16. Sebastian
Sebastian
—Y a está todo. —Estiro la espalda mientras echo los últimos bordes de pizza a medio comer en la bolsa de basura que tengo en la mano—. Nuestros amigos son un desastre.
—Gracias por la ayuda. Si hubiera tenido que hacerlo sola me habría llevado mucho más tiempo. —Quincy sale de la cocina con las manos en las caderas—. ¿Estás enfadado conmigo?
—No, no estoy enfadado contigo.
—Entonces ¿por qué vas caminando con ese ímpetu por mi casa?
—No camino con ímpetu. Se llama «caminar con determinación».
—No creo que mis suelos de madera opinen lo mismo.
—No estoy enfadado, es que… —Me paso una mano por el pelo, frustrado. Estoy tan acelerado y cargado de adrenalina que no sé ni cómo explicarlo—. Estaba preocupado por ti.
—¿Por qué? ¿Porque Mia me ha echado copos de chile en la pizza? Creía que…
—No. —Desenchufo la aspiradora y la dejo a un lado.
Voy hacia Quincy mientras me fijo atentamente en todos sus movimientos.
En cómo arrastra los pies por la alfombra.
En cómo pega los hombros a la pared que tiene detrás.
No me detengo hasta que estoy justo delante de ella y, cuando llego, pongo una mano junto a su cabeza, prácticamente acorralándola—.
Podría haberte pasado algo ahí fuera. —Tengo el corazón desbocado.
Mi autocontrol pende de un hilo—. Otra vez.
—¿Lo dices por las cuatro gotas que han caído? —Levanta la barbilla, con una mirada desafiante. «Joder, qué guapa es»—. Está muy bien que te preocupes por los demás, pero estoy un poco perdida. ¿Por qué de repente te importa tanto mi bienestar?
—¿Quieres saber por qué me importa tu bienestar?
—Apoyo la otra mano en la pared. Quincy contiene la respiración—.
Porque desde que he vuelto no soy capaz de dejar de pensar en ti.
Me estás volviendo loco, joder. —Le acaricio la mejilla, suponiendo que se enfadará.
Al ver que no lo hace, pienso que tal vez esté soñando.
Que es algo que solo durará unos segundos, y no quiero desperdiciarlo—. Y ojalá dejaras de hacerlo.
—Yo no estoy haciendo nada.
—Lo estás haciendo todo.
—Entonces ¿por qué sigues aquí? —susurra, poniéndome las manos en el pecho.
El empujón que espero nunca llega. En cambio, sus dedos se aferran al algodón de mi camiseta hasta que tiene un puñado de tela en las manos.
Me atrae hacia ella hasta que nuestros labios están a un par de centímetros de distancia—.
¿Por qué no te has marchado con los demás, Sebastian?
—Porque tú no quieres que me vaya.
—Sí que quiero.
—Demuéstramelo. Pídemelo y me iré. —El tiempo se detiene mientras espero.
Se va a apartar. Tiene que apartarse; si no, no sé qué voy a hacer.
¿Besarla?
¿Llevármela al sofá y demostrarle cuánto me gusta?
Quincy se humedece los labios. Levanta una mano temblorosa y la posa sobre mi nuca. Estoy a punto de gemir. Todo mi cuerpo se estremece ante la presión de sus dedos. Ante el lento roce de sus uñas en la parte superior de mi columna. Una caricia y ya estoy completamente enganchado.
—Te he mentido. No quiero que te vayas —susurra—. Quiero… —Deja la palabra en el aire. Agacha la cabeza, tratando de esconderse, pero yo le sujeto la barbilla con los dedos.
—Mírame, Quincy, y dime lo que quieres.
Cierra las largas pestañas con un aleteo. Nunca he deseado tanto a nadie como la deseo a ella y su silencio es una agonía.
—Te quiero a ti, Sebastian —contesta por fin, con los ojos muy abiertos, y esas cinco palabras pasarán a la historia como las más peligrosas de toda mi puñetera vida.
—¿Estás segura? —Le acaricio el contorno de la mandíbula con suavidad, pacientemente, mientras el deseo corre por mis venas—. Dime que estás segura.
—No sé por qué, pero estoy segura de que te deseo. Más de lo que he deseado nunca a nadie.
Le pongo la mano en la cadera y la atraigo hacia mí hasta que estamos completamente pegados.
—Nada de trucos. —Le doy un beso en la comisura de los labios. Ella se entrega a mí mientras le acaricio con los nudillos el pedacito de piel que asoma por debajo del dobladillo de su camiseta—. Ni de juegos.
—Solo lo haremos una vez —me dice, añadiendo sus propias reglas—. Una sola para poder quitarme la espinita de esta… de esta atracción que siento por ti. La odio. No la soporto. Quiero que desaparezca.
—¿Y crees que con una sola vez lo vas a conseguir? —Le pongo las manos en el trasero y la levanto. Ella me rodea la cintura con las piernas y sus talones se me clavan en la parte baja de la espalda—. Cuando haya acabado contigo, me pedirás más.
—Tú sueñas.
—Sí, sueño mucho. Últimamente cada vez más.
Y no tienes ni idea de las cosas que te hago en esos sueños.
De los sitios en los que te follo. De los lugares en los que te toco.
—Inclino la cabeza, casi hasta rozarle la boca con la mía—.
