Llueva o truene 19. Sebastian #2
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19. Sebastian #2

—¿Será porque tienes un club de fans? —Su risa es como un rayo de sol en la cara tras una larga noche de lluvia.

Como mi sudadera favorita, que por cierto no me ha devuelto, aunque tampoco se la he pedido—.

Las secciones de comentarios están infestadas de admiradores de Sebastian Dunn. Eres muy bueno en tu trabajo.

—Me lo apuntaré como lo más bonito que me has dicho nunca. Deberíamos inmortalizar el momento. —Saco el móvil del bolsillo y abro la app de la cámara. Me acerco tanto a ella que nuestras mejillas casi se rozan—. Sonríe, Presi.

—No está mal. —Se inclina hacia mí y me observa mientras la subo a Instagram con un breve pie de foto: «Háblanos del tiempo». Añado un emoticono de un paraguas al final. No olvido etiquetarla—. Espero que a tus admiradores no les moleste que aparezca en tus redes sociales.

—La primera vez no les molestó. La foto en la que sales con las gafas de ventisca es una de las que más likes ha recibido de todas las que tengo. —Le doy un golpecito en la rodilla con la mía—. Un minuto para que empiece el espectáculo. ¿Preparada, pequeña Quinny?

—Sí. El mismo procedimiento que la última vez.

—Sonríe a la cámara. Tiene un talento natural para hablar con la gente—.

Buenos días, cazatormentas. Esto es The Rainy Day Show y, si sois nuevos por aquí, soy Quincy Monroe.

Hoy me acompaña un invitado muy especial y uno de los favoritos del público.

He recibido un montón de peticiones para que venga.

En serio. En la mitad de los mensajes me preguntabais cuándo iba a volver.

Os encanta verlo en pantalla. Hasta nos habéis puesto un apodo.

—¿Qué dices? ¿En serio?

—¿No te has enterado? Nos llaman Quibby.

—Me molesta un poco que tu nombre vaya delante, Monroe, pero ¿sabes lo que te digo? Que es tu programa, así que no voy a protestar.

—A eso se le llama trabajar en equipo. Cazatormentas, ayudadme a dar de nuevo la bienvenida al programa a Sebastian Dunn.

Soy incapaz de seguir el ritmo de los comentarios que aparecen en la pantalla. Alcanzo a leer algunos: «El dúo perfecto». «No sé cuál me gusta más». «Qué bien volver a ver a Sebastian, espero que se convierta en un habitual». Todo eso me hace esbozar una sonrisa televisiva y saludo con la mano.

—Buenos días, amigos. Gracias por invitarme, Quincy. Me alegro de que esta vez no estemos en medio de un desastre natural. Y de que no estés lesionada. Caray. Parece que cada vez que colaboramos sucede una catástrofe.

—Pues sí, menuda mala racha, ¿no? Al menos esta vez estamos a salvo, dentro de mi estudio.

—¿Hay alguna posibilidad de que se forme una tormenta repentina justo encima de tu casa?

—No está en el pronóstico. —Quincy sonríe. Pone el codo en el escritorio y apoya la barbilla en la mano. Hay treinta mil personas viéndonos, pero ella solo me mira a mí—. Debería ser un buen día.

—Ya lo está siendo —replico. Su sonrisa se vuelve más amplia.

—Hoy no tenemos gran cosa en la agenda, chicos.

Los trópicos están en calma, lo cual siempre es bueno en esta época del año.

Existe la idea equivocada de que se producen más tormentas al comienzo de la temporada de huracanes, pero la mayor actividad tiene lugar entre mediados de agosto y finales de octubre.

Así que, dado que el mes de agosto está casi terminando, nos encontramos en pleno periodo de máxima incidencia.

—Creo que acabas de maldecirnos, Monroe. —Le doy un codazo en el costado. Ella suelta un chillido y se ríe—. Ya conoces la primera regla de la temporada de huracanes.

—Nunca digas que la temporada de huracanes va a ser tranquila. Mierda. A lo mejor tienes razón. ¡Me retracto!

—Demasiado tarde. Los dioses de la meteorología se han enfadado. Tendrás que hacerles alguna ofrenda para reparar tu error.

—¿Puedo ofrecerte a ti? —Inclina la cabeza y vuelve a mirarme—. Seguro que eso los satisfaría.

—Estaba pensando más bien en un paraguas o un barómetro, pero vale. ¿Sabes qué? —Le doy un golpecito en el pie por debajo de la mesa—. Me sacrificaré por el equipo. Cuenta conmigo.

Quincy acaba el agua y desaparezco un momento para rellenarle el vaso antes de volver a ponérselo delante junto con un puñado de almendras en una servilleta de papel, porque he oído que le rugía el estómago.

—La audiencia ha bajado en cuanto te has ido —me dice—. Voy a tener que hacerme con un Dunn de cartón pluma y ponerlo aquí todas las mañanas para que la gente se anime a ver el programa.

—¿Qué quieres que te diga? Es una desgracia ser tan guapo como yo. Y no mientas: pondrías el cartón en tu habitación para poder mirarlo todo el día.

Me gano una patada en la tibia antes de que la conversación dé un lúgubre giro hacia los próximos aniversarios de los huracanes Andrew y Katrina, y hablemos un rato de las repercusiones que siguen teniendo años después.

