro. No estoy teniendo ningún control sobre nada, pero no me importa.
—Te lo prometo.
Asiento y me preparo para penetrarla, apoyando una mano en su vientre mientras le sujeto una rodilla con la otra.
Ella me observa y veo un ligero destello de incomodidad en sus ojos cuando le meto la punta de la polla.
Pero no dura mucho, desaparece en cuanto parpadea y da paso a una explosión de lujuria.
Gemimos al unísono y ella se ríe entre dientes.
—¿Todo bien? —le pregunto, con voz ronca. Me arde la piel y veo borroso. Espero a que asienta con la cabeza para seguir adelante—. ¿Quieres que…?
Quincy me rodea la cadera con una pierna.
Me inclino hacia delante y los primeros centímetros de mi erección desaparecen dentro de ella.
Estoy eufórico, intento concentrarme y mantener la calma, pero no puedo.
Su interior cálido y tenso me lo impide, así como la forma en la que levanta las caderas para venir a mi encuentro.
—Sí —susurra—. Así…
—Qué bien encajamos. Respira hondo, pequeña Quinny. —La embisto y ella jadea—. Muy bien. Eso es.
La habitación se desdibuja a mi alrededor.
Me pierdo en el vaivén de sus caderas y en los pellizcos de sus uñas.
Se oye una risa ahogada. Un gemido seguido de un jadeo.
Cuando me hundo en ella hasta el fondo, Quincy baja la mirada hacia el punto en el que estamos unidos, con la boca entreabierta.
El sudor le resbala por el pecho entre las tetas y tengo que aferrarme a su rodilla para no lamerlo.
—Más fuerte —dice.
Es una orden y una súplica, todo en uno, y no pienso negarle lo que desea.
Mis movimientos se vuelven salvajes y descubro una versión de mí mismo que no sabía que existía, mientras le acerco las rodillas al pecho y me inclino sobre ella, impidiéndole moverse bajo mi peso.
Está atrapada debajo de mí y, cuando le acaricio la mejilla, su silenciosa mirada de asombro me hace mover las caderas con un desenfreno temerario.
Nos acoplamos a la perfección, tal y como me imaginaba.
—¿Te gusta así? —Bajo la mano y le pongo el pulgar en el clítoris—. ¿Puedes con más?
—Sí —contesta con voz trémula mientras echa la cabeza hacia atrás y se pasa las manos por el pecho—. Puedo con todo lo que me eches.
Pongo a prueba su teoría y la penetro sin piedad. Emite un gemido fuerte, realmente obsceno, y me quedo un instante dentro. Cada embestida nos une más, hasta que ya no sé dónde termino yo y dónde empieza ella.
Tiene los ojos entrecerrados, la piel resbaladiza por el sudor y el pelo enredado y revuelto.
Debo de estar haciéndolo bien, siguiendo sus órdenes con la suficiente precisión, porque le tiemblan las piernas.
Se retuerce y mi nombre se convierte en un mantra mientras se contrae alrededor de mí.
La acaricio, convirtiendo la piel de su cintura en mi ancla mientras me muevo, y la urgencia se apodera de mí cuando deja escapar un grito agudo que me indica que está a punto de correrse.
Solo tengo que embestirla tres veces más con las caderas para que llegue al clímax y disfruto de su sonrisa de satisfacción mientras yo también me corro.
Me cuesta mantenerme erguido; el agotamiento empieza a apoderarse de mí.
Jadeo y gimo cuando ella junta los muslos y me aprieta contra su cuerpo para que me quede dentro.
Voy a necesitar entre cinco y siete días laborables para recuperarme. Cinco litros de electrolitos y un electrocardiograma para comprobar si mi corazón está bien, algo que dudo. Quincy se incorpora y salgo de su interior a regañadientes, convencido de que necesito una camilla.
—Joder. —Me desplomo sobre el respaldo del sofá, con el pecho agitado—. Creo que estoy muerto. Saludos desde el más allá.
—No creo que sea tan fácil librarse de ti. —Quincy tiene la mano en mi espalda y me acaricia con movimientos circulares entre los omóplatos mientras intento recuperarme—. Y tampoco quiero hacerlo.
Me giro para mirarla por encima del hombro y una sensación de satisfacción me invade al ver sus labios hinchados. Tiene marcas de mordiscos por todo el cuerpo, los muslos escocidos por mi barba de tres días y nunca ha estado más guapa.
—No. —Niego con la cabeza—. Encontraría la forma de hacerte la vida imposible.
—No lo dudaba. —Quincy bosteza—. Ha estado…
—Te juro que como digas «bastante bien» vamos a tener un problema.
—Vale. —Suelta una risita, aturdida por el orgasmo y enardecida por el sexo—. Ha estado genial.
—La próxima vez me aseguraré de que sea casi perfecto.
Hago acopio de todas mis fuerzas y me levanto para quitarme el condón usado. Me siento mal al tirarlo a la papelera que hay debajo del escritorio porque es evidente que el estudio es sagrado para ella, pero no me dice nada.
Tampoco protesta cuando la cojo en brazos. La llevo por el pasillo hasta el dormitorio.
—¿A dónde vamos? —pregunta, apoyando la cabeza en mi pecho—. ¿A por el segundo asalto?
—Después de esto, no me queda ni una sola neurona. El segundo asalto tendrá que esperar. He pensado que nos vendría bien una siesta. ¿Te importa que me quede un rato? —La poso sobre el colchón y aparto las sábanas para que se meta debajo de ellas y del edredón azul claro—. ¿O prefieres que me vaya?
—Quédate. —Da unas palmaditas en el hueco que hay a su lado y no hace falta que me lo diga dos veces.
Me cuelo debajo de las sábanas, la abrazo y la pego a mi pecho.
Su respiración se calma y se gira entre mis brazos para que estemos cara a cara—.
Debería ducharme para limpiarme, pero me da muchísima pereza.
—Vamos a descansar un rato y luego nos ocupamos de eso.
—¿Roncas cuando duermes?
—Nadie me ha dicho nunca que lo haga, pero ¿quién sabe? ¿Tú roncas, Presi?
—No, pero acaparo las sábanas. O eso dice tu hermana. —Quincy me agarra de la cadena y tira de ella—. Ya te puedes ir preparando, Dunn.
—Puedo asegurarte que soy bastante más fuerte que mi hermana de metro y medio. —Entierro la cara en su pelo, tratando de averiguar por qué todo eso me resulta tan natural—. ¿Estás bien?
—Me has hecho tocar el cielo. Estoy en la gloria y me fastidia admitirlo porque no quiero inflar más tu ego.
—La verdad acaba saliendo a la luz. —Estiro una pierna al empezar a notar un calambre en la pantorrilla—. Ahora es cuando me cuentas tu secreto más íntimo y oscuro, Monroe.