21. Sebastian #2
—No tengo ningún secreto. —Cierra los ojos y se acurruca contra mí. Le acaricio el brazo con la mano y exhala un suspiro—. Soy bastante aburrida.
—¿No tienes ningún drama familiar? ¿Ni ningún exmarido en Italia?
—Pues no, la verdad. Bueno, no hablo mucho con mis padres. Nunca les ha gustado el camino profesional que elegí, pero yo no lo llamaría drama.
—¿Por qué no les gusta? —Jugueteo con las puntas de su pelo y le aparto unos mechones de la cara. Desde que la conozco, nunca me había dado tanta información sobre su vida personal, y quiero saber más—. ¿Les parece peligroso?
—Más bien no les parece un trabajo de verdad.
Cada vez que hablamos, me preguntan cuándo voy a hacer algo de provecho.
Los dos han sido profesores. La enseñanza es su vocación y hacer vídeos sobre amaneceres y mareas altas no entra dentro de lo que ellos considerarían tener éxito.
—Hace una pausa para reírse—. No pasa nada. No necesito su aprobación.
—¿Les contaste que recibiste el premio de la Sociedad Estadounidense de Meteorología por aquel artículo que publicaste?
—¿Cómo puedes acordarte de eso? —Quincy se incorpora—. Si fue hace años.
—Tengo buena memoria. —Me doy unos golpecitos en la frente—. Fue algo muy importante.
—Sí. —Asiente lentamente. Esboza una pequeña sonrisa—.
Fue muy importante. Mis padres me dijeron que preferirían que hiciera más cosas así, pero a mí me gusta más el análisis de datos y el trabajo de campo que escribir artículos.
—Me acaricia el labio inferior con el pulgar.
Me lo meto en la boca y ella se sonroja—.
Intentamos no hablar de cosas serias. Nos ponemos rápidamente al día y listo.
—Es una pena que lo que haces no les parezca relevante. A muchas otras personas sí se lo parece.
—Seguramente haría falta que evitara que un meteorito chocara contra la Tierra para que consideraran importante mi trabajo. —Se queda callada. Es evidente que hay algo más que no se atreve a decir—. Estoy acostumbrada a hablar de estas cosas con Mia, no contigo.
—No tienes por qué contarme nada que no quieras.
Una cosa es que nos acostemos y otra que tengas que abrirme tu corazón solo porque te haya hecho disfrutar.
Pero me alegra que quieras hacerlo. Este es un nuevo capítulo.
Un verano diferente a todos los demás. —Le sonrío, más relajado de lo que he estado en semanas.
En un estado de felicidad plena, sin ningún tipo de temor por el mañana—.
Ya que estamos hablando de cosas de las que no solemos hablar, lo de hoy ha sido justo lo que necesitaba.
—Es lo que tiene el sexo.
—El sexo ha estado genial. El mejor que he tenido nunca. —Le acaricio la cadera con el pulgar, recorro sus curvas—. Siempre he sabido que tonteabas conmigo cuando me llamabas arrogante y egocéntrico. Y al final mira cómo hemos acabado.
—Hay cosas que nunca cambian, ¿verdad? —Verla sonreír es la mayor de las recompensas—. Yo te he hablado de mis padres. ¿Puedes contarme tú algún secreto? ¿A qué te referías cuando has dicho que lo de hoy era justo lo que necesitabas?
—A tu programa. Me ha recordado que puedo estar delante de una cámara y hacer algo que me encanta sin sentirme asfixiado por lo que me rodea.
—Me quedo callado mientras ella se acerca un poco más y pone una pantorrilla sobre la mía—.
Me ha dado esperanza, supongo. Para poder decidir qué hacer con mi vida a largo plazo.
—Ya que estamos siendo sinceros, que sepas que me ha gustado que me hayas acompañado.
—Quincy extiende la mano y me recorre con las uñas el contorno del tatuaje—.
Llevo años haciendo el programa sola porque era muy protectora con él.
