Llueva o truene 14. Sebastian
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14. Sebastian

Sebastian

@Johnathan Productor

La grabación de ese tornado que me enviaste anoche por e-mail es surrealista

Lo he visto diez veces. Estoy deseando editarlo

Presiento que te espera otro Emmy, Sebastian

Me alegra que te haya gustado

Recuerda citar a Quincy Monroe cuando lo subas

Su nombre de usuario en redes sociales es @TheRainyDayShow

Sin ella no habría sido posible

Tomo nota

—Menuda locura de verano estás teniendo. Huracanes. Rescates en inundaciones. El tornado que tú y Quincy vivisteis anoche. —Cooper mira por el retrovisor antes de incorporarse al otro carril—. Eso fue muy fuerte, tío.

—He estado en muchos tornados. —Bostezo mientras recuesto la cabeza en el asiento, completamente exhausto.

Anoche no pegué ojo al llegar a casa. Oí a Cooper preparando el café a las seis y media de la mañana y salí arrastrándome de la habitación de invitados para sentarme con él a la mesa de la cocina.

Me hizo falta una taza entera de cafeína para poder abrir los ojos—. Y seguramente estaré en muchos más.

—Eso ya lo sé, pero ¿alguno ha sido tan peligroso como para temer por tu vida?

Mi vida era lo de menos. Me daba más miedo que le pasara algo a ella.

Cooper se acercó a casa de Quincy ayer por la noche y la tranquilizó —o mejor dicho, nos tranquilizó— al asegurar que un analgésico fuerte bastaría para que le bajara la hinchazón del tobillo.

Tras una exploración rápida confirmó que se trataba de un esguince, no de una fractura, y la mandó a la cama con un vaso de agua y una almohada bajo la pierna.

Yo me quedé de pie en la puerta, observando incómodo cómo se ocupaba de ella, hasta que Quincy murmuró algo sobre los haboobs y la advección, y se quedó dormida.

Cuando llegamos a su casa, Coop me preguntó por qué sonreía y yo lo atribuí a haber sobrevivido a los elementos, no a que Quincy se hubiera acordado de mi fenómeno meteorológico favorito.

Intenté relajarme en la ducha, pero seguía nervioso por su lesión.

Cuando me metí en la cama, no podía parar de pensar en el momento en el que se había caído al suelo.

En el mundo cerrándose a nuestro alrededor.

En ella diciéndome que me marchara y en el pánico que me invadió cuando pensé que no íbamos a sobrevivir.

—No. Esta ha sido la primera vez. Y espero que sea la última —respondo—. Gracias por traerme hasta aquí para recoger su coche. A Quincy le vendrá bien descansar, y le voy a decir a Mia que se pase luego por su casa para que se asegure de que está bien.

—¿Cómo lleva los preparativos de la boda? —Cooper aprieta con más fuerza el volante. Nunca lo había oído hablar en ese tono tan seco—. Ha estado muy ocupada.

—Por lo que me ha contado, parece que va todo bien. Quería que Nate hiciera la tarta, pero al final se ha decidido por otra persona.

—Tú también has estado muy ocupado. Casi nunca estás en casa.

—Así somos los hermanos Dunn. Si no tengo un montón de cosas que hacer, me pongo nervioso.

—Ya. ¿Qué tal la serie documental? ¿Echas de menos salir en los informativos todas las noches?

—Estoy disfrutando muchísimo, tío. Hacía años que no experimentaba los fenómenos meteorológicos en primera persona y volver a estar tan cerca de la acción me ha abierto los ojos.

Siempre ha sido algo que he tenido muy presente, pero la dualidad del clima nunca dejará de sorprenderme.

Hay algo… profundamente bello en esa fuerza incontrolable que existe desde hace más tiempo que la humanidad.

Y que seguirá existiendo mucho después de que hayamos desaparecido.

Ningún ser humano ha encontrado una solución para prevenir los desastres naturales y ningún ser humano lo hará.

Por muy inteligentes que seamos, nunca seremos más listos que la Madre Naturaleza.

—Tío. —Cooper se ríe entre dientes—. Es demasiado temprano para ponerse tan filosófico. Pareces emocionadísimo con todo esto.

—Perdona. Ya sabes cómo me pongo cuando hablo del amor de mi vida. —Esbozo una sonrisa—. ¿Vas a ir después al parque de bomberos?

—Sí. No volveré hasta mañana por la noche. Hay pollo frito en la nevera para cenar, si te apetece, y un cuenco de puré de patata en el segundo estante.

—Lo de vivir contigo está acabando con mi forma física. Me van a machacar cuando vuelva a Nueva York y empiece a remar de nuevo.

—¿Y eso cuándo va a ser?

—No lo sé. Me gustaría quedarme todo el tiempo que pueda —contesto, aunque sé que este proyecto tiene una fecha límite.

Todo el mundo está entusiasmado con la serie.

Son conscientes de su potencial, pero, en cuanto me paso unos días sin enviar ningún material al equipo del estudio porque no tengo nada que enseñarles, surgen los problemas.

No es por pereza. Es que no puedo hacer aparecer un tornado de la nada para grabar contenido y mi jefe está comenzando a sospechar que estoy disfrutando de unas vacaciones largas mientras mi sustituto mete la pata en la televisión nacional.

