18. Quincy #2
—Las supercélulas tienen un mesociclón profundo y persistente, y una velocidad vertical diferente. Le daría una clase de matemáticas, pero no sé si al resto de los presentes les apetecerá hablar de órdenes y potencias.
—No creo. —Su risa es profunda y grave—. Quizá pueda dejarlo para después de la mesa redonda. Me fascina el tema y me encantaría saber más al respecto, doctora Monroe. —Su sonrisa no transmite arrogancia. Ni fanfarronería.
Ni siquiera un «te lo advertí».
Puede que la palabra adecuada sea «orgullo» y va acompañada por otro golpecito con la rodilla. Y por un guiño mientras me mira con sus bonitos y brillantes ojos azules.
—Lo buscaré al salir de aquí para abordar el tema con más detalle —digo antes de volver a centrar mi atención en el doctor Schneider.
—Unas observaciones muy interesantes, señorita Monroe —comenta este.
—Doctora Monroe —lo corrige Sebastian.
—Perdón. La siguiente pregunta es para el señor Dunn. Sale en televisión, ¿verdad? —le pregunta el doctor Schneider.
—Sí, señor. Soy jefe de meteorología de la ABC. Tengo la suerte de poder profundizar en todos los aspectos relacionadas con los sistemas meteorológicos y el cambio climático en general. Yo…
—Siento mucha curiosidad. —El doctor Schneider acerca la silla hacia delante—. ¿Quién es la persona más famosa que ha conocido?
Sebastian deja de sonreír y frunce el ceño.
—Una vez vi a Keanu Reeves en una gala benéfica. Un tío muy majo.
—Fascinante. Señorita Monroe, ¿sobre qué versó su tesis cuando estudiaba en la universidad?
El cambio de tema me desconcierta. Tardo un momento en darme cuenta de que el doctor Schneider me está hablando a mí. Cuando lo hago, estoy a punto de trabarme.
—Sobre las señales de radar en los tornados de los ciclones tropicales y en las supercélulas carentes de tornados.
—Sebastian, ¿viaja en avión privado cuando lo envían por todo el país para cubrir los fenómenos meteorológicos o en vuelos comerciales?
—No veo qué tiene eso que ver con el tema que nos ocupa, a menos que quiera que analice la enorme huella de carbono que generan los aviones privados.
—No es necesario. Nunca había conocido a nadie que hubiera salido en la revista People , es fascinante. Señorita Monroe, su investigación como mujer en este campo es…
—No —dice Sebastian, con contundencia y firmeza. Como si me clavara una daga en el pecho—. No pienso permitir esto. La está discriminando. Le está haciendo unas preguntas que no nos hace al resto y eso está fuera de lugar.
—Es que ella no tiene la notoriedad que…
—Dennis. —Sebastian mira al hombre que tengo sentado al otro lado.
—¿Cuántos seguidores tienes en redes sociales?
—Diez, en LinkedIn —reconoce Dennis—. Y una es mi madre.
—Quincy. —Desvía la mirada hacia mí—. ¿Cuántos seguidores tienes en redes sociales? Entre todas las plataformas.
—Eh… —Jugueteo con la manga de la chaqueta. Hay demasiada gente mirándome—. Tres millones.
—¿Quiere que hablemos de notoriedad, doctor Schneider?
—Tengo la sensación de que el edificio tiembla por el impacto de la mirada de Sebastian—.
La presencia de Quincy en las redes es más que considerable.
Su capacidad para fomentar un entorno que promueve tanto el aprendizaje como la seguridad es extraordinaria, y ha hecho más por el mundo de la meteorología que casi todos los presentes en esta sala.
—Hace una pausa para respirar. Tiene los puños cerrados y el pecho agitado como si estuviera en plena batalla—.
Si va a hablarle como si no fuera la eminente meteoróloga que ha demostrado ser, como si estuviera menos cualificada que usted, retiraré mi candidatura para este puesto.
No supone ningún agravio para mi ego reconocer que es mejor científica que yo y no quiero trabajar para una agencia que no defiende la contratación de la persona más cualificada para un puesto.
En la mesa de los entrevistadores se oyen unos susurros ahogados.
Algunos levantan la voz y alguien golpea la mesa con el puño, contrariado.
El doctor Schneider resopla, se levanta y se dirige furioso hacia la salida.
Abre la puerta con violencia y doy un respingo.
Solo me relajo cuando Sebastian me acaricia la mano con el dorso de la suya.
Me muestro impasible. No dejo entrever sorpresa ni indignación. Soy un témpano de hielo, ajena a lo que dicen de mí.
Respiro profundamente y suelto el aire poco a poco. Exhalo otro largo suspiro, y la mano de Sebastian sigue ahí, justo donde más la necesito.
—Doctora Monroe. Le pido disculpas en nombre de mi compañero —dice el doctor Matthews—.
Su comportamiento ha sido inapropiado y será destituido del comité de contratación con efecto inmediato.
En caso de que resultara seleccionada para el puesto, quiero que sepa que no tendría ningún tipo de contacto con él.
Trabaja en la sede local de Jacksonville, aunque no sé por cuánto tiempo más, así que no tendrá que volver a verlo.
—Ah. —Recorro con el dedo el gráfico impreso que tengo en el montón de notas sobre la investigación; tantas horas invertidas para nada—. Gracias por la información.
—Creo que ya hemos tenido suficiente por hoy. —El doctor Matthews se levanta y da por terminada la entrevista. El resto de los hombres lo siguen—. Nos pondremos en contacto con ustedes en las próximas semanas.
No exhalo hasta que se cierra la puerta de la sala de reuniones.
—Qué hijo de puta. —Sebastian echa la silla hacia atrás. Irradia energía. Camina por la sala prácticamente temblando y rodea la mesa. Se detiene justo delante de mí—. Lo siento.
—¿Que lo sientes? —digo—. ¿Por qué?