Llueva o truene 13. Quincy #2
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13. Quincy #2

—Vale. —Asiento con la cabeza, aunque él no puede verme. No voy a pasar ni de lejos por el lago Kathryn—. Estaré allí en veinte minutos.

—Yo tardaré veinticinco. Espero llegar a tiempo. Esto ha salido de la nada.

—Eso significa que va a ser impresionante. Te dejo para poder hacer un directo.

—Hasta ahora. Ten cuidado, pequeña Quinny —dice Sebastian. Cuelgo, confusa por la urgencia de su voz.

Por un lado me apetece volver a llamarlo y decirle a dónde voy realmente, pero el tráfico es fluido.

Miro hacia la carretera en vez de hacia la pantalla del móvil.

Las condiciones suelen empeorar rápidamente cuando se forma una tormenta como esta y no quiero acabar aplastada por un árbol antes de que haya empezado siquiera.

Encuentro un campo al lado de una reserva natural y aparco el coche a una distancia segura de cualquier objeto que pueda convertirse en un proyectil.

No veo ninguna zanja cerca, el mejor sitio para refugiarse cuando no hay ningún edificio macizo en los alrededores, así que tendré que estar preparada para salir corriendo.

Contenta con mi ubicación en los alrededores de la tormenta, me sujeto un micrófono en el cuello de la camiseta y abro Instagram para empezar a retransmitir en directo. En unos instantes ya hay diez mil personas conectadas.

—Hola, cazatormentas, bienvenidos a una edición nocturna improvisada de The Rainy Day Show .

Está muy oscuro y seguramente será difícil ver algo, pero me estoy preparando para perseguir una célula que podría generar un tornado.

Normalmente, cuando te enfrentas a un sistema como este, te pasas la mayor parte del tiempo esperando.

Todo se reduce a meras hipótesis. ¿Se darán las condiciones ideales para que se forme un tornado?

¿Qué pasará si el eje de rotación de verdad toca tierra?

¿Y si no pasa nada? ¿Cuánto tiempo estás dispuesto a esperar?

Creo que este va a ser bueno y quiero llevaros a todos conmigo.

No me molesto en coger el trípode, ya que quiero poder moverme con libertad si es necesario. Cambio el teléfono a la mano izquierda y me enfoco con el cielo como telón de fondo.

—Cuando estudiamos supercélulas como esta, vemos que el tiempo que transcurre hasta que se produce la rotación es muy breve.

Acaba de ponerse el sol, y si echáis un vistazo por encima de mi hombro, veréis que el cielo tiene un tono verdoso.

También hay nubes altas y verticales; ambos son indicios meteorológicos de que se avecina una tormenta que probablemente generará un tornado.

Dedico un instante a analizar los elementos para hacerme una idea de a qué me enfrento. Se me eriza el vello de la nuca. La temperatura desciende y el silencio resulta inquietante.

El único sonido es mi respiración entrecortada, amplificada por la quietud que me rodea. Trago saliva, intentando mantener la calma mientras me doy cuenta, con retraso, de que es la primera vez que persigo una tormenta de esa magnitud en solitario.

—Vale. Allí. Allí. —Señalo el horizonte—. ¿Lo estáis viendo? Tenemos una nube de embudo a punto de tocar tierra.

La observo, hipnotizada. No logro apartar la mirada de la nube que se descuelga del cielo, atraída por una fuerza sobrenatural.

Al principio es pequeña, apenas un tenue hilillo gris, pero luego se hace más grande.

Más densa y amenazante. El ambiente cambia a su alrededor: el verde da paso a un cielo casi completamente negro, tan oscuro como la noche.

Empiezan a caer unas gotas pequeñas de lluvia que mojan el suelo y me empapan la parte superior de la cabeza.

Me estremezco, deseando haber cogido una chaqueta.

