Llueva o truene 18. Quincy
58%

18. Quincy

Quincy

@Mia

Buena suerte hoy, Quin!

@Harlow

Agarra a esos tíos por las pelotas y demuéstrales que eres la puta ama

@Mia

Avísanos cuando hayas acabado para poder ir a cenar y que nos lo cuentes todo

Creo que llevo una semana sin dormir

Entre los programas y preparar la entrevista estoy medio zombi

Espero que me vaya bien

@Mia

Lo vas a hacer genial.

Nosotras te apoyamos

Puede que necesite una botella de vino, si la cosa va mal

@Harlow

No va a ir mal

Os quiero, chicas

Ojalá fuerais vosotras las que tuvierais que contratarme

@Mia

Menos mal que no lo somos

No entiendo las tres cuartas partes de las palabras que usas

No estoy capacitada para contratar a meteorólogos y no quiero que mi falta de criterio lleve al país a una crisis meteorológica

@Harlow

Seremos tu equipo de animadoras virtual

Vale, voy a entrar. Puedo hacerlo

Nos vemos esta noche!

@Mia

Déjalos con la boca abierta, cari

El universo no es justo.

Si lo fuera, no estaría viendo de esta manera a Sebastian por primera vez desde que me hizo llegar al orgasmo.

Se ha vestido de forma elegante pero informal, con una corbata que hace juego con sus ojos y unos zapatos de piel brillante con los cordones atados en unos lazos perfectos.

Lleva los pantalones, hechos a medida y meticulosamente planchados, justo por encima del tobillo, para que se vean los calcetines graciosos que se ha puesto.

De pingüinos con paraguas bailando bajo la lluvia.

Son una monada.

Se ha remangado la camisa hasta los codos para lucir antebrazos, y cuando me mira con una sonrisa de la que el mismísimo diablo se sentiría orgulloso, estoy a punto de dar un traspié.

«Maldito sea por haberme empotrado contra una pared».

Y maldita sea yo por haberle seguido el juego.

—Por fin. —Sebastian se levanta, con una carpeta bajo el brazo. Tiene la chaqueta colgada en el respaldo de la silla—. Empezaba a pensar que no ibas a aparecer.

—Necesitaba un momento de paz y tranquilidad antes de machacarte. Siempre viene bien relajarse antes de beber la sangre de tus enemigos.

—Conque enemigos, ¿eh? —Me mira de arriba abajo.

Se le escapa un gruñido de satisfacción al ver la blusa que llevo abrochada casi hasta arriba y la falda negra que planché ayer por la noche, con un nudo en el estómago por los nervios.

Silba en voz baja. Un ligero rubor le tiñe las mejillas—. Joder. Estás impresionante, Quincy.

—Gracias. —Esta vez soy yo la que me sonrojo y hago todo lo posible por recuperarme cuanto antes—. En el papel de la puerta pone que vamos a participar en una mesa redonda con un tal Dennis Terry. ¿Te suena?

—Vagamente. Me parece que es de Tampa. Pero desconozco su trayectoria. Esto va a ser interesante. No participo en una mesa redonda desde la universidad, cuando las hacíamos en algunas clases. Es un método curioso, ¿no?

—Sí, pero ya sabes cómo va esto. Buena parte del trabajo se basa en los datos y la evolución constante de la investigación siempre es un tema candente en nuestro campo.

Diferentes opiniones, diferentes métodos.

Diferentes enfoques y diferentes modelos para pronosticar las intensidades, y cuál es la «mejor» versión y la más «precisa».

Debatir con los compañeros da pie a tener conversaciones como las que tendríamos en la vida real.

—¿Crees que hoy serás capaz de jugar limpio? —Sebastian extiende una mano hacia mí. Me dedica una sonrisa que hace que me tiemblen las rodillas, hasta que recuerdo por qué estamos allí. Le aparto la mano, frunciendo el ceño—. Va a ser divertido patearte ese culito tan mono.

—¿Mono? —Parpadeo y me coloco la correa del bolso, que se me está clavando en el hombro—. Hay algo muy importante que creo que deberías saber antes de entrar ahí, Dunn.

—¿De qué se trata? —Se acerca un poco más. Huelo su colonia y contengo la respiración para evitar inhalar su aroma—. ¿Vas a decirme cuánto me has echado de menos?

—No. —Me pongo de puntillas, agradeciendo que los tacones me hagan más alta.

Jugueteo con el botón de arriba del todo de su camisa, el que está justo al lado del cuello, y sonrío al notar que su respiración se altera—.

No llevo ropa interior —murmuro, dándole unas palmaditas en el pecho antes de dirigirme a paso tranquilo a la sala de entrevistas.

Resulta que Dennis suda muchísimo cuando está bajo presión.

Una gota de sudor cae sobre el montón de papeles que tengo delante mientras se quita apresuradamente la chaqueta del traje.

El fluido corporal empapa las notas a bolígrafo que hay en el margen de mis apuntes, pero rechaza el pañuelo que le ofrezco.

Los entrevistadores entran en la sala y se acomodan en sus asientos. Me obligo a respirar hondo.

