Llueva o truene 16. Sebastian #2
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16. Sebastian #2

—Ven aquí. —La ayudo a incorporarse. Le estrecho la cara entre las manos y la beso de nuevo.

Rozo su lengua con la mía y ella me sorprende hundiendo los dientes afilados en mi labio inferior.

Enredo los dedos en su pelo, intentando concentrarme mientras me acaricia la espalda con las uñas—. ¿Qué es lo que te gusta, Quincy?

—No lo sé. —Siento sus manos calientes sobre mi piel.

Recorriendo mi cuerpo, provocándome. Son mi perdición total—.

Hace meses… o más bien años que no… —Se queda callada unos instantes, avergonzada.

Finalmente, cede a regañadientes y entiende que no voy a burlarme de ella por lo que está a punto de decir, sea lo que sea—.

Y la mayoría de los hombres con los que he estado no han sido capaces de hacer que…

—¿Que te corras?

—Tengo que terminar yo sola.

—Somos científicos. Investigamos para obtener resultados. Lo resolveremos.

—¿Y si no lo conseguimos?

—Volvemos a intentarlo. Soy un hombre muy paciente.

—No tengo condones.

—No necesito follarte para hacer que te corras. —Me siento sobre los talones—. Quítate la camiseta. Quiero verte.

Quincy actúa con rapidez, sin dudarlo un instante. Se quita la camiseta y se queda con un sujetador azul de encaje que hace juego con sus bragas.

Me muerdo los nudillos y suelto un quejido cuando se pone a juguetear con los tirantes. Gimo mientras se lleva las manos a los pechos y los aprieta entre sí.

Quiero metérsela ahí en medio. Quiero metérsela por todas partes, pero ese lugar en concreto está entre los primeros puestos de la lista.

—¿Qué te parece? —me pregunta, como si no la estuviera mirando con la boca abierta y la polla a punto de reventar dentro de los pantalones.

Como si no me estuviera abalanzando sobre ella para apartarle suavemente la mano y poder tocarla yo mismo.

Gime cuando le agarro un pezón con el pulgar y el índice, y se lo pellizco con fuerza.

—¿Que qué me parece? Me parece que me encantaría correrme en tu pecho.

Me encantaría escribir mi nombre en él para que quien venga después de mí sepa que yo he estado ahí antes.

—Se sonroja bajo mi mano y su cuerpo adquiere un bonito tono rosado—.

Me encantaría dejar en él una marca para que te acuerdes de mí por la mañana. Para que no olvides lo que hemos hecho.

—¿Es lo que sueles hacer?

—Sería la primera vez. Pero sé que contigo lo disfrutaría. Joder, Quincy. ¿Tú te has visto? —susurro, estupefacto y lleno de admiración. Me pregunto cómo coño tengo la suerte de poder estar con ella en este momento—. Eres impresionante.

—¿No querías saber si estaba húmeda? ¿Si de verdad te odio? —Levanta los largos brazos por encima de la cabeza y gime cuando le pongo la mano en el pecho, sobre el áspero encaje—. ¿Cuándo piensas averiguar si tienes razón?

Ya está ahí esa puñetera confianza, volviendo a desarmarme.

Podría correrme en ese preciso momento. Me bastaría con una rápida embestida contra el colchón.

Bajo la mano hasta sus muslos y le acaricio la rótula con el pulgar. Subo un poco más, rozándole la parte delantera de las bragas antes de extender la mano por sus costillas.

Entonces cometo el mayor error de mi vida y la miro.

Me quedo sin palabras. El cabello suelto y ondulado le cae alrededor de la cara.

Tiene el pecho agitado, las piernas abiertas, y no acabo de creer que no se trate de una de mis fantasías.

De un recuerdo de la semana anterior, cuando me corrí en la ducha pensando en ella.

Aunque esto es mucho mejor.

—¿Sebastian?

—Perdona. —Niego con la cabeza—. Es que me has dejado atontado.

—Dime qué quieres hacerme.

Podría escribir una novela. Una enciclopedia llena de quincysmos y de todos mis pensamientos obscenos, pero en vez de eso decido besarla. Deslizo la lengua por su boca y sonrío al ver que ella entreabre los labios y esboza también una sonrisa.

Sabe a vino y al cupcake que se ha comido hace un rato. La sensualidad personificada en una morena de metro setenta y cinco que debe de estar intentando doblegarme, a juzgar por cómo me acaricia la mandíbula con los nudillos.

—Quiero que lo hagamos ahora mismo. Primero rápido y luego despacio para averiguar qué es lo que más te gusta y volver a hacerlo.

Quiero que te sientes en mi cara porque llevas años diciéndome que me calle y creo que esa podría ser la única forma de conseguirlo.

Quiero que cabalgues sobre mí para ver cómo te rebotan las tetas mientras te follo.

Quiero hacértelo desde atrás para estimularte.

Para destrozarte y volver a recomponerte.

Sé cómo cuidar de la gente, Quincy. Y quiero cuidar de ti.

Engancho con los dedos la cintura de sus bragas y los dejo ahí unos instantes mientras espero.

Ella asiente ligeramente con la cabeza y yo sigo adelante y empiezo a bajarle el encaje por las caderas.

Por los muslos y las pantorrillas, hasta llegar a los tobillos.

