Llueva o truene 15. Quincy
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15. Quincy

Quincy

@Mia

Chicos, noche de juegos hoy?

Qué divertido

Estoy siguiendo una onda frente a las costas de África y me vendría bien un descanso

@Sebastian

Crees que se convertirá en Franklin?

Puede. El agua está perfecta para que vaya a más

@Harlow

Os importaría dejar vuestros rollos frikis sobre el tiempo para otro chat?

Perdón!

@Nate

Por qué me habéis añadido a este grupo?

@Mia

Porque eres nuestro amigo y te queremos

@Nate

Si eso implica recibir tres docenas de mensajes, preferiría no serlo

@Cooper

Ignoradlo

Aún no ha encontrado ayudante para la pastelería y está más gruñón de lo habitual

Contad conmigo para la noche de juegos

Yo pongo la pizza

@Harlow

Y yo el alcohol

@Mia

Richard también se apunta!

Me puedes traer un cupcake, Nate?

Un red velvet, por ejemplo?

@Nate

Eso me libraría de lo de mañana?

Creo que la cosa no va así.

Lo siento

@Nate

Vale. Pero esto no me hace ninguna gracia

@Sebastian

Ya me emociono yo por los dos

La noche de juegos resulta ser una idea malísima.

Nuestra amistad está a punto de romperse. Los reproches son constantes. La guerra es inminente y yo no puedo parar de reírme.

Nos dividimos en dos equipos para jugar a las películas: el Dunn y el No Dunn.

Nate hace de árbitro, pero es un desastre, porque se pasa casi toda la noche con la nariz pegada al móvil.

Cooper, Harlow y yo estamos recibiendo una paliza, y la tensión en la sala aumenta con cada ronda.

Se nos cae al suelo el cuenco de patatas fritas que está sobre la mesita de centro.

Nos pasamos tres pueblos con el alcohol.

La tensión llega al límite cuando Mia adivina la pista de Sebastian en solo tres segundos y Harlow pide tiempo muerto.

—No vale. Está claro que estáis haciendo trampas. —Se sienta en el sofá con las piernas cruzadas y mira a nuestros rivales con el ceño fruncido—. Hay que hacer equipos nuevos. No debería estar permitido que la gente con el mismo ADN se alíe contra el resto.

—Los Dunn vuelven a ganar. —Mia le da un beso en la mejilla a Richard y él se sube las gafas por la nariz—. Bueno, los dos Dunn y el Reynolds.

—Pronto seremos dos Reynolds. —Richard rodea con un brazo los hombros a Mia y la atrae hacia él—. Tendréis que pensar en un nuevo nombre para el equipo después de la boda. Lo siento, Sebastian.

—Colega, a mí este juego me la trae floja. Por mí, como si nos llamamos El Escuadrón del Pene Volador —dice Sebastian.

—Seguramente seguiré usando el apellido Dunn. —Mia le da un mordisco a la pizza de pepperoni y se limpia la boca con una servilleta—. Es el nombre que pone en todos mis libros. Y es como me conoce la mayoría de la gente.

—Un momento. —Richard frunce el ceño y se inclina hacia delante, mirándola—. ¿No piensas ponerte mi apellido?

—Bueno, legalmente sí. En el carnet de conducir y en el pasaporte pondrá Mia Reynolds. Pero ¿para escribir y en redes sociales? Pensaba seguir llamándome Mia Dunn.

—Pero vas a ser mi mujer.

—Sí —contesta Mia, con una sonrisa. Le da una palmadita en el muslo por encima de los pantalones chinos—. Me he hecho un nombre como escritora best seller de novelas románticas y no estoy dispuesta a renunciar a eso.

—Solo es un nombre en un libro —dice Richard.

—Exacto. —Cooper carraspea para aclararse la garganta. Se lleva la cerveza a la boca y le da un buen trago, mirando fijamente a Richard—. Solo es un nombre en un libro. ¿Qué más da que Mia quiera mantenerlo?

—¿Podemos hablar de otra cosa? —Mia deja la pizza y entrelaza las manos—. ¿Como que necesitamos más patatas fritas? Perdona por haberlo puesto todo perdido, Quin.

—No te preocupes. Ahora mismo traigo más aperitivos. —Cojo los cuencos y me levanto, encantada de escaquearme de esa conversación tan incómoda—. ¿Alguien necesita algo más?

—Voy a por más cervezas. —Sebastian agarra por el cuello cuatro botellas vacías—. Siempre y cuando prometáis volver todos en Uber a casa esta noche. Nada de conducir.

—Por suerte, yo vivo justo al lado. Así que un whisky para mí, por favor —dice Harlow—. Con mucho hielo. Y mucho whisky.

—Que sean dos —añade Nate, apartando por fin la vista de la pantalla del móvil.

Me río mientras voy por el pasillo.

—¿Crees que Cooper está enamorado de mi hermana? —me pregunta Sebastian cuando llegamos a la cocina.

—¿Qué? —Dejo los cuencos sobre la encimera y me estiro para alcanzar el estante de arriba de la despensa—. ¿De dónde has sacado esa idea?

—¿Es que te has perdido la conversación con Richard?

—Coop es así. Es muy protector con las personas que forman parte de su vida. Él y Mia son amigos desde hace años, pero haría lo mismo por cualquiera de nosotros.

—Antes, cuando Richard salió para atender una llamada de trabajo, Coop se sentó a su lado en el sofá.