Alguien pregunta desde cuándo nos conocemos, lo que da pie a una lección de historia de quince minutos sobre nuestra época del instituto y la universidad. Cuando Quincy se ríe de un comentario mío tan fuerte que hace temblar la mesa, me pregunto cómo sería hacer eso a diario.

Nos complementamos el uno al otro. Es algo natural y espontáneo. No hay silencios incómodos ni dificultades para mantener la conversación. Hacía meses que no me sentía tan a gusto delante de una cámara.

—¿En serio que son casi las once? —Quincy señala con el dedo el reloj que hay en la esquina de la pantalla del ordenador—. Llevamos hablando dos horas, lo que significa que ya os hemos robado bastante tiempo.

—El tiempo vuela cuando te lo pasas bien, ¿verdad? —Apoyo el codo en la mesa y la miro—. Y yo, al menos, me lo he pasado genial.

—Sebastian no estará con nosotros mañana, pero podéis buscarlo en sus redes sociales.

Su nombre de usuario es @TheWeatherGuy. Espero volver a veros a algunos por aquí a las nueve de la mañana.

Hasta entonces, que os vaya bien. Sed buenos.

Cuidaos mucho y cuidad también de los demás. Hablamos de nuevo muy pronto.

—¿Me dejas decir la frase oficial de despedida?

—¿Crees que estás preparado para semejante responsabilidad?

—Sí. —Me paso las palmas de las manos por los muslos—. Puedo hacerlo.

—Adelante, Dunn.

—Vale. —Echo los hombros hacia atrás y sonrío a la cámara—. Que los vientos os sean favorables.

La pantalla se queda en blanco y finaliza la retransmisión en directo. Casi cuarenta mil personas se han conectado para oírnos hablar, lo que demuestra lo buena que es Quincy en esto y la repercusión que tiene. Y es un honor estar sentado a su lado.

Ahora lo entiendo.

El puesto del NWS no me pertenece a mí.

Siempre le ha pertenecido a ella.

—Caray. —Quincy se recoge el pelo en una cola de caballo despeinada—. Ha sido el programa más fluido que he hecho nunca.

—Probablemente habrá ayudado que no estuvieras intentando cubrir un desastre natural inminente.

—Habrá sido por eso. Gracias por acompañarme.

—Encantado de ayudarte, Monroe. Si alguna vez quieres volver a hacerlo, esto, o cualquier otra cosa, cuenta conmigo.

—Echo la silla hacia atrás, me levanto y estiro las piernas.

La insinuación queda en el aire, como la proposición que le solté anoche después de haberme tomado un par de cervezas con Cooper y Nate.

Estaba medio borracho y pensando en ella.

«Te haría disfrutar como nunca»—. Aburrimiento.

Soledad. Total, ya te pasas las noches pensando en mí. Al menos así podríamos divertirnos.

—Por un lado estoy deseando echarte a patadas. —Quincy tira de la parte de abajo de los pantalones cortos. No sé si quiero que se los deje puestos o arrancárselos—. Pero luego pienso en lo que decías en el mensaje y…

—¿Y?

—No tengo mucho tiempo para salir con nadie y, cuando lo hago, siempre acabo con hombres que no me valoran. No es que necesite que me idolatren, pero… no sé. Estaría bien que me apreciaran. Y la noche que pasamos juntos me sentí valorada.

—No sueles equivocarte a menudo, Quincy, pero en eso no tienes razón. —Pongo la mano en el respaldo de su silla y la inclino hacia atrás para mirarla a los ojos—. Claro que mereces que te idolatren. Absolutamente. Una y otra vez. De todas las formas que quieras.

—Bueno… —Su garganta oscila al tragar saliva.

No puedo dejar de mirar su boca mientras el recuerdo de sus labios envolviéndome regresa de golpe a mi mente—.

Tú sigues en el pueblo. Yo estoy aquí. Desde que nos acostamos, ni un solo sistema tropical ha ido a más, lo cual es una buena noticia para todos.

A lo mejor podríamos… —Se sonroja. Intenta bajar la cabeza, pero le sujeto la barbilla con los dedos para obligarla a mirarme—. Hacerlo otra vez.

—Me encanta cómo justificas tu deseo por mí —murmuro—. ¿Así que si hago que te corras, evitaremos más desastres naturales? Me gusta ese razonamiento, hace que parezca que deberíamos hacerlo todos los días. Por el bien de la humanidad, claro. No porque te guste.

—Obviamente —replica ella, negándose a reconocerlo. Su voz parece un eco—. ¿Lo de que te interesaba iba en serio?

—¿Qué es lo que quieres oír, Quincy? ¿Que quiero follarte?

—Bajo el cuello hasta que nuestras bocas están a unos centímetros de distancia—.

¿Que fantaseo con volver a estar en tu cama e imaginándome lo apretada que estarías si me hundiera en ti?

¿Que echaba de menos oírte hablar de las cosas que tanto te gustan?

¿Que no he dejado de pensar en ti ni un puñetero segundo?

—Le acaricio el hombro y bajo los dedos por su brazo.

Ella contiene el aliento y arquea la espalda—.

Porque es todo verdad y seguro que tú también has estado pensando en mí.