Llueva o truene 18. Quincy #3
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18. Quincy #3

—Por haberme metido en medio. Por haber hablado por ti. Es que… —Niega con la cabeza—. Es indignante que traten así a una candidata. Conozco a un tío que trabaja en el Departamento de Comercio. Me va a oír.

—¿Hay alguien a quien no conozcas? —pregunto en voz baja.

—A mucha gente. —La tensión se masca en el ambiente—. Te preguntaría si te encuentras bien, pero está claro que no. Y no me extraña. Una cosa son los correos electrónicos y los comentarios en redes sociales. Pero resulta asqueroso ver cómo sucede en la vida real.

—Gracias. —Le tiendo la mano, a modo de rama de olivo. Se ha sacrificado por mí y se arriesga a perderlo todo. Me tiembla el labio inferior y tengo los ojos llenos de lágrimas. El témpano de hielo se ha roto y está empezando a agrietarse—. Muchísimas gracias.

En un instante paso de estar sola a tener a Sebastian a mi lado.

Ha rodeado la mesa y me está ayudando a levantarme.

Me agarra por la cintura con sus brazos fuertes y robustos.

Antes de que me dé tiempo a pensar en una excusa para apartarme, apoyo la mejilla en su pecho, como si ese fuera su lugar natural.

Sebastian me abraza como si el mañana no existiera y empiezan a temblarme los hombros. Toda la frustración de años soportando esa carga en soledad se va desbordando a medida que me acaricia la espalda. Me susurra un «sssh» tranquilizador, seguido de un «estoy aquí» todavía más suave.

Nunca me habían abrazado así antes y entiendo por qué Mia escribe libros sobre las mariposas en el estómago y ese momento en el que los pies se despegan del suelo.

Es la mejor sensación del mundo.

—Perdona por darle tanta importancia —susurro—.

Es que… llevo cargando con esto, con el peso de ser mujer en este campo, muchísimo tiempo y ha sido la primera vez que no tengo que soportar la carga sola.

Soy muy buena en mi campo. Lo sé. Pero cada vez que alguien como el doctor Schneider expresa una opinión como esa, cuando sueltan la famosa frase de «para ser mujer», echa por tierra todo el trabajo que las mujeres hemos hecho en nombre del progreso.

—Me seco un ojo—. Parezco un puto disco rayado, pero la verdad es que algunas de esas personas nunca se fijarán en mi inteligencia.

Nunca se fijarán en mi formación ni en las horas que dedico a mi trabajo cuando me quedo hasta las mil, trazando a mano la trayectoria de un huracán a través del océano.

Se fijarán en mis tetas y en mi melena, punto.

—Ni se te ocurra disculparte —dice Sebastian con vehemencia. No sé dónde ni cuándo ha desaparecido Dennis, pero somos los dos únicos que quedamos en la sala—. Esto no es culpa tuya. Jamás será culpa tuya, Quincy.

—Estoy tan acostumbrada a estas mierdas que, a estas alturas, prácticamente me resbalan. No quiero… Que los hombres se queden con toda la fama, los puestos mejor remunerados y el tiempo en antena. Yo solo quiero hablar del tiempo. Nada más. Es lo que me hace feliz.

—¿Te cuento un secreto?

—¿Me vas a decir que tengo un moco colgando de la nariz?

—No. —Sebastian sonríe—. Da gusto verte hablar del tiempo.

—Venga ya. —Le doy un empujoncito en el pecho—. ¿Qué dices?

—Sí, en serio. Te iluminas cuando empiezas a hablar de él.

Nunca había visto a nadie que se emocionara tanto al explicar a la gente la vorticidad horizontal.

Solo a ti. Actúas como si fuera lo más interesante del mundo y es genial formar parte de eso.

Eres lo mejor que le ha pasado a la meteorología, Quincy, y pienso pregonarlo a los cuatro vientos hasta que me hagan caso.

—Puede que dejar en evidencia a la gente por su mala conducta no sea la mejor estrategia para conseguir trabajo. Creo que te has cargado la oportunidad de hacerte con el puesto por mi culpa.

—Me da igual. Lo volvería a hacer.

El corazón me da un vuelco. Es lo más bonito que me han dicho en la vida.

—Te voy a manchar la camisa de maquillaje. Estoy hecha un desastre.

—Tú nunca estás hecha un desastre. —Juguetea con mi coleta, enroscándose las puntas de mi cabello en los dedos, luego las suelta—. ¿Verdad o consecuencia, Presi?

—Madre mía. —Suelto una risita llorosa. La última vez que uno de nosotros preguntó eso, Sebastian me besó hasta dejarme sin sentido y me proporcionó el mejor orgasmo de mi vida, además de una nueva colección de sueños eróticos—. Verdad —digo. La respuesta más segura.

—Después de esto, ¿somos amigos? —Me agarra de la muñeca. Me acaricia el pulso y siento el calor de su piel sobre la mía—. Yo creo que sí, ¿no? Unidos contra los capullos sexistas.

—No. —Frunzo los labios, intentando reprimir una sonrisa. Últimamente me pasa bastante a menudo. E incluso con más frecuencia cuando estoy con él—. Pero por algo se empieza.

—El mío es un plan a largo plazo, Monroe. Acabamos de empezar. —Me guiña un ojo y me abraza una última vez antes de soltarme—. Por cierto. No olvides nunca que eres la leche.

Lo veo alejarse mientras pienso que ser su amiga, poder contar con él, no estaría tan mal.

De hecho estaría bastante bien.