17. Quincy #2
Sebastian me susurra palabras de ánimo. Me demuestra su cariño cuando no estoy segura de que pueda aguantar ni un segundo más. Su admiración cuando hago algo nuevo que le gusta, como girar la lengua o acariciarle una pierna con las uñas.
El gemido que emite cuando su miembro desaparece por completo en mi boca, mientras le rozo el muslo con la nariz y el corazón casi se me sale del pecho cuando me susurra lo bien que lo estoy haciendo, es como de otro mundo.
Son los fragmentos de un hombre a punto de desmoronarse, y una oleada de orgullo me invade.
—Si con la boca ya es así de bueno… —Me peina el cabello con los dedos, desenredando con cuidado los nudos que encuentra—. Voy a pasar el resto de mi vida fantaseando con tu coño.
Hay una farmacia a menos de diez minutos en coche.
No tardaríamos mucho en comprar una caja de condones.
A lo mejor él podría echar el asiento delantero hacia atrás para que me sentara a horcajadas sobre él en algún aparcamiento oscuro y mal iluminado.
Ni siquiera haría falta que volviéramos a casa.
Pero mucho me temo que, en cuanto uno de los dos salga de la habitación, todo habrá terminado. La ilusión de los orgasmos compartidos se hará añicos ante la realidad que existe fuera de estas cuatro paredes.
Una realidad caótica y complicada, con personas que quieren cosas diferentes. Y eso no es lo que importa esta noche.
Ignoro la sensación de calor que siento entre las piernas. Intento no imaginarme el cuerpo de Sebastian encima del mío, con las manos apoyadas a ambos lados de mi cabeza mientras me penetra, llenándome por completo y haciendo realidad lo que más deseo.
—Hacemos buena pareja. —Inclino la cabeza para lamerlo de arriba abajo. Sustituyo la boca por la mano hasta que vuelve a gemir. Hasta que levanta las caderas y responde a mis caricias con embestidas bruscas—. ¿No te parece?
—Quincy. —Mi nombre es como una súplica desesperada. Un grito de éxtasis—. Me voy a…
Tomo la decisión espontánea de volver a posar los labios sobre él, haciendo caso omiso de sus protestas de que no tengo por qué hacerlo, para tragarme su cálida eyaculación mientras se corre dentro de mí.
Tarda un rato en dejar de jadear y relajarse. Cuando lo hace, me saco la polla de la boca. Me siento sobre los talones y me relamo, plenamente satisfecha. Sebastian parpadea. Tiene la mirada perdida y está completamente sin aliento. Yo sonrío.
—Deberíamos haber hecho esto hace años —dice por fin. Le suda la frente. Y el cuello.
—¿De dónde habríamos sacado tiempo para hacerlo?
—Yo lo habría encontrado. —Sebastian me tira del brazo y me pone a su lado.
Yo le dejo, me acurruco junto a él y apoyo la mejilla en su pecho.
Solo será un momento. Algo que no contará para nada cuando se haya ido—.
Espera. Tienes un poco de… —Me pasa el pulgar por la comisura de los labios—.
No me gusta que la gente deje todo hecho un desastre. Abre la boca.
Mi cuerpo reacciona por instinto y entreabro los labios. Saco la lengua y le chupo el dedo, saboreándolo de nuevo.
—Esto ya lo habíamos hecho antes esta noche —digo. Él se ríe, agotado y profundamente satisfecho—. Pero con más ropa.
—Nunca pensé que tendría la suerte de vivir un segundo asalto.
—Ya. —Me acurruco en el hueco de su hombro y escucho su respiración—. Ni yo.
—Dame un momentito para recuperar fuerzas y te dejo en paz.
—No hay prisa. —Bostezo mientras me invade una sensación de calor cuando me sube las sábanas por las piernas. Cuando me rodea con los brazos y me aprieta con fuerza. No imaginaba que fuera tan cariñoso, pero me gusta que lo sea—. Si estás igual que yo, te va a llevar más de un momentito.
—Y decías que había sido «bastante bueno». —Sebastian apoya el mentón en mi coronilla. Levanto una mano y le tiro de la cadena. Un rubor intenso se extiende por mi pecho cuando él responde con un suave murmullo—. Mientes fatal.
—A lo mejor eres pésimo en la cama.
—Estás esquivando el tema. Más claro, agua. —Tamborilea con los dedos en mi cadera. Luego me acaricia el tatuaje, fascinado—. No te atreves a reconocer que quieres repetir.
—Qué engreído —murmuro y chillo cuando me abraza aún con más fuerza—. Quedamos en que sería solo una vez, ¿recuerdas?
—Si creer eso te hace dormir mejor esta noche, Presi… ¿Te…?
Nuestros teléfonos suenan al mismo tiempo al recibir un aviso. Frunzo el ceño y me incorporo.
—Qué raro.
—Seguro que se está formando una tormenta tropical en el Atlántico. El agua está muy caliente.
—O puede que nuestros amigos hayan muerto.
—Veo que eres de las que sacan conclusiones precipitadas. Mi móvil está en el bolsillo de los vaqueros, si quieres echarle un ojo.
Tiro de la sábana y me envuelvo en ella para ir a por los teléfonos. Le lanzo el suyo a la cama y me siento en el borde del colchón mientras ojeo las aplicaciones.