—Uy, sí. La señal inequívoca de que a alguien le gusta otra persona es que se siente a su lado en el sofá.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Estamos hablando de Mia, ¿no? La mujer del anillo de compromiso en el dedo. La que lleva cuatro años locamente enamorada de su prometido y le ha dedicado su último libro. —Cojo las patatas fritas, abro la bolsa y las echo en el cuenco—. Yo diría que ya está pillada.

—¿Y si Cooper y Mia hubieran salido juntos y hubieran roto? Eso haría que la situación fuera incomodísima y…

—¿En qué universo iban a salir juntos esos dos? Ella y Richard están…

—Yo tendría que elegir un bando. Y me cabrearía muchísimo con ellos por obligarme a decidir quién me cae mejor.

—Menos mal que Mia es una mujer de treinta años capaz de tomar sus propias decisiones.

Y menos mal que tú no estás exagerando ante una situación totalmente hipotética.

—Hago una mueca cuando la tapa del tarro de salsa se niega a abrirse al primer intento—.

Los hombres y las mujeres pueden ser amigos sin que haya sexo de por medio.

Fíjate en Nate y en mí. Nunca nos hemos acostado.

—Tú y yo tampoco nos hemos acostado nunca.

—Menos mal.

Sebastian se ríe y se apoya en la encimera, observándome mientras me peleo con el frasco.

—¿Necesitas ayuda?

—No. —Aprieto los dientes e intento girar la tapa de nuevo—. Soy perfectamente capaz de hacerlo.

—Ya lo sé, pero cuando estés preparada para admitir la derrota, aquí estaré. Disponible y capacitado para ayudarte.

—Soy una mujer independiente. —Cierro los ojos y giro el tarro una vez más. Tengo un callo en la palma de la mano. Me da un calambre. Por fin se abre de golpe y sonrío—. Listo.

—Muy bien, campeona. —Sebastian se inclina hacia delante y coge un poco de salsa con el dedo. Se lleva la mano a la boca y se la traga—. Buenísima.

—Qué cochino eres. —Lo empujo con la cadera y vuelco el contenido del tarro en un cuenquito—. Haz el favor de largarte.

—Me lo estoy pasando demasiado bien. —Sebastian me quita el tarro y vuelve a meter el dedo. Voy a tener que desinfectar toda la cocina. Esta vez acerca la mano a mi boca para retarme, con un brillo en la mirada—. ¿Quieres un poco?

Sé perfectamente lo que está haciendo. Lleva años así, provocándome hasta encontrar el punto en el que salto. No espera que le diga que sí, pero siempre me ha encantado demostrarle a la gente que se equivoca.

Lo miro a los ojos, lo agarro por la muñeca y acerco la mano a mí. Su sonrisa arrogante se desvanece cuando abro la boca y rodeo su dedo con los labios. Luego le paso la lengua por los nudillos y trago lentamente la salsa.

Espero una de sus respuestas ingeniosas. Quiero ver qué dice cuando le saque el dedo de la boca, pero, por primera vez en la vida, Sebastian se queda sin palabras. Mira fijamente mi mejilla y su nuez oscila cuando acaba soltando un suspiro.

—Te has dejado un poco. —Su voz es áspera y ronca. Me limpia un trocito de tomate rebelde del labio inferior con el pulgar. Deja allí el dedo un momento antes de apartarlo y parpadear como si estuviera saliendo de un trance—. Ya está. Perfecto.

—¿Qué estás haciendo? —susurro.

—No lo sé. —Su nuez vuelve a oscilar. Tiene los párpados entrecerrados y su mirada rebosa lujuria—. Pero no quiero parar.

Nos miramos a los ojos. Estoy a punto de volver a entreabrir los labios e inclinar la cabeza hacia un lado para invitarlo a acercarse, pero unas carcajadas procedentes del salón hacen que nos separemos de un salto.

Me abanico la cara, preguntándome por qué narices tengo ganas de agarrarlo por la camisa para volver a acercar su cuerpo al mío.

—Tengo que… —Me aparto. Señalo la encimera—. Comida. Amigos. Anfitriona.

Salir corriendo de mi propia cocina me haría perder la dignidad, así que cojo los cuencos de la encimera con la mayor serenidad posible. Recorro el pasillo con paso tranquilo y firme, sintiendo el peso de su mirada mientras avanzo.

—¡Más comida! —Mia me ayuda a colocar los cuencos y aparta un posavasos para hacerle sitio a la salsa—. Acabo de decirle a Harlow que parece que se acerca una tormenta. Supongo que querrás ver cómo entran las nubes, así que hemos interrumpido la partida.

Sonrío. Si alguien te conoce bien es que te quiere y mis amigos me conocen mejor que nadie en el mundo.

—Me ha parecido oír un trueno. Ahora vuelvo.

Me escabullo fuera y observo los relámpagos que parpadean a lo lejos. Bajo por la escalera del porche hasta la acera y la emoción se apodera de mí cuando empieza a lloviznar.

Exhalo profundamente para relajarme. Necesito unos instantes para recomponerme porque creo que he estado a punto de besar a Sebastian Dunn y no sé lo que eso significa.

Vuelvo a exhalar y dejo caer los hombros.

He pasado cientos de horas ahí fuera, reflexionando.

Sopesando importantes decisiones vitales y celebrando momentos intrascendentes, reconfortada por los nubarrones grises de las tormentas que se aproximan.

Con la lluvia purificadora haciendo borrón y cuenta nueva para permitirme volver a intentarlo al día siguiente.

La puerta principal se abre con un chasquido que perturba mi tranquilidad. Sé quién es sin necesidad de girarme, pero lo hago de todos modos mientras otro trueno hace temblar la tierra bajo mis pies.