Llueva o truene 13. Quincy #3
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13. Quincy #3

Ahora tiene los dientes apretados. Su pecho sube y baja rápidamente, y me estruja la mano con tal fuerza que me va a hacer moratones. Estamos en modo supervivencia total, pero, aun así, en medio de la vorágine, está increíblemente guapo.

Aparto la mirada de él y ahogo un grito cuando mi zapatilla choca contra algo duro. Chillo mientras salgo propulsada hacia delante, me caigo de bruces y ruedo por la hierba mojada.

—Quincy —vocifera Sebastian, como si mi nombre le saliera de lo más profundo del pecho. Es un grito angustioso y desgarrador que me llega al alma.

El dolor es inmediato y me agarro el tobillo. Una punzada aguda me recorre la pierna y me esfuerzo por contener las lágrimas.

—Vete —le digo. Intento incorporarme apoyándome en un codo, pero vuelvo a caerme de inmediato—. Vete, Sebastian.

—Ni de puta coña —replica él, casi con un rugido, moviéndose a una velocidad que me parece sobrehumana.

Apoyo la mano en un montón de tierra, y de repente Sebastian me levanta como si estuviera hecha de aire y plumas.

Me aprieta con fuerza contra el pecho y sale corriendo a toda velocidad.

Nunca en mi vida había agradecido tanto su buena forma física—. ¿Cómo voy a dejarte aquí?

—Yo qué sé. —Entierro la cara en su camiseta, angustiada. Aunque el algodón está empapado y pegado a su piel, sigue oliendo a él. A limpio, con un toque especiado en las mangas. Un aroma seguro. Fiable. El olor de un héroe—. Podrías aprovechar para vengarte por haberte mandado al sitio equivocado.

—La persecución de tormentas es sagrada, Monroe. Un vínculo entre personas que confían las unas en las otras para protegerse mutuamente. Además, ¿sabes qué te digo?

—¿Qué?

—Que si tú te vas, yo también me voy. La vida sería muchísimo menos divertida si tú no estuvieras aquí para tocarme las narices.

—No sé por qué, pero me río.

El peligro se cierne sobre nosotros.

La muerte nos acecha.

Estamos al borde del abismo, pero yo sigo aquí. Vivita y coleando, en brazos de un hombre al que consideraba la última persona del mundo con la que querría llegar al fin de mis días.

Puede que me equivocara.

Puede que esos ojos tan bonitos y esa sonrisita no sean lo peor que podría ver justo antes de morir.

Su cadena me golpea la frente cuando salta sobre unos escombros. Alargo la mano y la agarro con fuerza, como si fuera una protección más contra los elementos que nos rodean. Una garantía de que Sebastian también está bien mientras me aferro a él.

—Debemos de estar cerca —murmuro.

—He dejado las luces encendidas. Ya las veo ahí delante —dice—. Te voy a meter en mi coche. Ya volveremos a por el tuyo. Tienes el móvil ahí, ¿no?

—¿El móvil? —Miro hacia abajo, sorprendida al ver que todavía lo tengo en la mano.

Pensaba que lo había perdido al caerme. Me retuerzo entre sus brazos para echar un vistazo por encima de su hombro y grabar el tornado.

La retransmisión en directo no se ha interrumpido y no dejan de aparecer comentarios en la pantalla para preguntarme si estoy bien—. Sí. Está aquí.

—Diles que estás bien. —Sebastian apoya la barbilla en mi cabeza. Avanza cada vez más despacio. Suelta un gruñido y un gemido suave. No sé cuánto tiempo más podrá aguantar a ese ritmo—. Por favor.

—Vale. —Me dirijo a los espectadores, con voz ronca—.

Estoy bien. Me he torcido el tobillo, pero estoy bien.

Vamos hacia los coches para hacer lo que jamás debéis hacer si os topáis con un tornado, que es tratar de ser más rápidos que él.

Es imposible que lo consigáis. Pero nosotros tenemos que intentarlo.

No nos queda otra opción. Luego nos vemos.

—Oye —me dice Sebastian. Unos hilillos de agua le caen por la frente y las mejillas, y ojalá entendiera por qué siento la necesidad de secárselos.

Le resbalan por el cuello y se le acumulan en el centro de la clavícula.

También me gustaría entender por qué siento la necesidad de posar ahí los labios—.

Pase lo que pase, pequeña Quinny, yo estoy aquí contigo. ¿Vale?

El corazón me da un vuelco. Un peso inexplicable y doloroso me oprime el pecho, y lo único que puedo hacer es asentir con la cabeza. Todo lo demás me aterroriza demasiado.

—Tu cámara. He tapado todo lo que podías haber estado grabando.

Dámela. —Suelto el dispositivo que Sebastian lleva sujeto al pecho y lo pongo al lado de mi teléfono.

Pongo fin a la retransmisión en directo y empiezo a grabar para que él también tenga su propio material—.

Si ganas un premio por esta serie documental, quiero salir en los títulos de crédito.

—Pondré tu nombre en letras bien grandes y llamativas.

Los coches ya se ven a lo lejos. Los cien metros se reducen a noventa y luego a ochenta. Tengo la sensación de que pasan años hasta que por fin Sebastian abre la puerta del copiloto del todoterreno y me posa con cuidado en el asiento.

—Lánzame de cualquier forma, Dunn. —Me inclino sobre la consola central y le abro la puerta—. No me voy a romper.

