Llueva o truene 16. Sebastian #3
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16. Sebastian #3

Añado un segundo dedo lentamente, lo introduzco con cuidado y dejo que Quincy se acostumbre a la dilatación. Quiero alargar este momento, memorizar todos y cada uno de los sonidos que emite, aunque también lo hago por mí mismo.

Temo perder el control en cualquier momento. Más aún cuando levanto la vista hacia el contorno de sus pechos. Hacia las curvas de su vientre y la suavísima piel de sus caderas, por donde me gustaría agarrarla mientras la follo desde atrás.

—¿Así? —balbuceo, embriagado por la lujuria y la imagen de su cuerpo desnudo. Imaginándome el aspecto que tendrá cuando se corra—. ¿Quieres que…?

—Perfecto. —Me pone los pies en los hombros cuando salgo de su interior y vuelvo a penetrarla, esta vez más profundamente. Le hago un chupetón al lado de la cadera y le dejo una marca que espero que se ponga roja, morada y de muchos otros colores—. Así está perfecto.

Deslizo las palmas de las manos bajo sus muslos y aprieto la carne con la que me encuentro, encantado de tener algo firme a lo que agarrarme mientras me inclino hacia delante. Mientras agacho la barbilla y poso la lengua sobre su clítoris, al tiempo que me froto contra el colchón.

—¿Y esto? —le pregunto, pegado a ella. Tengo los dedos empapados de su esencia. Y quiero tener la boca igual—. ¿Qué te parece?

—Todavía… —Quincy echa una mano hacia atrás y la apoya en el cabecero. Se aferra a la parte superior de la madera, medio colgando. Arquea la espalda mientras la lamo de nuevo, mientras vuelvo a pasar con la lengua por el punto en el que quiero hundirme y quedarme para siempre—. Mejor.

—¿Me estoy pasando? ¿Me estoy quedando corto?

—Sebastian. —La forma en la que pronuncia mi nombre hace que quiera esforzarme más. Hacerla llegar al clímax más rápido—. Es maravilloso. Como si mi cuerpo…

—Así es como debe ser. —Le pongo las manos en el culo y se lo aprieto una sola vez. Yo también quiero eso—. Conmigo siempre te sentirás así.

Quincy tiembla mientras mantengo mi boca sobre ella. Descubro el ritmo que más le gusta y lo mantengo mientras ella gime por encima de mí. Cuando baja el tono y se vuelve menos entusiasta, pruebo otra cosa y voy haciendo mentalmente una lista de todo lo que le gusta.

Le gusta que me la coma y le meta los dedos al mismo tiempo. Le encanta que escupa sobre su coño y esparza la saliva por su cuerpo como si estuviera pintando un cuadro.

«Hombre obsesionado», lo llamaría.

Con un pequeño inciso encima, en el que pusiera la palabra «indigno» en negrita.

Me doy cuenta de que está llegando al orgasmo cuando chilla mi nombre. Es como las últimas gotas de una buena copa de whisky. Como el sol justo antes de ponerse, cuando el mundo entero se tiñe de vibrantes tonos amarillos y anaranjados.

Quincy jadea y todo su cuerpo se estremece. Emite un gemido ahogado antes de que su respiración empiece a calmarse. Una gota de sudor le resbala por el vientre mientras me aprieta con fuerza contra ella.

La he visto de mil formas distintas a lo largo de los años, pero puede que esa sea mi favorita hasta ahora: totalmente desinhibida y rebosante de endorfinas. Cada movimiento de sus caderas es una nueva faceta de ella que tengo la suerte de descubrir por primera vez.

¿Cuántos hombres la habrán poseído de esa forma?

Los celos se apoderan de mí, pero no duran mucho.

Sobre todo porque Quincy me pone una mano en la mejilla y me levanta el mentón mientras yo añado un tercer dedo y la llevo al orgasmo.

Sobre todo por la mirada de alivio y gratitud que ilumina fugazmente su rostro cuando le susurro: «Lo estás haciendo genial» y «mira qué bien nos compenetramos».

El tiempo se desdibuja. Mantengo el ritmo. Podríamos llevar así horas, pero me da igual. Todo se reduce a ella y la desesperación me atenaza.

Necesito oírle decir mi nombre.

Necesito verla sonreír justo antes de correrse.

—Creo que te odio más ahora que hace veinte minutos.

—Quincy mueve las caderas y el nuevo ángulo me permite penetrarla más profundamente con los dedos.

No se avergüenza del placer que ansía, del ligero frenesí con el que se mueve arriba y abajo, utilizándome.

Sonriendo. Emitiendo suaves murmullos cuando la toco en el punto adecuado—. ¿Cómo puedes ser tan bueno en esto?

—Yo soy bueno en todo. —Presiono de nuevo su clítoris con el pulgar—. Pero tú me haces ser aún mejor. Llevo años intentando conocerte mejor y, ahora que lo he conseguido, quiero que me mires cuando te corras, Quincy.

Sus ojos se clavan en los míos. La lámpara de la mesilla la envuelve en un halo de luz. Baña su cuerpo con reflejos dorados que la convierten en un ángel de otro mundo. Su respiración se acelera y deja de sujetarme con tanta fuerza.

—Me voy a…

—Bien —le digo—. Sigue mirándome a los ojos y deja que te saboree.

Vuelvo a posar la lengua sobre ella y decido que así es como quiero morir.

Ya he hecho todo lo que tenía que hacer en la vida, así que podría irme tranquilo.

No tarda mucho en advertirme que está a punto de acabar.

Oigo un «por favor» y un «casi». Y, tras unos cuantos lengüetazos más, un «Sebastian» entrecortado que escucharé durante el resto de mis días.

Vuelvo a embestirla con los dedos y Quincy se desmorona.

Se le escapa un gemido ahogado y yo bajo el ritmo, tomándome mi tiempo para sacar los dedos de ella mientras su orgasmo se apaga.

La beso en la cadera y en la rodilla. Y en la zona que está justo debajo del ombligo, pegajosa por el sudor.

Voy subiendo por su cuerpo, besando cada centímetro que encuentro hasta llegar a su boca.

Le acaricio los labios con los dedos que han estado dentro de ella y le devuelvo la sonrisa cuando abre los ojos.

—Quincy. —Le aparto un mechón de pelo de la cara y le mordisqueo el cuello con suavidad. Jamás me cansaré de ella—. Eres una puñetera belleza.

—Ha estado… —Suspira con satisfacción. Su exhalación transmite felicidad y se echa hacia delante para rodearme el cuello con un brazo—. Bastante bien.

—¿Eso es lo único que me merezco? —Le acaricio las costillas, contándolas una por una. Es tremendamente cálida y suave—. Ha estado mucho mejor que «bastante bien».

—Puede. Nunca lo sabrás. —Quincy baja la mano hacia mis vaqueros y juguetea con la cintura de mis calzoncillos. El tacto de su mano sobre mi piel desnuda me distrae. Su seductora sonrisa podría hacer caer un imperio—. ¿Cuándo me toca a mí mirarte?

—¿Quieres mirarme?

—Sí. —Baja la mano un poco más. Me roza la punta de la polla con los dedos y una oleada de placer me recorre el cuerpo—. Claro que quiero.

Me despego de ella y me pongo de rodillas. Quincy me acompaña y se sienta, cruzando las piernas delante del cuerpo y con una hilera de marquitas rosas en el vientre.

—Quítamelos. —Pongo su mano sobre el botón de mis vaqueros—. Sácamela y acaríciame. Puedes mirar todo lo que quieras.