Llueva o truene 14. Sebastian #2
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14. Sebastian #2

Seguramente esta mañana estarán pensando lo peor después de lo que pasó ayer.

«Joder».

Vuelvo a la carretera e intento recordar cómo se llega hasta su casa.

Solo he estado allí unas pocas veces —básicamente para recoger a Mia cuando estoy aquí de vacaciones unos días— y, como tengo una memoria pésima, me meto por donde no es y acabo en un callejón sin salida.

La retransmisión en directo sigue brillando por su ausencia y, cuando por fin entro en su camino de acceso, estoy temblando de los nervios.

Las cortinas del salón están abiertas, pero no se ve movimiento en el interior. Pego la oreja a la puerta principal y llamo mientras intento escuchar alguna señal de vida, pero no se oye nada.

—Piensa, Dunn —murmuro, pasándome una mano por el pelo.

Derribar la puerta me parece un poco exagerado. Sería la forma más rápida de no volver a verla nunca más, aunque, si de verdad está en apuros, me reprocharé no haber sido más proactivo.

«Seguramente estará durmiendo después de lo de anoche», deduce la parte racional de mi cerebro, discutiendo consigo mismo.

«O puede que se haya caído, se haya dado un golpe en la cabeza y se esté desangrando en el suelo del baño», replica la parte más alarmista. Saco el móvil para llamar a Mia.

—Buenos días, Seb —dice mi hermana en cuanto coge el teléfono—. Qué madrugador. Creía que dormirías hasta tarde después de la aventura de anoche.

—¿Quincy tiene alguna llave de emergencia?

—¿Para qué quieres saberlo?

—Necesito entrar en su casa.

—Sí que la tiene, pero no pienso decirte dónde está —dice Mia, riéndose—. Seguro que quieres cambiarle la sal por azúcar, y yo respeto la privacidad de mi mejor amiga.

—No quiero gastarle una broma. —Vuelvo a llamar a la puerta, cada vez más frustrado—. Hace un programa por las mañanas, ¿no?

—Todos los días a las nueve. Su dedicación es admirable.

—Ya, pues son casi las nueve y media, y todavía no ha aparecido.

—¿Qué? —Mia inhala de forma entrecortada—. ¿Y dónde está?

—Eso es lo que estoy intentando averiguar. —Enredo los dedos en la cadena del cuello y tiro de ella, nervioso—. Anoche se hizo daño y… —Trago saliva, a punto de delatarme—. Quiero comprobar si está bien.

—Ve a la derecha del porche. Hay una cajita de color gris claro que parece una piedra, pero no lo es. Debería haber una llave dentro.

Bajo las escaleras de un salto y registro la zona.

El tiempo que tardo en encontrar lo que me ha dicho se me hace tan largo como cada segundo de ayer.

Respiro con dificultad. Me tiemblan las manos mientras palpo varias piedras de verdad, hasta dar por fin con la falsa.

La levanto, saco rápidamente la llave y la introduzco con tal fuerza en la cerradura que casi me cargo el pomo de la puerta.

—Ya estoy dentro —digo—. Gracias, Mia.

Cuelgo y cierro la puerta. Echo un breve vistazo al recibidor y al salón: no parece que nadie haya entrado a la fuerza, no hay nada fuera de lugar.

Los zapatos están perfectamente colocados junto a la pared.

Sobre la consola alargada que hay bajo el espejo, veo un barómetro sin abrir y no puedo evitar esbozar una sonrisa.

Típico de Quincy.

—¿Monroe? —grito—. ¿Estás ahí?

Me responde un ruido, un golpe seco seguido de un suave gemido. Suena un poco angustioso y en mi cabeza se disparan todas las alarmas. Cojo un libro de tapa dura que está encajado entre una lámpara y un montón de correo, y avanzo por el pasillo.

Veo una puerta ligeramente entreabierta. Al otro lado se oye el roce de unas sábanas, seguido de un gemido de dolor. Empujo la puerta con la cadera, con el libro en alto, preparado para atacar a quienquiera que haya dentro.

La sutileza nunca ha sido mi fuerte.

Me quedo paralizado al ver a Quincy en el suelo, con la frente apoyada en el colchón y los brazos colgando flácidos a los lados.

—¿Quincy? —digo. Ella abre mucho los ojos. Chilla, coge una zapatilla y me la lanza a la cabeza. Yo grito y me agacho antes de que me dé en la frente, pero inmediatamente viene otra volando hacia mí.

—Eh. Tranquila, fiera. Que soy yo.

—¿Sebastian? —Me mira boquiabierta—. ¿Qué haces aquí?

—Venía a ver cómo estabas. He llamado a la puerta. Pero, como no respondías, he usado la llave de emergencia que me ha dicho Mia para entrar.

—Eso es allanamiento de morada.

—En realidad he entrado de forma legal, aunque haber echado la puerta abajo de una patada habría sido mucho más divertido. —Dibujo una sonrisa—. ¿Qué haces en el suelo?

—Me he tomado un analgésico por la noche porque no podía dormir. Y ha debido de dejarme fuera de combate, porque me he despertado hace un momento totalmente desorientada. No sé cómo he acabado en el suelo, y ahora voy a tener dolorido el otro lado del cuerpo.

Me acerco a ella y me agacho. Esbozo una amplia sonrisa al ver que tiene el pelo de punta en tres sitios distintos. Una raya en la mejilla, cortesía del pliegue de la almohada. Legañas en el rabillo del ojo y una sábana de seda alrededor de los hombros.

—Joder, Monroe. Menuda pinta tienes por las mañanas. Ese nido de pájaros que llevas en la cabeza es impresionante.

—Que te den. He tenido unos sueños muy intensos, ¿vale?

—¿Con qué? ¿Es que has luchado contra un león?

—Tengo un armario lleno de zapatos, Dunn, y estoy dispuesta a usarlos.

—Baja las armas, Presi. —Veo un peluche medio enterrado entre las sábanas y me río—. ¿Ese es Reginald?

—Sí. Ya te dije que lo arropaba todas las noches.

—Lo que no me dijiste fue que también dormías con él.

—Es mi dinosaurio de apoyo emocional. —Lo coge y lo aprieta contra el pecho—. Por supuesto que duermo con él.

«Se ha quedado con el peluche que le regalé».

No sé por qué eso me parece una puta pasada, pero así es.

Soy el hombre más feliz del mundo.

—¿Qué tal el tobillo? ¿Cómo vas?

—Sobreviviendo. Seguro que muchas mujeres te han dicho que tienes unas manos mágicas, pero no creo que sirvan de nada en esta situación. Esto no puedes arreglarlo.

—Pues sí, me lo han dicho. —Me arrodillo y me siento sobre los talones—. Aún te duele, ¿no?