El pobre Gary solo es un becario. Anoche mencionó el «flujo de entrada trasero» y se pasó tres minutos seguidos riéndose como un bobo. La ABC tuvo que dar paso a publicidad; me sorprendería mucho que aguantara todo el verano.

Cada pocos días me encuentro un mensaje en la bandeja de entrada para preguntarme cuándo pienso volver al estudio.

Johnathan hace todo lo posible por dar la cara por mí con el argumento de que las probabilidades de que un huracán azote Florida son altas, pero la directiva no quiere posibilidades.

Quiere certezas, y se me acaba el tiempo.

Estoy tratando de encontrar alguna forma de darle la vuelta a la serie para quedarme un poco más.

La angustia me atenaza el estómago cuando pienso demasiado en Nueva York, y lo estoy postergando.

Como todavía no me han dicho nada del puesto del NWS, me voy inventando excusas sobre la marcha.

Le digo a mi jefe que la paciencia es fundamental en este trabajo.

Dejo caer que la temporada de huracanes dura hasta finales de noviembre y que el momento álgido de los ciclones tropicales es a mediados de septiembre.

Hasta he alardeado de la perspectiva tan cercana y personal que tendrá la gente de primera mano gracias a que yo he estado en medio de la acción.

¡Será como en Parque Jurásico , pero con el tiempo!

A eso último ni me contestaron y en el correo electrónico que leí medio dormido ayer por la noche me comunicaban que, si quería conservar mi trabajo, la fecha tope para quedarme en Florida era el quince de octubre.

Dos meses y medio no me parecen suficientes para resolver mis problemas.

Estoy esperando algún tipo de epifanía. Alguna revelación que, por arte de magia, haga que todo esto vuelva a ser soportable, y lo cierto es que la estoy atisbando por momentos.

He encontrado algunas chispas de inspiración sentado en el porche de Cooper con una cerveza, viendo cómo se acercaba una tormenta eléctrica.

Y también en el sur de Florida, refugiado en aquel aparcamiento. Y en aquel reservado del Waffle House.

Cuanto más tiempo paso en Oak Valley, más me encariño con el pueblo, como cuando era más joven.

La vida aquí es tranquila. Sin prisas, pero igual de significativa.

Tengo una rutina, cosas que me hacen ilusión.

Siempre es lo mismo: una carrera matutina que acaba en el centro del pueblo.

Pasarme por la pastelería de Nate, Whisk and Rise, a por un cruasán y un café helado, y charlar un rato.

Volver a casa de Cooper una hora más tarde, con tiempo suficiente para encerrarme en la habitación y ver el programa de Quincy.

No me lo he perdido ni un solo día en siete años.

—Aquí está bien. —Señalo el vehículo que está aparcado un poco más adelante—. El coche está allí.

—La rueda trasera derecha está medio deshinchada. —Cooper frunce el ceño—. Tengo una bomba de aire en casa. Se la llevaré pasado mañana para solucionarlo.

—Seguro que te lo agradece. —Reprimo los celos que me revolotean en el pecho—. Gracias por traerme, Coop.

—Mándame un mensaje si necesitas algo más. Tendré el móvil encendido.

—Vale. —Abro la puerta del copiloto y me recibe una humedad pegajosa. La tierra todavía está mojada y huele a flores—. Cuídate.

—Por ti lo que haga falta, Sebby.

El trayecto hasta la casa de Quincy se me hace eterno, entre el tráfico y las obras.

No dejo de mirar el reloj y la frustración aumenta cuando me quedo atascado detrás de un Subaru que va a setenta por la I-4.

A las nueve en punto, la hora a la que Quincy empieza siempre el programa, cojo la salida de Oak Valley.

Busco un aparcamiento y estaciono debajo de un árbol, a la espera de la retransmisión en directo.

Seguro que habla de lo que pasó anoche. Probablemente haya subido el vídeo con la pantalla dividida para analizar hasta el último detalle.

Los aspectos positivos: logramos escapar.

El tornado se disipó. Nadie resultó herido.

Los aspectos negativos: su lesión. La caída que sufrió y el hecho de que no pueda dejar de pensar en la posibilidad de perderla.

Cierro los ojos con fuerza. En cuanto los abro, entro en Instagram. Me meto en su perfil y me extraña que la última publicación sea de hace más de doce horas.

Puede que se trate de un fallo técnico.

Voy a YouTube y entro en su canal. Quincy retransmite simultáneamente los directos allí para medio millón de espectadores, pero no hay ninguna notificación de vídeo en directo en su perfil.

Cuando el reloj marca las nueve y cuarto, no sé qué pensar.

Estoy preocupadísimo.

Nunca se salta un programa. Hace cuatro años, se quedó tirada en el aeropuerto de Heathrow tras la cancelación de su vuelo y se las arregló para conseguir conexión wifi y retransmitir en directo desde el cubículo diminuto de un baño.

En julio del año pasado se retrasó diez minutos porque se le pinchó una rueda cuando volvía a casa desde el Whisk and Rise, y la sección de comentarios estaba llena de gente preocupada por ella.