17. Quincy
Quincy
L e he mentido a Sebastian para conservar una pizca de dignidad.
Ha estado mucho mejor que «bastante bien».
Ha sido alucinante. El mejor orgasmo de mi vida y mucho me temo que nadie podrá superarlo jamás.
Veo estrellitas de colores y siento un chisporroteo en medio del pecho.
Aprieto una pierna contra la otra mientras le ayudo a quitarse los pantalones.
Los pezones se me ponen duros cuando llego a los calzoncillos y deslizo el tejido oscuro por sus muslos musculosos, hasta que ambos estamos desnudos y mirándonos a los ojos.
Entonces… lo siento.
Percibo el cambio que se ha producido entre nosotros. La línea que hemos cruzado sin posibilidad de retorno es muy real y visceral, pero tampoco quiero volver atrás.
Estamos aquí, juntos, en una situación en la que nunca pensé que me encontraría, y… no quiero que esto termine.
No solo por el orgasmo.
Hay algo más entre nosotros, algo que rellena el espacio que nos rodea.
El susurro de un «imagina lo bien que estaría».
La sombra de un «nadie te había hecho sentir así, solo él».
Y quizá lo más fuerte y lo peor de todo: lo que hay detrás de las discusiones y las pullas sarcásticas que nos lanzamos en broma.
Lo que se esconde tras años de vida académica y rivalidad.
Sale a la luz en cuanto me pone una mano en la pierna. Cuando me acaricia la rodilla con el pulgar, con la suavidad de una pluma. De forma dulce y delicada. Vamos directos hacia el desastre; es algo ineludible que no puedo evitar. Que no quiero evitar.
«Puede que estuviera destinada a estar con él, por mucho que intentara resistirme».
—Joder —murmura Sebastian. Debe de ser su nueva palabra favorita.
—¿Qué? —Me toco el pelo. Me llevo la mano a la mejilla; seguro que se me ha corrido el carmín—. ¿Me he…?
Sebastian me pone la palma de la mano en el abdomen y me acaricia la parte inferior del pecho. Es imposible no sonreír al ver sus mejillas sonrosadas. Y su pelo revuelto, perfectamente despeinado. Tiene un mechón rebelde junto a la oreja y me entran ganas de apartárselo.
—Qué guapa eres —declara con voz ronca, como si fuera lo más doloroso que ha dicho en su vida.
El calor me sube por el cuerpo cuando su mirada se posa sobre mi pecho. El cumplido me resulta extraño y no sé dónde guardarlo. ¿Cerca del corazón? ¿Escondido detrás de las costillas? ¿Debería rechazarlo, porque quedármelo va en contra de las reglas que hemos establecido?
—Solo lo dices para que te haga correrte.
—No. —Sebastian me acaricia la mejilla. Sigue teniendo mis bragas enrolladas alrededor de la muñeca, como un trofeo que está orgulloso de haber ganado.
Puedo oler mi propio aroma en él. Me parece ver un destello de adoración en sus ojos, pero debe de tratarse de una ilusión óptica.
De algo que me estoy imaginando en mi delirio posorgásmico—.
Aunque no consiguiera nada más esta noche, me iría a dormir feliz.
—¿En serio? —Arqueo una ceja—. Explícate.
—Me he masturbado muchas veces a lo largo de mi vida. La última fue hace dos noches de hecho.
—¿Hace dos noches? —La imagen de él en la cama con la mano alrededor de su miembro, acariciándose arriba y abajo al ritmo que le gusta, se apodera de mi mente. Es una visión obscena y depravada, pero ojalá hubiera podido estar allí para verlo—. No me digas.
—Sí. —Me levanta la barbilla con los dedos—. ¿Quieres saber en qué estaba pensando antes de correrme?
—¿En los tornados? —susurro y él suelta una carcajada.
—Casi. Estaba pensando en ti, Quincy, pero ni siquiera era nada sexual.
Me hice una paja mientras te imaginaba hablando de las nubes.
Pensando en las arruguitas que se te forman alrededor de los ojos cuando algo te hace feliz.
—Ahora su risa es más suave, como si no pudiera creer que acabara de revelarme su mayor secreto—.
Si quieres, podemos quedarnos aquí sentados y consultar las previsiones marítimas del NHC.
O puedo enseñarte algunos vídeos antiguos que grabé en la universidad persiguiendo tormentas y discutimos sobre el sentido en el que gira la nube de embudo.
O puedo volver a comerte. —Se hace un silencio largo y sus ojos vuelven a posarse sobre los míos—. O puedo marcharme.
—No.
—¿No? —Las comisuras de sus labios se crispan y esboza una sonrisa burlona—. ¿Podrías ser más específica?
—No quiero que te vayas. Ya te he dicho que quería que te quedaras.
—¿Hay algo más que quieras que haga?
—Túmbate boca arriba. Por favor —añado—. Quiero verte bien.
Sebastian obedece lentamente, sin prisa. Se tumba en el colchón con una rodilla flexionada y los brazos extendidos a lo ancho de la cama.
—¿Así?
—Justo así.
Me tomo mi tiempo para mirarlo porque hay mucho que ver: un pequeño rasguño en el abdomen. El vello que desciende por su vientre en línea recta. Respiro hondo y observo su polla, gruesa y dura entre sus piernas.
Me sonrojo al ver lo grande que la tiene.