—No tengo ningún mensaje —digo.
—Y tampoco hay tormenta. Qué bajón.
—Ah. —Veo un correo electrónico nuevo en la bandeja de entrada y lo abro—. ¡Ah!
—¿Qué pasa? —Sebastian se me acerca por detrás y me rodea la cintura con un brazo, todavía con el móvil en la mano.
—Es del Servicio Nacional de Meteorología. Quieren… —Leo rápidamente el contenido del correo y ahogo un grito—. Quieren que vaya a una última entrevista la semana que viene.
—Bien hecho, Monroe. —Me da un beso en el hombro y deja allí la boca un instante—. Estoy orgulloso de ti.
—Un momento. Entonces ¿a ti también te ha llegado un correo?
—A ver. —Sebastian abre la bandeja de entrada. Hay un mensaje nuevo arriba del todo con el mismo asunto, recibido a la misma hora—. Eso parece.
—Qué raro, ¿no?
—¿Por qué iba a ser raro? ¿Porque te acabo de comer el coño?
—Por Dios.
—Él no está aquí, pero puedes adorarme a mí si quieres.
Extiendo la mano hacia atrás, cojo una almohada y le doy con ella en toda la cara. Ignoro la carcajada que suelta y la sonrisa que oculta en mi nuca.
—Precisamente por eso.
—Seguimos siendo los mismos. Podemos competir el uno contra el otro, como siempre, y fingir que son los preliminares.
—No. Ni hablar. —Me giro entre sus brazos y le clavo un dedo en el pecho—. Una vez y nada más, Dunn.
—Dame una buena razón para que no volvamos a acostarnos.
—Pues… —Me cuesta inventarme algo sobre la marcha—. Que podría complicarse.
—¿Te da miedo enamorarte de mí? —Se le marca el hoyuelo. Las largas pestañas le llegan casi hasta los pómulos. La verdad es que es guapísimo—. Somos adultos. Podemos separar los sentimientos del sexo, ¿no?
—Podemos, pero yo ya me he quitado la espinita. Estoy satisfecha. Esto nunca ha sido más que una noche de sexo y ahora podré pensar con claridad e ir a por lo que quiero: ese trabajo.
—Al menos ha estado «bastante bien». —Sonríe con aire burlón—. Vale. Acataré tus reglas, pero no pienso cortarme en la entrevista. Más te vale darlo todo.
Sebastian se levanta y estira las piernas. Se viste tranquilamente, observándome mientras se pone la camiseta y los vaqueros. Luego echa un vistazo a las bragas que lleva en la muñeca, me mira y se las guarda en el bolsillo.
—Oye —protesto—. Devuélvemelas.
—No. El que lo encuentra se lo queda. Te regalo mis calzoncillos. Así estamos en paz.
—¿Y qué voy a hacer con ellos?
—Ponerlos en el altar que has hecho para mí.
—Eres insufrible —digo, cruzándome de brazos. Sebastian me dedica otra sonrisa radiante y va hacia la puerta—. Que sepas que no te voy a echar de menos cuando te vayas.
—Claro que no. —Antes de irse, se acerca y me da un beso en la frente. Tengo que hacer un esfuerzo para no apoyarme en él—. Pórtate bien, pequeña Quinny. Nos vemos la semana que viene.
Escucho el sonido de sus pasos por el pasillo.
La puerta principal se abre y se cierra con un chasquido.
Cuento hasta cien antes de levantarme lentamente de la cama e ir hacia el baño.
Me ducho con calma y me lavo los dientes.
Observo las marcas que me ha dejado en el cuerpo, intentando memorizarlas todas.
Ignoro la satisfacción que me produce saber que tardarán unos días en desaparecer.
Cuando vuelvo a meterme en la cama, limpia, agotada y más satisfecha de lo que lo he estado en años, giro las almohadas para que no huelan lo más mínimo a él.
El teléfono suena en la mesita de noche y me encuentro con un mensaje de Sebastian esperándome.
Dudo un momento antes de deslizar el pulgar por la pantalla.
De vuelta en casa de Cooper
Ya me echas de menos?
Me recuesto, me tapo con las sábanas y me pongo de lado para responderle.
Ni lo más mínimo
Lo suponía
Aquí tienes un regalito, por si te sientes sola
Foto
Cuando la imagen se descarga, una foto de Sebastian sin camiseta aparece en la pantalla.
La ventana que tiene detrás lo baña en tonos plateados y grises, pero eso no es lo que me llama la atención.
Lo que hace que me sonroje son las bragas que tiene en la mano.
El fino pedazo de tela que sostiene ante la cámara mientras sonríe de oreja a oreja, como si estuviera orgullosísimo de sí mismo.
Que duermas bien, pequeña Quinny
Soñaré contigo
Observo la foto y las curvas de sus músculos.
Su pelo revuelto y los restos de carmín que tiene en el abdomen, justo por encima de los calzoncillos.
Me entran ganas de contestarle con un emoji de un pulgar hacia abajo, pero me limito a bloquearlo mientras deseo con todas mis fuerzas que eso de «ojos que no ven, corazón que no siente» sea verdad.
Cuando cierro los ojos y me obligo a dormir, sigo viéndolo en sueños. Me está sonriendo.
Y esta vez le estoy devolviendo la sonrisa.