—Buenas tardes a todos. —El de la izquierda, un tal doctor Matthews, según su placa identificativa, se coloca las gafas y entorna los ojos para mirar la hoja que sostiene bajo las luces fluorescentes de la sala de reuniones.

Levanta la vista, nos mira a los tres y carraspea—.

Perdón. Debe de haber un error. ¿Está aquí Quincy Monroe?

—Hola. —Saludo con la mano—. Soy yo.

—Ah, vale. —Baja la vista hacia la hoja antes de volver a mirarme—. No me esperaba, bueno…

—¿Qué es lo que no se esperaba, doctor? —le pregunto, imaginando cómo va a acabar la frase.

—A una mujer —dice finalmente—. Dado el nombre de género neutro y la composición demográfica mayoritaria de la agencia, estoy… sorprendido.

—Supongo que conocerá al doctor Baldwin, de la Universidad de Florida Central.

Desempeñó un papel fundamental en mi programa de doctorado y sus conocimientos en el campo de la meteorología me animaron a cursar una carrera en ciencias atmosféricas en la universidad.

—Esbozo una sonrisa falsa—. Soy consciente de la gran cantidad de gente que forma parte del NWS y la NOAA, pero eso es lo maravilloso de la meteorología.

No debería limitarse a un grupo determinado de personas.

Está presente a nuestro alrededor, todo el tiempo.

A los desastres naturales no les importa el aspecto de nadie ni quién informe sobre ellos.

Al fin y al cabo nuestro deber es salvar vidas.

Sebastian me pone disimuladamente una mano en la rodilla por debajo de la mesa a la que estamos sentados y me da un apretoncito tranquilizador en la pierna. Ni autoritario ni impulsivo. Simplemente para que sepa que está ahí, si lo necesito.

—Bueno. Nos alegramos de que esté aquí. —El doctor Matthews junta las manos y mira a sus compañeros de entrevista—. ¿Empezamos?

El pobre Dennis abre el debate hablando durante tres minutos sobre un tema distinto al que se le había pedido, hasta que se da cuenta de que está leyendo la ficha equivocada.

Se produce un silencio incómodo mientras intenta corregir el error y se frustra al ver que el esquema que ha preparado está al revés.

—Gracias, Dennis. —El doctor Schneider, que está sentado al otro lado de la mesa, rebusca entre sus papeles—. Señorita Monroe. Creo que nos ha traído una investigación sobre… ¿qué pone aquí?

—El futuro de las supercélulas —contesto—. He comparado las células de los últimos quince años con las de los años ochenta y noventa, centrándome principalmente en cómo el cambio climático podría estar afectando a las supercélulas.

—Muy interesante. —El doctor Schneider me mira fijamente—. ¿Qué método está utilizando?

—Me baso en modelos de mesoescala regionales que permiten la convección. Simulo dicha convección para tratar de obtener respuestas sobre la posible evolución de las células en los próximos veinte años.

—¿Y cuáles son sus conclusiones?

—Los factores climatológicos afectan a las supercélulas, sobre todo a su frecuencia e intensidad.

Todos lo sabemos. —Hojeo mis notas y señalo con el dedo la tabla de datos que he preparado.

Es una investigación que empecé como estudiante universitaria, un interés que he mantenido a lo largo de los años—.

Todavía estoy en las fases iniciales de la recogida de datos, pero las proyecciones indican que las supercélulas serán más frecuentes en las zonas del este de la parte continental de Estados Unidos.

En las regiones de las Grandes Llanuras, irónicamente, habrá menos fenómenos meteorológicos extremos, como tornados y granizadas.

—Disculpe la interrupción, doctor Schneider, pero ¿puedo hacer una pregunta? —dice Sebastian. No puedo evitar esbozar una sonrisa.

Es como si volviera a la universidad. A aquellos años que pasamos en bandos opuestos de las clases, manteniendo acalorados debates sobre modelos de predicción y dinámica atmosférica, cuando éramos jóvenes, entusiastas y aún no habíamos perdido la ilusión.

—Por favor, señor Dunn. Estoy deseando escuchar su opinión.

Sebastian se gira hacia mí. Lo veo por el rabillo del ojo, pero sigo mirando fijamente al frente, preparada para cualquier cosa que se le ocurra soltarme.

—Los datos que ha proporcionado sugieren que las supercélulas disminuirán entre mediados de verano y principios de otoño. —Tamborilea con los dedos sobre mis notas. No me había dado cuenta de que las estaba leyendo a hurtadillas—. ¿Cierto, doctora Monroe?

En mis labios se dibuja una sonrisa. Podría acostumbrarme a que me llamara por mi título oficial.

—Sí, pero eso no significa que el país esté a salvo de cualquier fenómeno meteorológico. Existe la posibilidad de que se produzcan tornados más importantes y lluvias extremas que podrían tener consecuencias terribles si no se estudian.

—Entonces, si las supercélulas disminuyen desde mediados de verano, ¿cuándo tendrían lugar esos fenómenos extremos?

—En el escenario hipotético de emisiones que he simulado, los fenómenos aumentarían a finales de invierno y principios de primavera.

—¿Y en qué se diferencia una supercélula de una convección celular normal?

Me cuesta contener la risa ante una pregunta tan sencilla.