Mi temperatura corporal sube mientras contemplo su largo miembro y el líquido preseminal que brilla en la punta.
La vena que lo recorre por un costado y la naturalidad con la que él lo agarra y se lo acaricia mientras mis bragas se mueven arriba y abajo, al ritmo del movimiento de su muñeca.
—Esto es solo por haber hecho que te corras. Ni siquiera me has tocado y ya la tengo dura —dice con voz ronca. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Extiende la mano que tiene libre hacia mi cintura, pero se detiene y se incorpora sobre un codo—. Anda. Tu tatuaje secreto.
—Ah. —Echo un vistazo al dibujito que tengo tatuado en el hueso de la cadera y me río—. ¿No lo habías visto hasta ahora?
—Estaba demasiado ocupado fijándome en otras cosas, pero ahora estoy más centrado. Sabía que tenías uno. Y… unas gotitas de lluvia. Cómo no.
—Por mi programa. Un poco cursi, pero… no sé. Es un recordatorio de lo duro que he trabajado para llegar hasta aquí. Estoy orgullosa de mí misma y quería algo que lo reflejara.
—Me gusta. —Dibuja con el dedo el contorno de cada una de ellas, cinco en total—. Es sencillo. Sexy. Una sorpresa para quien tenga la suerte de quitarte la ropa. Un regalo especial para las personas que te conocen de verdad.
No sé cuántas personas me conocen de verdad. No muchas. Y menos así. Pero ahora Sebastian es una de ellas.
—Es justo lo que pretendía.
—Mmm. —Recorre de nuevo el contorno de los tatuajes—. Ya te deseaba antes de verlo, pero ahora te deseo todavía más.
—¿Te pone la lluvia?
—No, Quincy. —Con una voz tan áspera como la grava, me agarra la mano y me la acerca a su verga.
Me pone los dedos alrededor de su sexo, guiándome, y lo acaricio una vez.
Vuelvo a hacerlo mientras levanta las caderas y aprieta los ojos con fuerza, entreabriendo los labios al exhalar—.
Me pones tú. Es imposible que no sepas el efecto que causas en mí.
El efecto que llevas años causando en mí.
Estoy empezando a entenderlo, pero las pruebas son abrumadoras cuando bajo la mano por la polla y vuelvo a subirla.
Su respiración pasa de ser firme y segura a débil y frágil.
Sebastian se deja caer sobre el colchón, con la cabeza en las almohadas y los dedos en mi muñeca, como si él también quisiera formar parte de este momento.
En un arrebato de valentía, mantengo la mirada fija en la suya. Retiro la mano, escupo en el centro de la palma y vuelvo a acariciarlo.
Mi confianza aumenta con cada gemido desesperado que brota de las profundidades de su garganta. Me tranquilizo al oír sus gemidos, graves e indecentes. Un sonido que recordaré por la noches, cuando esté sola, mientras me toco pensando en el lujurioso recuerdo de su boca.
—Joder, Quincy. —Sebastian alarga el cuello—. Me encanta.
—¿Serías capaz de correrte así?
—Estoy haciendo ecuaciones de segundo grado mientras fantaseo con correrme en tus tetas. —Vuelve a reírse, esta vez con escepticismo—. Me encantaría embadurnarte.
Imito la postura en la que él estaba antes; noto el frescor de las sábanas en el abdomen mientras le doy un beso en la punta de la polla. Deslizo la lengua a lo largo de ella y siento que su autocontrol flaquea por momentos.
—Nunca te has andado con miramientos conmigo, Sebastian. Te reto a que dejes de contenerte.
Me pone una mano en la cabeza, se enrosca un mechón de pelo en la muñeca y tira con fuerza. Eso me pilla desprevenida y me hace jadear, pero no me resisto. Al contrario, sonrío.
—Abre la boca. —La orden rebosa lujuria y estoy dispuesta a hacer todo lo que me pida. Entreabro los labios. Los cierro alrededor de su miembro y disfruto del peso de su polla en la lengua. Ahora soy yo quien gime al saborearlo, al probar ese sabor salado y nuevo—. Así. Perfecto.
«Joder».
Ese cumplido despierta una parte de mí que he estado manteniendo a raya, a la mujer que siempre quiere ser la mejor en todo.
Aviva el fuego que arde en mi interior hasta convertirlo en un incendio, haciendo que mi cuerpo se consuma de deseo.
Lo lamo desde la base hasta la punta. Trato de contener las lágrimas que me vienen a los ojos y ahueco las mejillas para poder recibirlo cada vez más profundamente, mientras bajo la boca sobre él.
Sebastian tiene el detalle de darme tiempo para que me acostumbre a su tamaño.
Permanece inmóvil, limitándose a tensar los muslos y a sujetarme un poco más fuerte para que sepa que sigue ahí.
Pero entonces llega al fondo de mi garganta y algo se dispara.
La dinámica cambia. Se convierte en deseo en estado puro y somos incapaces de quitarnos las manos de encima.
Se me cae la baba y me suda la frente. Tengo el pelo pegado a la nuca y las lágrimas me ensucian las mejillas. En el fondo, debería avergonzarme de lo desaliñada que estoy, pero no es así.
¿Cómo iba a serlo, cuando cada uno de los instantes que hemos vivido juntos nos ha traído hasta aquí? El instituto. La universidad. Las semanas que él volvía al pueblo y los secretos compartidos.