19. Sebastian
Sebastian
@Quincy
Quiero preguntarte una cosa
En qué puedo ayudarte?
@Quincy
Sé que hace mucho que no presentas las noticias, pero te interesaría volver a ponerte delante de la cámara?
Como protagonista?
Vaya, vaya, Monroe
Es un poco temprano para hablar de perversiones, pero te dejo grabarme si eso te excita
@Quincy
Me refería a salir en mi programa
En serio?
@Quincy
Sí. A la gente le encantó que aparecieras cuando me lesioné el tobillo y las otras veces que saliste de forma improvisada fueron algunas de mis publicaciones más vistas de todos los tiempos
Los trópicos están tranquilos. Y esta tarde no va a llover, así que se me ha ocurrido que podríamos hacer un juego de preguntas rápidas, en plan “conoce a un meteorólogo”, o responder a las dudas de los espectadores
Estar aquí sola es un poco aburrido
Podría ser…
No puedo creer que vaya a escribir esto…
Divertido
Pues claro que me apunto!
A qué hora quieres que vaya?
@Quincy
Qué tal sobre las ocho y media para prepararnos?
Me parece bien
Pero me gustaría añadir algo
@Quincy
Qué miedo me das
Si te aburres estando sola,
yo conozco una forma de solucionarlo
Ya sé que dijimos que solo sería una vez, pero…
La soledad no mola nada
@Quincy
Me estás haciendo una proposición
indecente, Dunn?
Más bien te estoy proponiendo que seamos amigos con derecho a roce
@Quincy
Estás de coña
Piénsatelo
Ya sabes dónde estoy
@Quincy
Y si ya tengo otro amigo con derecho a roce?
Yo soy mejor y me interesa mucho el puesto
Te haría disfrutar como nunca, pequeña Quinny
Subo por las escaleras hasta la entrada de la casa de Quincy un poco más temprano de lo previsto y me detengo en el último escalón.
La madera está empezando a pudrirse por el centro y los clavos se están soltando.
Me agacho y le doy unos golpecitos a la tabla con los nudillos.
No me gusta nada la sensación que tengo al tocarla.
Me levanto rápidamente y no me da tiempo ni a llamar a la puerta cuando esta se abre de par en par. Quincy se apoya en el marco, con las manos en los bolsillos de unos pantalones cortos que son un riesgo para mi salud.
La camiseta de tirantes tampoco ayuda.
—¿Qué hacías en el suelo? —me pregunta.
—El escalón de arriba está fatal. Como le caiga una rama durante una tormenta, se lo carga.
—Hace tiempo que quiero cambiarlo, pero siempre lo pospongo. —Se aparta y me invita a entrar—. Lo tengo en la lista.
—Te lo arreglaré la semana que viene —le digo.
—¿De verdad?
—Claro. —Cierro la puerta al entrar y me desato los zapatos para dejarlos al lado de la pared, junto a unas de sus zapatillas de deporte—. ¿Qué tal la mañana?
—No está yendo mal. —Echa a andar por el pasillo y me hace un gesto para que la siga. Tengo que esforzarme muchísimo para no mirarle el culo; debería recibir una recompensa por mi caballerosidad—. Quiero enseñarte una cosa.
—Me encantan las sorpresas.
—No te hagas ilusiones. Es un intento cutre de darte las gracias por lo que hiciste por mí en la entrevista.
—Entra en la cocina y señala la encimera, donde hay un recipiente de poliestireno con comida para llevar—.
Como dijiste que te gustaba el Bea’s Place cuando estábamos yendo al Waffle House, he pedido unas tortitas.
Bueno, más bien una de cada tipo. Supuse que te daría tiempo a comértelas antes de empezar, así que…
—¿Me has comprado uno de mis desayunos favoritos?
—Pues sí. Porque tú también hiciste algo por mí.
—Esto es increíble. —Abro el recipiente y estoy a punto de soltar un gemido—. Totalmente innecesario pero absolutamente increíble.
—Toma. —Me roza la cadera con la suya al coger un plato y pasármelo. Luego me da un tenedor y un cuchillo, y se me hace la boca agua—. También hay un montón de sirope.
—Estoy deseando hablarles a tus seguidores de los haboobs en pleno subidón de azúcar. —Corto el montón de tortitas en trocitos y los pincho con el tenedor—. ¿Quieres? ¿O no tienen suficiente kétchup para ti?
—No soy tan bárbara. El kétchup no pega con las tortitas. —Me roba el tenedor y coge un bocado—. Joder. Están buenísimas.
—Sueño con ellas cuando estoy en Nueva York. —Me meto un buen trozo de tortita de arándanos en la boca—. ¿Podemos hablar de la entrevista?
—¿Qué te gustaría comentar?
—Creo que ya sé la respuesta, pero me gustaría preguntártelo de todos modos. ¿Estás bien?
—Ya lo he superado. Obviamente sería una pasada trabajar para el NWS.
Pero si no me dan el puesto, tampoco me voy a morir.
Anoche estuve pensando en el futuro de mi programa y estoy emocionadísima.
Voy a ampliar la cobertura fuera de la temporada de huracanes con un viaje al nordeste para cubrir un par de tormentas de nieve.
Y otro al oeste en la temporada de tornados.
Le he enviado un mensaje a tu amigo Eli y me ha dicho que, si quiero ir a cazar tormentas con él la próxima primavera, su puerta siempre estará abierta.