Sé sincera, Quincy. Si no te gustara, no estarías prácticamente gimiendo mi nombre.
—Te odio.
—Dime cuánto. Ya sabes que me pone. —Subo una mano por su pierna. Le beso el cuello y le lamo la piel que hay debajo de la oreja. Me río entre dientes cuando ella gime y se retuerce entre mis brazos—. A mí no me parece que me odies.
—Has dicho que nada de juegos, pero esto lo es. —Me acaricia el pelo con los dedos. Agarra algunos de los mechones más largos y tira de ellos con tal fuerza que me hace gemir—. ¿Estamos jugando o no, Sebastian?
—Claro que estamos jugando, pequeña Quinny.
—No me digas. —Otra mirada desafiante. Una sonrisa pícara me revela que he sido un ingenuo al pensar que era yo quien tenía el control—. Entonces te reto a que me beses.
—Que conste que te habría besado aunque no me retaras. —Le rozo la nariz con la mía. Cuento todas las pecas que tiene en la cara: catorce. Catorce puntitos enloquecedores—. Pero qué coño. Esto es mucho más divertido.
Pego mi boca a la suya, le pongo una mano en la nuca y la empujo contra la pared. Ella me clava las uñas en los hombros. Se aferra a mí con las piernas como si tuviera miedo de que me marchara, pero esto no ha hecho más que empezar.
—Para tu información, te odiaría menos si te quitaras la ropa.
—Qué mandona.
—Puedo serlo, si es lo que te va —replica ella.
La aparto de la pared, sin soltarla. No puedo dejar de mirarla. Sus mejillas sonrosadas. Su pelo revuelto y despeinado. Es la mujer más impresionante que he visto en mi puñetera vida y el corazón me da un vuelco.
—¿Ponemos a prueba tu teoría del odio? —Echo a andar por el pasillo, abro de una patada la puerta de su dormitorio (recuerdo el camino de la última vez que estuve allí) y la tumbo en la cama.
Antes de que pueda ponerse cómoda, le tiro de las piernas y la arrastro hasta el borde del colchón.
Un cojín sale volando. El edredón se le enreda en los tobillos y lo lanzo a un rincón lejano—.
Siento curiosidad por saber lo húmeda que estás.
—Ponte de rodillas y averígualo.
—Con mucho gusto, cielo, pero antes tengo que hacer una cosa.
—No me digas. —Frunce el ceño. La irritación le tensa las comisuras de los labios y se los acaricio con el pulgar—. ¿De qué se trata?
—No puedo hacer esto mientras nos observan. —Me asomo por encima de ella y cojo el dinosaurio de peluche que está al otro lado de la cama. Lo pongo boca abajo y le doy una palmadita en la cabeza—. Listo. Así Reginald no se quedará traumatizado.
—Es un ser inanimado, Sebastian.
—Está claro que nunca has visto Toy Story . Prefiero no arriesgarme. Bueno. —Me dejo caer sobre la alfombra, le pongo las manos en las rodillas y le abro mucho las piernas—. ¿Por dónde íbamos?
—Por ahí —gime Quincy. Un sonido gutural y sensual se le escapa cuando hundo los pulgares en la suave piel de sus muslos—. Íbamos justo por ahí.
—¿Puedo…? —Trago saliva. Respiro hondo mientras me acomodo la polla dura que está presionando la cremallera de mis vaqueros.
Tiene los pantalones cortos (esos pantalones cortos tan irritantes que no me han permitido quitarle ojo de encima en toda la noche) casi enrollados en la cintura, y puedo ver el borde de sus bragas por debajo de la tela vaquera.
Son de color azul claro, exactamente del mismo tono que el cielo en un día despejado de verano, y no creo que vuelva a ser capaz de salir a la calle sin ponerme cachondo—. Por favor.
—Sí. —Se ríe suavemente. Siento su rodilla en la palma de la mano.
Abre más las piernas y pone las manos sobre los pantalones cortos, antes de empezar a bajarse la cremallera con un movimiento lento y agonizante que hace que me entren ganas de gritarle que se dé prisa, pero también que vaya más despacio para saborear cada instante—. Me parece bien.
Lo estoy pasando fatal. Es como si caminara por la cuerda floja y estuviera luchando por mi vida. El desastre es inminente cuando me agarra los dedos y me guía para que le ayude a desabrochar el único botón plateado que me mantiene cuerdo.
Entonces levanta las caderas y me pregunto si no estará intentando matarme.
Algo que me queda claro cuando se baja los pantalones cortos por los muslos y se deja puestas las bragas, que tienen un lacito monísimo.
Acaricio la cintura de su ropa interior, le doy un tirón y la suelto para que le golpee la piel; el chasquido me recuerda que el striptease está siendo unilateral.
Un desequilibrio de poder totalmente injusto que soluciono agarrándome el bajo de la camiseta.
Quitándomela por la cabeza y tirándola por ahí.
—Uf —murmura, recorriendo con los ojos muy abiertos los músculos que me paso horas trabajando en el gimnasio.
Se fija con atención en cada parte de mi torso: mis hombros anchos, mis bíceps y mis abdominales.
Los contraigo un poquito para demostrarle lo fuerte que estoy.
Su mirada es voraz, llena de un deseo desenfrenado que me hace palpitar la polla—. Caray.
Solo con oír esa palabra ya me pongo nervioso.
No quiero ni pensar qué pasará cuando me toque.