20. Quincy
Quincy
A ceptar acostarme con Sebastian otra vez no entraba en mis planes, pero no he podido dejar de pensar en él desde que ha entrado en mi casa.
Me ha costado concentrarme durante el directo porque estaba demasiado abstraída observando cómo movía las manos al hablar.
Demasiado abstraída escuchando su risa, profunda y contundente.
Demasiado abstraída fijándome en que evitaba interrumpirme y en cómo asentía con la cabeza mientras yo contaba mis cosas, esperando pacientemente su turno y dejándome tomar las riendas de la conversación.
«Valorada».
Sebastian Dunn me valora y eso me pone eufórica.
Me ha dejado muy claro lo que quiere y le pongo una mano en la mejilla con cuidado.
Él gira la cabeza, deseando que lo acaricie.
Todo su cuerpo parece relajarse mientras se acurruca en mis brazos.
La barba incipiente de su mandíbula me raspa la palma de la mano y me gustaría sentir ese roce en la cara interna de los muslos. Y también en el vientre.
—¿Verdad o consecuencia, Sebastian? —le pregunto.
—Consecuencia —responde sin dudar.
—Te reto a que te quedes —le susurro—. Te reto a que me beses.
Te reto a que me tumbes en la cama y me hagas correrme.
Te reto a que me folles, porque tienes razón: yo también he estado pensando en ti, por más que haya intentado apartarte de mi mente.
Y me gustaría ver si lo que me estoy imaginando es tan bueno como la realidad.
—Tan bueno como la realidad —repite Sebastian. Se agacha, se arrodilla y me pone una mano en cada muslo—. Puedo asegurarte que la realidad es mucho mejor que cualquier cosa con la que estés fantaseando.
—Demuéstramelo —replico. Él esboza una sonrisa pícara y arrebatadora.
Hay un momento en el que no me está besando.
Entonces, de repente, empieza a hacerlo y todo mi mundo se pone patas arriba.
Desliza las manos hasta mi cintura. Las mete bajo mi camiseta, en busca de un poco de piel desnuda.
Me muerde el labio inferior con tal fuerza que se me hincha.
Disfruto de su sabor azucarado, dulce y adictivo, mientras me ayuda a ponerme en pie.
—No hay suficiente espacio —gruñe con voz apremiante mientras me lleva hacia el sofá—. Joder, cuánto te deseo.
El sol de última hora de la mañana calienta la habitación y sus rayos se esparcen por el suelo.
Sebastian sigue besándome, con una pasión desenfrenada que se adivina en el movimiento de su lengua.
La urgencia se refleja en el modo en el que estruja con los dedos la tela de mis pantalones cortos.
Me empuja hacia atrás hasta que mis muslos chocan contra el sofá y me dejo caer en él.
Aparto un cojín. Me acomodo con la espalda apoyada en el brazo del sofá, la cabeza levantada y las rodillas abiertas para recibirlo, pero él no se mueve. Se queda de pie, mirándome.
—¿Qué ocurre? —le pregunto.
Él parpadea, sale de su ensimismamiento y se pasa una mano por el pelo.
—Las reglas.
—¿Qué reglas? Está bastante claro cómo funciona esto, ¿no?
—Quiero asegurarme de que estamos en la misma onda.
—Sebastian se acerca y me pone una mano en la mandíbula.
Me avergüenza la forma en la que casi me derrito cuando me acaricia la mejilla con el pulgar.
El gemido de deseo que se me escapa, ávida de su contacto—.
La comunicación es fundamental. Si hay algo que no nos gusta, lo decimos.
—Y esto queda entre nosotros —añado, cuando entiendo de qué va el tema—. Nada de contárselo a nuestros amigos ni a ninguna otra persona.
—Hablando de otras personas, mientras me acueste contigo, no quiero que te acuestes con nadie más. —Me mira de arriba abajo. Sus ojos se detienen en el punto de mi abdomen en el que se me ha subido la camiseta. Se clavan en la parte superior de mis muslos—. Solo conmigo.
—Lo dices como si los tíos hicieran cola para meterse en mi cama. —Hago un gesto con la mano, señalando el estudio. Que me quiera solo para él me pone duros los pezones—. Yo no veo a nadie aquí.
—Pues que siga así. —Se agacha, con la mano derecha apoyada en el respaldo del sofá—. Me he hecho pruebas desde la última vez que estuve con una mujer. Negativo en todo.
—Yo también. —Prefiero no pensar en cuándo habrá sido esa última vez o en quién lo estará esperando en Nueva York. Solo de imaginarlo se me revuelve el estómago, y eso no me gusta—. Nada de sentimientos. Nada de emociones. Esto es… pura diversión. Una aventura de final de verano.
—Amigos con derecho a roce que también hablan del tiempo. —Su sonrisa flaquea—. Es imposible superar eso.
—¿Algo más?