La verdad es que tengo un trabajo que me encanta.
Y eso es más de lo que mucha gente puede decir.
—Me mira con cara de circunstancias—. Perdona.
Me he pasado. Yo aquí, alardeando, mientras tú…
—¿Mientras yo sigo sin saber qué hacer de mi vida, voy improvisando sobre la marcha y me convierto en la comidilla de mi foro de Reddit por haberle cantado las cuarenta a ese capullo?
—Sonrío—. No te disculpes, Monroe. Tienes suerte de hacer algo que te encanta y no deberías contener tu entusiasmo solo porque yo esté presente. Todo acabará saliendo como debe.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Quincy se acomoda en el taburete que está a mi izquierda y señala el de la derecha. Yo me siento, llevándome conmigo la comida, como un mapache que atesora un montón de basura.
—Ya sabes que soy un libro abierto, Presi.
—¿Cuándo decidiste que querías dedicarte a la meteorología? —Vuelve a quitarme el tenedor y rebusca en el montón de tortitas hasta encontrar un trocito de chocolate—. ¿Hubo algún momento revelador en el que te diste cuenta de que eso era lo que querías hacer?
—¿Tú tuviste una revelación?
—Sí. —Quincy sonríe con nostalgia—. Cuando tenía siete años, hubo una tormenta muy fuerte en el pueblo.
Con granizo, muchísimo viento y relámpagos que iluminaban el cielo.
Cuando se fue la luz, me senté delante de la ventana del salón, como siempre que llovía.
Pero aquella noche había algo especial. —Se ríe con timidez.
Un ligero rubor le tiñe las mejillas mientras deja el tenedor en el aire, como si estuviera soñando despierta—.
Me quedé hipnotizada. A la mañana siguiente arrastré a mi madre a la biblioteca y cogí todos los libros sobre el tiempo que encontré.
A partir de entonces se convirtió en una obsesión.
Su respuesta es mucho mejor que la mía y eso me hace dudar.
¿Cómo le digo que elegí la meteorología porque ella eligió la meteorología?
De pequeño los estudios no eran lo mío. Me gustaban los deportes, salir con mis amigos y pasármelo bien.
Mis notas siempre fueron lo suficientemente buenas como para ir tirando, pero, cuando llegó la hora de ir a la universidad, me entró el pánico.
No tenía ni idea de lo que quería hacer, ningún tipo de objetivo. No me interesaba absolutamente nada.
Decidí estudiar Meteorología para tocarle las narices a Quincy durante el primer año. Me matriculé en las mismas asignaturas que ella y fingía que me interesaban la Física y la Termodinámica simplemente para pasar más tiempo a su lado.
Siempre he disfrutado sacándola de quicio.
Aunque la incertidumbre estaba presente en casi todos los aspectos de mi vida, Quincy seguía estando allí.
Aun así, no tuve en cuenta el poder que ejercía —y ejerce— sobre mí.
Las cosas se complicaron.
Me desvié del camino.
Empecé a pasarme más tiempo babeando por ella que fastidiándola. Escuchar a una chica tan guapa hablar con palabras tan grandilocuentes e impactantes hacía que, por primera vez en la vida, me sintiera como si estuviera haciendo algo valioso.
Me fijaba en la forma en la que sonreía al hablar del viento, la lluvia y los patrones meteorológicos.
A mí nunca me había hecho tan feliz nada, jamás, y quería sentir un poco de esa felicidad.
En estos dos últimos meses he tenido la suerte de poder vislumbrarla, y puedo asegurar que el entusiasmo de Quincy por las cosas banales es lo más bonito que hay en el mundo.
Yo también me enamoré del tiempo. Ocurrió de repente, me cautivó y me lancé de cabeza. Me sentía libre cuando viajaba a un lugar perdido del norte de Florida para ver caer copos de nieve por primera vez en décadas. Me emocionaba cuando un tornado tocaba tierra.
Puede que Quincy fuera el catalizador. Puede que por eso, cuando llueve en la ciudad, me pregunte si estará lloviendo dondequiera que ella se encuentre y espero que esté a cubierto.
Puede que ella sea la razón por la que estoy tan quemado.
Su alegría es contagiosa, el combustible que necesitaba para reavivar la llama de mi felicidad, y sin ella todo me parece un puto muermo.
Cuando estoy con Quincy todo cobra sentido.
Estaba buscando una solución, sin darme cuenta de que la he tenido todo el tiempo delante de las narices.
—No lo sé. —Me limpio una gota de sirope de la boca para ganar tiempo—. Puse una lista de los grados que impartía la Universidad de Florida Central en la pared, cerré los ojos y elegí uno.
—No te tomas las cosas nada en serio. —Me aparta el brazo para comer un último bocado de tortitas—. Y tenemos que hacer un programa.
Su estudio sigue justo como lo recordaba. Sonrío al ver que ha añadido una segunda silla y otro micrófono. Hay dos vasos de agua sobre el escritorio; no es un espacio enorme, pero nos apañaremos.
—Algún día me gustaría tener un espacio mayor. —Aparta una silla y se sienta antes de ajustar su sofisticado micrófono—. Pero de momento me hace el apaño.
—¿Por qué estoy tan nervioso? —Me siento a su lado, abanicándome las mejillas—. Si salgo en las noticias todas las noches.