Me enrollo el botín en la muñeca y sonrío.

—¿Qué vas a hacer con ellas? —me pregunta.

—Quedármelas de recuerdo.

—No me digas. —Quincy extiende la mano y me agarra de la barbilla. No creía que fuera posible que se me pusiera más dura—. ¿Verdad o consecuencia, Sebastian?

—Consecuencia —respondo—. Pienso hacer absolutamente todo lo que quieras. Arrastrarme. Pedírtelo educadamente. Lo que sea, Quincy.

—Te reto a que me acaricies. —Me suelta y se echa hacia atrás, con los codos apoyados en el colchón. Arrastra los pies por las sábanas arrugadas, dobla las rodillas y abre los muslos—. Te reto a que me mires.

Entonces levanto la vista y casi me da un infarto. Necesito que me reanimen, pero también que me seden.

Ahí está.

Es perfecta y, por esta noche, también mía.

Poso el pulgar sobre su clítoris y lo acaricio describiendo un círculo lento. Quincy encoge los dedos de los pies y arquea la espalda. Murmura mi nombre como si estuviera enfadada conmigo y yo sonrío.

—¿Así? —susurro. Ella asiente. Exhala, me pone una mano en el hombro y me clava las uñas en la piel.

Estoy deseando ver las marcas en forma de medialuna que me habrá dejado al acabar.

Debería hacerme un tatuaje conmemorativo y poner su nombre debajo, en letras grandes y gruesas: «Cortesía de Quincy Monroe.

Soy el tío más afortunado del mundo»—. Ay, cielo. No sabes lo que me acabas de pedir.

Quincy enreda los dedos en mi cadena y tira con fuerza.

Estoy a punto de caerme encima de ella, pero lo evito por los pelos y me mantengo suspendido sobre su cuerpo.

Esboza una sonrisa desafiante. Sus ojos brillan con descaro.

Se desabrocha el sujetador para descubrirse los pechos y desliza una mano por su cuerpo.

Piensa hacerme suplicar y yo le daré las gracias por la oportunidad.

—Vuelve a ponerte de rodillas, como has prometido, y dime que te mueres por comerme.

«Joder».

—Por favor. —Me tiembla la voz. Tengo la polla tan dura que me duele.

Me aparto, vuelvo a ponerme de rodillas y me la acaricio con fuerza una vez por encima de los vaqueros.

Me cuesta moverme. Y pensar con claridad me resulta todavía más difícil—.

Por favor, Quincy. ¿Me dejas…? ¿Puedo comerte? ¿Puedo meterte los dedos? Por favor.

—Sí. —Se acomoda en la parte superior de la cama, con la cabeza apoyada en las almohadas y la melena esparcida por todas partes. Me rodea el cuello con los tobillos mientras me tumbo boca abajo. Me roza el labio inferior con el pulgar y se le escapa una risita—. Sí que puedes.

—¿Qué te hace tanta gracia? —Le doy un beso en la rodilla.

Deslizo la lengua por su muslo y me detengo al llegar a la entrepierna para exhalar mi aliento cálido sobre ella.

La risa se convierte en un gemido tras el que asoma un atisbo de placer—.

Creo que nunca nadie se había reído de mí mientras la acariciaba.

Aunque supongo que para todo hay una primera vez.

—No me estoy riendo de ti. Es que jamás pensé que llegaríamos a esto y estoy intentando asimilarlo. Me gusta. —Me pone la mano en el pelo y me empuja hacia delante—. Quiero que me hagas correrme.

—Son muchas peticiones para alguien que decía que me odiaba.

—Vuelvo a acariciarle el clítoris. La abro con los pulgares y otro gemido me sube por la garganta.

Deslizo un dedo por su abertura, lo introduzco hasta el primer nudillo y luego hasta el segundo.

Quincy se estremece y sus jadeos resuenan en las paredes de la habitación.

Le pongo la palma de la mano sobre el abdomen para que no se mueva.

Me siento abrumado al oír sus gemidos, fuertes y graves.

El éxtasis se apodera de mí cuando la penetro más profundamente—. Qué mojada estás.

—Sebastian. —Mi nombre suena como una súplica.

Menos mal que lo ha dicho porque había olvidado quién soy y dónde estoy.

Solo me importa lo cálida que es, lo apretada que está y lo bien que vamos a encajar—.

Es… —Posa las manos sobre el colchón y se aferra a las sábanas.

Mueve las caderas, intentando levantarlas de la cama para buscar la fricción que ansía—. Quiero más.

No bromeaba cuando he dicho que le daría todo lo que quisiera. Si me pidiera el sol, buscaría la forma de atraparlo con un lazo y traérselo a su propia habitación, pero no seríamos nosotros mismos si no le diera un poco de caña. Si no intentara picarla un pelín.

—¿Cuál es la palabra mágica? —susurro y oculto una sonrisa en la corva de su rodilla al oírla murmurar una retahíla de palabrotas. Mi nombre acompañado por un montón de insultos—. Venga, pequeña Quinny. Tú puedes.

—Por favor —jadea ella mientras giro la muñeca y curvo el dedo en su interior—. Por favor, ¿puedes darme más?

Esto debe de ser el cielo y no tengo ninguna prisa por volver a la puta tierra.