Llueva o truene 20. Quincy #2
66%

20. Quincy #2

Quiero y necesito muchas cosas, pero tomo lo primero que encuentro: un orgasmo que me provocan sus dedos pellizcándome los pezones y él frotándose contra mí.

Pierdo la cabeza cuando sus manos se vuelven más bruscas y exploran otras partes de mi cuerpo.

Siento una presión en el cuello. Un pellizco en la cadera.

Todo se vuelve negro cuando encuentra el punto perfecto entre mis piernas y lo embiste, y todo se desvanece por completo cuando me da un ligero golpecito en el clítoris por encima de la ropa y me deshago en mil pedazos.

Las oleadas de euforia se apoderan de mí una y otra vez, y mi cuerpo se estremece de placer hasta que Sebastian empieza a besarme con pasión y vehemencia.

—Esto no ha hecho más que empezar —dice, casi en un balbuceo.

Deberíamos haber elegido otro sitio para hacerlo.

Apenas cabemos en el sofá; él tiene una pantorrilla colgando por el lateral de los cojines, y yo, la pierna derecha en el aire, porque no encuentro dónde apoyarla, pero no hay tiempo para preocuparse por esos detalles.

Sebastian posa los dedos sobre el botón de mis pantalones cortos, me los desabrocha y me baja la cremallera—. Necesito saborearte.

Ese cerebro primitivo, reptiliano, es algo que tenemos en común. Me he quedado sin fuerzas y mis reflejos son lentos. Me cuesta un poco reaccionar, como si estuviera borracha, aturdida y flotando.

—¿Me los quito? —Jugueteo con la cremallera. La pregunta suena bastante tonta, dado que ambos sabemos lo que va a pasar a continuación.

—Sí —dice él, asintiendo con la cabeza. Pasa una mano por la parte delantera de sus pantalones cortos para reacomodarse y se le tensa la vena del cuello—. Por favor. Me encantaría.

A mí también me encantaría, pero es necesario un trabajo en equipo para quitarme los pantalones. Levanto las caderas. Le doy un rodillazo en el estómago y soltamos una carcajada.

—Lo has hecho a propósito —dice él.

—Te juro que no.

Las bromas cesan cuando finalmente me pongo debajo de él; solo unas pequeñas bragas de algodón impiden que esté completamente desnuda y totalmente a su merced.

Sebastian me mira detenidamente, sin perder detalle.

Observa mi clavícula y la curva de mi cadera.

Las tenues estrías fruto de años de crecimiento y la mano que tengo apoyada sobre el vientre.

Extiende la mano y, con el pulgar, traza un círculo insufriblemente lento sobre mi clítoris.

Esboza una sonrisa cuando respondo arqueando la espalda.

—Estás mojada —dice. Miro hacia abajo, donde me está tocando, y veo una mancha de humedad que se está formando en la parte delantera de mis bragas—. Muy mojada. Me gusta saber que tengo ese efecto sobre ti.

Se quita la camiseta por la cabeza y presume de pectorales al quedarse con el torso desnudo.

Me rodea los muslos con los brazos, se pone boca abajo y deja caer una pierna por el extremo opuesto del sofá.

Es imposible que esté cómodo, no podrá estar mucho tiempo en esa postura tan rara, pero parece que a él le da igual.

¿Cómo voy a oponer resistencia cuando me aparta las bragas hacia un lado?

¿Por qué iba a protestar cuando me mira fijamente, baja la boca hacia mi entrepierna y me lame como si estuviera hecha para él?

¿Cómo voy a resistirme cuando hunde los dedos en mi piel con fuerza suficiente como para dejarme un moratón mientras me estimula el clítoris con la lengua?

Deslizo las manos hacia sus hombros, buscando algo a lo que agarrarme. Las subo hasta su cabello, retuerzo unos cuantos mechones y me animo cuando sus manos vacilan ante la brusquedad con la que lo estoy agarrando.