Quería demostrarme a mí misma que podía hacerlo.
Y lo he hecho. Pero lo de esta mañana me ha parecido…
¿casi como una validación? Y me ha gustado tener a alguien con quien hablar de todas las cosas que me entusiasman.
Si alguna vez te apetece volver a unirte a mí, tienes un micrófono a tu disposición.
—Será un placer. —Le acaricio la comisura de los labios, con una sonrisa que rivaliza con la suya—. ¿Tienes hambre?
—No me importaría picar algo. Lo único que he comido hoy han sido esos bocados de tortitas antes del programa y las almendras que me has llevado.
—¿Qué tal unas hamburguesas con patatas fritas y kétchup extra para la adicta a las salsas?
—Ahora sí que me has conquistado. —Quincy titubea y su dulce sonrisa da paso a un ceño fruncido. Se nota que le está dando vueltas a algo y aparta la mano—. Tenemos que hablar de lo de ser amigos con derecho a roce.
—Vale. —Asiento—. ¿Cuál es el problema? Está claro que disfrutamos mucho en la cama. Y el tiempo que hemos pasado juntos este verano no ha estado tan mal, ¿no?
—No. Y no logro entender por qué.
—Vivir una catástrofe natural no es como competir por ser el mejor de la promoción o por unas prácticas en la cadena de noticias local. Las tonterías sin importancia se vuelven insignificantes cuando te enfrentas a un tornado.
—Cuando me llevaste en brazos hasta el coche, casi me olvido de aquel año que me atacaste con el espray de serpentinas.
—Era tu cumpleaños —replico.
—Me las echaste en la cara —protesta ella, en un tono que revela que está lista para el combate. Acaba de echar un polvo y sigue siendo la de siempre. Una auténtica guerrera—. Pero tienes razón.
—Espera. —La agarro por las caderas y la levanto para ponerla encima de mí. Ella chilla, con las palmas de las manos apoyadas en mi pecho, y le acaricio las mejillas—. ¿Podrías repetir eso? Quiero grabarlo en mi memoria.
—Demasiado tarde.
—¿Verdad o consecuencia, Monroe?
—¿No hemos jugado ya bastante a eso?
—Solo una vez más, luego nos daremos una ducha, comeremos y me callaré.
—Vale. —Quincy me da unos golpecitos en la oreja y la agarro por la muñeca para llevarme su mano a la boca. La miro fijamente a los ojos mientras le beso el pulso y deslizo la lengua por su brazo—. Verdad —dice ella, con una voz que casi parece un gemido gutural.
—¿Eres feliz?
—Esa es una pregunta trampa. ¿En general? ¿En la vida?
—Ahora mismo —digo—. Aquí. Conmigo. Sin hablar del tiempo. Sin huracanes que perseguir. A solas los dos. ¿Eres feliz?
—Sí. —Baja la vista hacia mí y luego desvía la mirada—. Y me da pánico.
—¿Por qué te da pánico?
—Porque nosotros no somos de los que se quedan en casa haciéndose arrumacos. Hasta hace muy poco, ni siquiera nos habíamos abrazado. Apenas hablábamos. Pero esto no me disgusta y me resulta confuso.
—¿Qué tal si seguimos haciéndolo hasta que empiece a disgustarte? Podríamos firmar una tregua. Izar la bandera blanca. —Deslizo las manos hacia su espalda y recorro su columna vertebral—. En el amor y en la guerra todo vale, ¿no, pequeña Quinny?
—Pues sí. —Ella asiente suavemente con la cabeza. La sombra de otra sonrisa asoma tras una risita ahogada—. ¿Tú eres feliz?
«Acabo de acostarme con la chica de la que estoy locamente enamorado desde que tenía dieciséis años. Estoy en la puta gloria».
—Sí. —Me incorporo, dejándola sentada sobre mi regazo. Le doy un beso en la frente y tardo más de lo debido en apartar los labios. Si lo nota, no dice nada—. Muy pero que muy feliz.