—Díselo a tu tobillo. —Gira la llave de contacto, pero se detiene justo antes de arrancar—. Quincy. Mira.

Giro la cabeza rápidamente hacia el salpicadero, pensando que debemos de estar a punto de salir volando.

Pero no es así.

Estamos a salvo.

No hay ningún tornado, ningún peligro. No hay devastación de ningún tipo, solo las nubes dispersándose y los últimos rayos de sol intentando colarse entre ellas. La lluvia cesa y el viento amaina.

—Joder. Joder. No me digas que me lo he imaginado. —Me pongo una mano en el pecho. Se me escapa un sonido extraño, a medio camino entre un sollozo ahogado y una risita—. ¿Se ha disipado? ¿Ha cambiado de dirección?

—Las dos cosas. Ha empezado a ir de nuevo hacia el este y se está disipando.

Mira. —Sebastian se inclina hacia mí e invade mi espacio.

Soy plenamente consciente de su presencia, desde la piel de gallina de su brazo hasta la manga derecha enrollada de su camiseta—.

Tantos años persiguiendo tormentas y no acaba de entrarme en la cabeza que el tiempo tiene voluntad propia.

—Hablando de voluntad propia, necesito quedarme aquí sentada un momento y distraerme para no empezar a pensar en lo que acaba de pasar y perder los nervios.

—Apoyo la cabeza en el asiento. Me masajeo la zona dolorida de la pierna, con la esperanza de que mi ritmo cardiaco vuelva a la normalidad—.

No puedo creer que vaya a preguntarte esto, pero ¿verdad o consecuencia, Dunn?

—Buena idea —dice él, que parece tan alterado como yo—. Verdad, Monroe. Hazme sentir mejor.

—En una escala del uno al diez, ¿cuánto miedo has tenido ahí fuera? —Cierro los ojos, intentando relajarme—. Hemos visto muchas tormentas, pero, por favor, dime que tanto como yo.

—¿Sinceramente?

—Te lo agradecería. Ahora mismo me siento como una novata.

—Antes de que te cayeras, alrededor de un ocho.

Tengo la sensación de que quiere decir algo más.

Parpadeo y, cuando abro los ojos, veo que sigue estando cerca; las gotas de lluvia se secan sobre sus pestañas.

El cansancio se refleja en sus ojos mientras me mira fijamente y me doy cuenta de que, cuanto más lo miro, más se resquebraja el muro que rodea mi corazón.

Una grieta minúscula se va abriendo justo por encima de mis costillas mientras él me traspasa con la mirada.

—¿Y después? —le pregunto en voz baja.

—Un diez. Nunca había estado tan acojonado.

Asiento con la cabeza. Sin quitarme los ojos de encima, se inclina lentamente hacia mi cinturón de seguridad y me lo abrocha con firmeza.

Me parece sentir el roce de su mano en el vientre mientras lo hace, pero tal vez sean imaginaciones mías, un efecto secundario de la adrenalina, que está empezando a desaparecer poco a poco.

Yo tampoco había estado nunca tan aterrorizada, pero me da más miedo cómo me siento ahora mismo: vulnerable. Confusa, eufórica y agradecida por su protección.

No sé si preferiría haber pasado por esto con otra persona.

No sé si habría sobrevivido si él no hubiera estado a mi lado.

Puede que Sebastian tenga razón.

Puede que estemos predestinados a estar juntos, que nuestras almas estén unidas desde hace siglos. Que el destino haya estado esperando el momento adecuado.

Una sensación de alivio me invade mientras me hundo en el asiento, e inmediatamente aparecen la lujuria, el deseo y una curiosidad enloquecedora.

Me pregunto qué sentiría si lo besara.

Me pregunto qué sentiría si él me devolviera el beso.

«Hazlo», susurra una voz en mi cabeza.

«Por favor», añade otra más tenue.

—¿Quincy? —Sebastian posa una mano en mi brazo. Sus ojos reflejan preocupación. Sus hombros encorvados, angustia. Ha envejecido diez años en diez minutos—. ¿Estás bien?

—Perdona —susurro. Un agotamiento abrumador me paraliza el cuerpo. Noto un cosquilleo de deseo en el estómago. Cuanto más tiempo deja la mano sobre mí, más me siento como un cable eléctrico, como una bomba de relojería a punto de estallar—. Estoy intentando controlar el dolor.

—Te llevaré de vuelta a casa y le diré a Cooper que nos espere allí para echarte un vistazo.

—Gracias. Mañana te enviaré todo el material que he podido grabar. Puedes usarlo para lo que quieras.

—Te lo agradezco. —Sebastian esboza una sonrisa. El coche se va calentando con el suave zumbido de la calefacción al mínimo de fondo—. Que sepas que pienso insinuar que te tropezaste porque querías que te llevara en brazos.

Le doy una palmada en el brazo, pero él es más rápido. Me agarra la mano. Me acaricia los nudillos con el pulgar y la energía que hay entre nosotros se transforma en algo nuevo.

—Te odio —digo, bostezando.

—No es verdad —replica él al tiempo que sale del aparcamiento y enciende la radio.

«No, no es verdad», pienso justo antes de quedarme dormida al ritmo del jazz suave que empieza a sonar mientras Sebastian se acerca para colocarme un mechón de pelo detrás de la oreja.

Puede que nunca lo haya sido.