15. Quincy #2
—Hola. —Sebastian me mira—. En mi teléfono pone que hay rayos en la zona. ¿Seguro que quieres seguir aquí fuera? La semana pasada le cayó uno encima a alguien en Altamonte Springs.
—Ya lo estoy teniendo en cuenta. La tormenta está a unos trece kilómetros y avanza rápido. Debería pasar pronto.
Él se frota la cara con una mano. Los músculos de su mandíbula se tensan y suspira.
—Discutir contigo no serviría de nada, ¿verdad?
—No. —Le dedico una sonrisa radiante mientras extiendo los brazos y unas gotas de agua me mojan las manos—. Pero gracias por intentar hacer de niñera.
—Si los rayos se acercan más de ocho kilómetros, te meto dentro a rastras. Te cargaré como un fardo, si es necesario.
—Atrévete y verás.
—No me tientes con un buen rato de diversión. —Sebastian se mantiene fiel a su palabra y no se molesta en llevarme la contraria. Me echa un último vistazo, vuelve hacia la casa y pone una mano en el pomo de la puerta—. Ten cuidado, Quincy. Por favor —dice antes de volver a entrar.
La puerta se cierra con un golpe seco y me quedo mirando hacia donde estaba, desconcertada.
Esa preocupación es una novedad, pero paso de darle más vueltas.
Desvío la mirada hacia arriba, inclino la cabeza y observo cómo los relámpagos dibujan una telaraña en el cielo.
Otro rayo cae de las nubes al suelo y el trueno que le sigue me hace dar un respingo.
El ambiente está cargado de electricidad y me froto los brazos, consciente de que es el momento de retirarse.
Están demasiado cerca como para que me sienta cómoda, así que vuelvo a entrar para ponerme a cubierto y encuentro a todo el mundo donde lo he dejado.
Me apoyo en la puerta del salón y observo a mis amigos.
Nos cuesta mucho reunirnos. Coordinar seis horarios diferentes —siete, si contamos a Richard— es complicado, así que me tomo unos instantes para disfrutar del momento.
Cooper y Nate están delante del televisor, discutiendo sobre un traspaso que va a enviar a un jugador de hockey importantísimo a un equipo de Washington, mientras que Washington va a ceder a un jugador de hockey totalmente irrelevante.
Richard da vueltas en una esquina, con el teléfono pegado a la oreja y absorto en una conversación.
Mia se encuentra tumbada boca arriba en el sofá, con la cabeza en el regazo de Harlow y un libro enorme en las manos.
Y Sebastian…
Sebastian no está por ninguna parte.
No sé por qué me afecta tanto.
—Hemos cogido tus anuarios. —Mia da unos golpecitos con el dedo en las páginas satinadas y se ríe—. Madre mía, menudas pintas. Qué distintos son los adolescentes hoy en día.
—La de los aparatos dentales fue una etapa horrible —comenta Harlow—. Menos para Nate. Nate no es capaz de salir mal en una foto ni queriendo.
—No es verdad. —Nate pone los ojos en blanco—. La de la página del equipo de remo es horrible. Nadie debería compartir una foto en primer plano de un tío con mallas. Mi polla parece un faro.
—Es una buena polla —dice Cooper.
—Por muy divertido que sea hablar de los genitales de Nate, necesito dormir un poco.
—Harlow sale de debajo de Mia y se arregla la falda al levantarse—.
Mañana por la mañana tengo una reunión con un asesor fiscal y no creo que sea muy profesional quedarme dormida en medio de sus explicaciones. Gracias por el consejo, Nate.
—Un placer ayudarte.
—Yo también debería irme. —Cooper bosteza—. Tengo turno de mañana, y los días que menos duermo son siempre los que más avisos tenemos.
Mia se acerca furtivamente a Richard y le susurra algo que le hace asentir y colgar el teléfono.
—Mándame un mensaje si quieres que quedemos para comer mañana, Quin. Me vendrá bien un descanso a mediodía —dice—. Podríamos ir a ese sitio del lago y comer en la terraza.
—Tú sí que sabes cómo conquistarme. —Sonrío y empiezo a abrazar a todo el mundo, salvo a Richard, al que opto por darle una palmadita en el hombro—. Gracias por venir, chicos.
La ronda completa de despedidas dura unos diez minutos. Cuando el último de mis amigos se marcha —Nate refunfuñando entre dientes cuando el conductor de Uber aparece en un Toyota Camry con un faro trasero roto—, suspiro aliviada.
La casa se queda en silencio. Está hecha un auténtico desastre, llena de platos sucios en la mesita del salón y cajas de pizza vacías en la mesa de la cocina, pero suspiro feliz tras una noche con las personas que más quiero del mundo.
Me pongo un AirPod y tarareo una canción pop mientras vuelvo al salón para empezar a limpiar. Me detengo de repente al ver a Sebastian recogiendo una servilleta del suelo, con una bolsa de basura en la mano.
—¿Sigues aquí? —le pregunto mientras apago la música—. Creía que te habías ido.
—¿Sin ayudarte a limpiar? —Lo siguiente que va a parar a la bolsa es un vaso de plástico vacío—. No deberías tener que recoger sola.
—No me importa hacerlo.
—Ni a mí.
Nos quedamos en silencio. Sebastian va hacia el mueble de la tele y tira un par de botellas de cerveza.
—Gracias —le digo.
—Parece que ya caminas mejor. —Levanta la barbilla hacia mí—. ¿Qué tal el tobillo?
—De momento no está como para salir huyendo de un tornado, pero va mucho mejor. ¿Vas a…? ¿Querías…? —Trago saliva. Una pregunta aflora a la superficie y se me atasca en la punta de la lengua. Al final se me escapa, rápida y arriesgada—. ¿Quieres quedarte?
Él ladea la cabeza y se me queda mirando.
—¿Quieres que me quede?
No me permito darle demasiadas vueltas. No me permito preguntarme por qué. No me cuestiono qué habrá cambiado entre nosotros para que no me apetezca despedirme de él todavía, para querer estar un rato más con él a solas.
Le hago un gesto con la cabeza; la decisión está tomada. Puede que el universo supiera que acabaríamos así mucho antes que nosotros, pero al mirarlo a los ojos me parece lo más acertado del mundo.
—Sí —contesto.