14. Sebastian #3
—Sí. —Se muerde el labio inferior. Aparta las sábanas y deja al descubierto sus piernas desnudas.
Un pie con un calcetín y otro sin él. No lleva pantalón de pijama, solo una camiseta enorme con el dibujo de un aguacate que le llega a la parte superior del muslo, y me esfuerzo por evitar que se me vayan los ojos.
Pero soy un flojo. Una vergüenza para el género masculino, porque sí miro.
Solo un segundo.
Tiene una cicatriz en la rodilla izquierda.
Es muy tenue, de un tono blanquecino, y nunca se la había visto.
¿Cómo se la habrá hecho? ¿Desde cuándo la tendrá?
Un poco más arriba hay unas curvas por las que me encantaría pasar los dedos.
Y una manchita roja justo debajo del dobladillo de su camiseta.
Me entran ganas de lamer esa mancha. De buscar el tatuaje que mencionó cuando estábamos en el bar, y volver a la realidad es lo más difícil que he hecho en mi vida.
—¿Puedo ver si estás bien? ¿Me dejas ayudarte? —le pregunto—. Por favor —añado, un tanto desesperado.
—Sí —susurra ella—. Pero solo porque quiero sentirme mejor.
Me da igual cuál sea el motivo. Simplemente agradezco que me deje estar tan cerca de ella.
Desvío la mirada para recorrer la parte delantera de su camiseta y volver a fijarme en sus piernas.
Tiene el tobillo derecho morado e hinchado, e inhalo bruscamente.
Emite un gemido gutural al intentar moverse, y le pongo la mano en la tibia.
—No —le digo—. Tienes que ponerte hielo y mantenerlo en alto.
—Ya lo mantendré en alto después del programa. Puedo pasar el resto del día en la cama.
—¿Del programa? Si son casi las diez, Quincy.
—¿Qué? No. No, no, no. —Eso la hace reaccionar.
Intenta levantarse con inseguridad. Apoya una mano en mi hombro para mantener el equilibrio y yo agarro lo primero que tengo a mi alcance, la parte posterior de su muslo, algo que casi hace que me dé un infarto, cuando ella se tambalea y está a punto de caerse.
—Cuidado. Te vas a hacer más daño.
—Tengo que llegar el estudio. Está al final del pasillo. Puedo ir cojeando hasta allí.
—Quincy. —No deja de moverse, completamente decidida mientras yo sigo sujetándola—. Hoy no puedes.
—Nunca me he saltado un programa. —Se le mueve la garganta al tragar saliva y le tiembla el labio inferior—. Siempre he estado ahí. Siempre he estado ahí, Sebastian, y ahora voy a decepcionar a la gente.
Se le quiebra la voz al decir mi nombre.
Me levanto rápidamente y tomo una decisión espontánea.
Le pongo una mano en la cadera para impedir que se mueva y la agarro por la camiseta, cerca de la cintura.
Ella me mira con los ojos enrojecidos y llorosos, y me doy cuenta de que verla triste es la peor sensación del mundo.
—Yo haré el programa —le digo.
—¿Qué?
—Saldré a decirle a la gente que vamos a empezar con retraso. Haré que te traigan más analgésicos y una bolsa de hielo, y luego te sustituiré.
—Tú no sabes hacer mi programa. Sabes presentar las noticias.
—Hablas del tiempo, ¿no? —le pregunto, haciéndome el tonto. Como si no me supiera de memoria su discurso introductorio. Como si no conociera la sintonía que suena justo antes de que salga en la pantalla—. Pues no te lo vas a creer, pero casualmente yo también sé hacerlo.
Quincy me mira fijamente. Espero que pueda ver la bandera blanca que estoy ondeando por su bienestar y por lo que más quiere en el mundo. La tregua indefinida que le estoy ofreciendo, porque se la merece.
—¿Harías eso por mí? —me pregunta.
—Con mucho gusto.
Se lleva una mano al pelo y se desenreda los nudos con los dedos.
—¿Aunque tenga un nido de pájaros en la cabeza?
—Sobre todo por el nido de pájaros.
—Vale —asiente decidida, después de un largo silencio—. Pero con una condición.
—Depende de lo que sea, Monroe.
—Quiero estar en el estudio mientras haces el programa. Puedo poner la pierna en alto en el sofá y así mis seguidores verán que estoy viva. No quiero que piensen que me están reteniendo en contra de mi voluntad.
—Venga ya. Como si fueras a negarte a ir a algún sitio conmigo por voluntad propia. —Le lanzo una sonrisa irónica—. Vístete, Presi. Cuando estés presentable, tu carruaje te llevará al estudio para que empecemos con el programa.
—Tengo que echarte mientras me cambio. —Quincy me da un codazo y va a la pata coja hasta una cómoda de madera que hay debajo del ventanal de la habitación.
Bajo la vista por sus muslos, hasta llegar a las pantorrillas.
Ella se da cuenta de que la estoy mirando y me lanza unos pantalones cortos a la cara—. Fuera, Dunn. Aquí no hay nada para ti.
Yo me río.
—Perdón. No he podido evitarlo.
—Y yo no voy a poder evitar lanzarte otro zapato. Pórtate bien y espera en el pasillo.
—Ya sabes que me encanta portarme bien. Tus deseos son órdenes, pequeña Quinny. Avísame cuando estés lista. Estoy deseando ser el invitado de honor y darles a tus seguidores lo que quieren.
—Lo del tornado no te ha hecho perder ni una piza de chulería, ¿no?
—No. De hecho yo diría que la ha potenciado al máximo.
—Qué suerte la mía —replica, mientras salgo al pasillo—. Un día de estos voy a bajarte esos humos.
—Me encantaría verte probar suerte. —Cierro la puerta al salir e intento contener otra sonrisa, y fracaso estrepitosamente en el intento.