—Quítate la camiseta —me pide con voz ronca—. Por favor —añade, suavizando un poco el tono—. Quiero verte.
Una lujuria pura y sin adulterar se apodera de mí.
Agarro el bajo de la camiseta de tirantes y la voy subiendo por el vientre con un movimiento lento y decidido.
Sebastian traga saliva cuando llego al pecho y el aire fresco me acaricia la piel.
Abre mucho los ojos mientras me la quito por la cabeza y el cabello se me enreda en uno de los tirantes.
Acerca la mano y me quita la goma del pelo.
Los largos mechones caen en cascada sobre mis hombros.
Me besa el cuello y la garganta, hasta dejarme casi sin aliento.
—¿Qué más quieres? —le pregunto.
—Lo que sea. Todo. —Se tumba en el sofá con el pecho suspendido sobre el mío. Me acaricia una pierna y me empuja suavemente los muslos para abrirlos un poco más. Cambio de posición para adaptarme a él y engancho los tobillos alrededor de su cintura—. Pero antes voy a hacer que te corras.
No tiene sentido llevarle la contraria.
Juguetea indeciso con la tira de mi sujetador. Puedo ver las dudas reflejadas en su rostro, el dilema entre dejármelo puesto o quitármelo. Levanto los brazos por encima de la cabeza y mis pechos se elevan, haciéndole soltar un gemido entrecortado.
—Tócame, Sebastian —susurro. Cada vez me cuesta más hablar mientras me baja la copa del sujetador y empieza a lamerme—. Joder.
—¿Así? —murmura sobre mi pecho. Desliza la mano por mi cuerpo, acariciándome la piel hasta que encuentra mi pezón y lo pellizca con el pulgar y el índice. Se me escapa un gemido y la punzada de dolor da paso a una placentera sensación de alivio—. Sí —dice, orgulloso de sí mismo—. Justo así.
Yo ya estoy jadeando, más excitada de lo que jamás había estado.
Todos los minutos que hemos pasado sentados el uno al lado del otro durante el programa han sido una especie de preliminares y me alegro de que no haya titubeos ni vacilaciones.
Sebastian sabe perfectamente lo que tiene que hacer y sus caricias abrasadoras rebosan arrogancia.
Me resulta imposible no retorcerme debajo de él, con tanta energía contenida y tanto deseo corriendo por mis venas.
Me arde la piel y tengo la sensación de que haber acabado de nuevo aquí con él era un drama inevitable del que no podíamos escapar.
El sexo siempre me ha gustado, pero nadie me había dedicado nunca tanto tiempo. Nadie me había preguntado nunca qué me gusta o qué me pone, como hace Sebastian. Me humedezco solo de pensar en la forma en la que me va a destrozar por completo, un desastre que no quiero intentar remediar.
—Ahora esto. —Extiende las manos por detrás de mí y manipula el cierre del sujetador hasta que se abre de golpe y mis tetas quedan al descubierto.
Se pone de rodillas y se alza ante mí con su imponente corpulencia.
Apoyo los pies en los cojines y vuelve a abrirme las piernas y luego posa las manos sobre mis pechos—. ¿Podría conseguir que te corrieras así?
—No lo sé. —Cierro los ojos. El deseo es la mecha y su tacto el mechero mientras me pellizca los pezones, esta vez con más fuerza—. Tal vez. ¿Sí? No estoy segura.
—Eso es muy poco concluyente. Deberíamos poner a prueba tu teoría.
—Empuja las caderas hacia delante y presiona con la punta de la polla la costura de mis pantalones cortos.
Jadeo al sentir lo dura que la tiene, maldiciendo la tela que nos separa.
Se me escapa un gruñido cuando me clava los dedos en el pecho para evitar que me mueva.
Se inclina hacia abajo, sustituye las manos por los dientes y me deja unas marcas de mordiscos en la suave piel—.
Yo creo que sí puedes, pequeña Quinny. Y me encantaría ver cómo lo haces.
Suena íntimo, casi arrogante. Muy típico de él, y, aunque me ha encantado haber llevado las riendas tantos años, desde que lo conozco, me resulta agradable cederle el poder.
Dejar de tener el control por un momento, dejar de ser la que se esfuerza más que nadie.
Puedo ser simplemente una mujer en busca de placer, que se siente segura en una situación en la que puede dejarse llevar sin tener que demostrar nada, y darme cuenta de ello me enloquece.
No me reconozco cuando empiezo a balancear las caderas para moverlas al ritmo de las suyas. A frotarme contra él, utilizándolo, mientras su erección larga y dura me estimula como si fuéramos unos adolescentes temerarios haciéndolo por primera vez.
«A él también le gusta».
—Muy bien, Quincy —susurra, alabándome con voz ardiente. Exhala un gemido grave, rebosante de éxtasis. Vuelvo a retorcerme, buscando a tientas algo que esté a mi alcance. Algo de lo que me merezco—. Toma lo que necesites.