Me pregunto si le gustaría que no fuera tan delicada con él, que fuera más agresiva y salvaje.

Y debe de ser así, porque gime sobre mi muslo cuando le meto con más fuerza la cara entre mis piernas.

Me araña la rodilla con sus uñas afiladas mientras levanto las caderas y le permito encontrar el punto perfecto antes de que me abra con la lengua como lo haría con los dedos.

—A gloria —murmura entre dientes a la vez que gira la cabeza para mordisquearme la parte superior del muslo. Gimo, disfrutando de la agradable sorpresa del mordisco, y él lo vuelve a hacer—. Sabes a gloria. Me he portado bien, ¿no? ¿Lo suficiente como para saborearte cuando te corras?

La palabra es «adoración».

Las sensaciones son abrumadoras. La experiencia envuelve todo mi ser; el placer me inunda por completo.

Sebastian acerca la boca a mí y me da un beso en el clítoris.

Puedo oír lo mojada que estoy. Lo noto en sus labios, en sus mejillas, pero el pudor no tiene cabida allí.

Y menos cuando él empieza a embestir los cojines.

Cuando me aprieta con más fuerza la pierna y una nueva oleada de placer se va formando en la base de mi columna vertebral.

Cierro los ojos, abandonándome por completo. Es un placer intenso, repentino, pero, antes de que pueda alcanzar su punto álgido, la satisfacción desaparece. Cesa de golpe, y le araño los hombros, desesperada por llegar al clímax.

—No. —Le tiro del cuello de la camiseta para reclamar su atención—. ¿Por qué has…?

—Porque sí. —Tira de la parte de arriba de las bragas y, cuando las suelta, me golpean en la cintura y doy un grito—.

Quiero que me mires a los ojos mientras te hago correrte, Quincy.

Quiero que veas lo fácil que me resulta hacerte perder el control.

—Es una exigencia primitiva, codiciosa como nunca lo había sido nadie conmigo, y cedo a su deseo con una sumisión hasta el momento desconocida para mí.

Ni siquiera parpadeo. No me atrevo ni a respirar y disfruto cuando su boca vuelve a posarse sobre mí, húmeda y lasciva—.

Mucho mejor —murmura. Me pregunto si le estará costando tanto como a mí mantener el control.

Sus movimientos se vuelven más rápidos, menos bruscos, pero igual de maravillosos.

Una gota de sudor le resbala por la mejilla.

Se la seco con el pulgar—. Eres una diosa.

Una puñetera belleza. Y completamente mía.

«Mía».

Qué palabra tan espeluznante y maravillosa.

Nunca he sido de nadie, al menos de esa forma, y esa frase es justo lo que necesito.

Todo a mi alrededor se vuelve borroso. Maravillosamente difuso y deliciosamente agradable.

Poco después, se me llenan los ojos de lágrimas cuando me penetra con dos dedos, al mismo tiempo que me presiona el clítoris con la lengua.

Es perfecto. El subidón de adrenalina más maravilloso que he experimentado jamás, y me corro con su nombre en los labios y su corazón latiendo a toda velocidad bajo mi mano.

Sebastian tarda un poco en apartar la boca y me besa suavemente en la rodilla y en el vientre para calmarme. Luego se incorpora sobre los codos para no dejar caer su peso sobre mí y me sonríe.

—Quítate eso. —Empiezo a pelearme con sus pantalones cortos y él se ríe y pone las manos sobre las mías para ayudarme a desabrochar el botón—. Y, por favor, dime que tienes un condón.

—He metido uno en la cartera, por si acaso. No sabía si alguna vez tendría la oportunidad de hacer esto contigo, pero quería estar preparado por si había suerte. —Me da un beso en la frente, se pone de pie, se baja los pantalones cortos y se los quita—. ¿Era esto lo que querías?

—Sí. —Me humedezco los labios—. Saca ese condón, Sebastian.