—Vamos a acercarnos. Parece que la tormenta se dirige hacia el este y yo estoy más al nordeste. El tiempo, como bien sabemos, puede ser impredecible, así que tal vez tengamos que hacer algún cambio sobre la marcha. Seguidme.

La hierba alta me roza las pantorrillas mientras avanzo.

Aprovecho el tiempo para explicar cuáles son las condiciones necesarias para que se forme una tormenta de ese calibre.

Respondo a las preguntas que me hacen, les digo cuál ha sido el tornado más potente en el que he estado (un EF1) y explico la Escala Fujita Mejorada a toda la gente que está conectada.

Me detengo cuando estoy a casi cuatro campos de fútbol de mi coche.

Un trueno hace vibrar el suelo y me vuelvo a estremecer.

—Parece que la nube de embudo está tocando tierra ahora mismo, así que tendremos que…

—¿Te has vuelto loca?

Las palabras de Sebastian resuenan en el campo, rebosantes de una indignación cuidadosamente medida.

Pongo los ojos en blanco, me giro y lo veo correr hacia mí con la camiseta empapada y un mechón de pelo cayéndole sobre los ojos.

La cámara que lleva en el pecho ya está grabando, como delata la luz roja parpadeante, y lo saludo con la mano.

—Ya era hora de que aparecieras —le grito.

—Me has hecho perder un tiempo precioso, Monroe —dice cuando llega a mi lado.

—En el amor y en la meteorología todo vale, ¿no, pequeño Sebby? —le suelto. Él esboza una ligera sonrisa—. ¿Cómo me has encontrado?

—Siempre compartes tu ubicación con Mia.

En cuanto le he advertido que podías estar en peligro, me ha dicho la zona aproximada, y ha sido fácil localizarte cuando me he dado cuenta de que me estabas tomando el pelo.

Quería grabar el inicio de la formación de la tormenta para la serie, pero lo único que tengo son unas imágenes de mierda desde dentro del coche. Muchas gracias.

—De nada.

Una gota de agua le rueda por la mejilla. Otra le cae de la nariz. Sebastian levanta la vista hacia el cielo y busca a tientas los prismáticos que lleva colgados del cuello.

—¿Cuánto crees que mide de ancho?

—Como mucho unos veinte metros, ¿no? —Entorno los ojos y miro hacia arriba—. Qué raro.

—¿Raro? ¿El qué?

—La trayectoria de la tormenta. Justo antes de que llegaras, avanzaba por el horizonte completamente en línea recta, de izquierda a derecha. Ahora parece que está quieta.

—Joder. —Sebastian levanta los prismáticos y contiene el aliento—. Eso no mide solo unos cuantos metros de ancho, Quincy. Debe de tener casi ochocientos metros de diámetro.

—¿Qué? —Le arranco los prismáticos, sin importarme que todavía los lleve colgados del cuello—. Mierda. Mira lo erráticos que son los subvórtices, Sebastian. Tenemos gemelos.

—Nunca había visto unos gemelos antes. Es precioso, ¿verdad? Parece que va a ser descomunal. Y tú querías estar aquí fuera sola.

—¿Más grande que los que pasaron por Florida en 1998?

—Esos eran de categoría F3 y… ¿por qué está cambiando de dirección?

—Déjame ver. —Sebastian me rodea los hombros con el brazo y me acerca a él para mirar por los prismáticos—. ¿Hacia dónde va? La condensación que se acumula en el embudo impide ver qué coño está pasando.

—Hoy no he visto las imágenes de los radares. —El viento arrecia a nuestro alrededor. La visibilidad se reduce y el aguacero me cala hasta los huesos. Tengo que levantar la voz para que Sebastian me oiga—. ¿Había algún otro indicio de tormentas con riesgo de tornado? ¿Ha tocado tierra algún otro?

—Pues… no he tenido una noche de sábado muy emocionante.

—Lo miro y él sonríe, avergonzado—. He estado controlando las imágenes del radar y lo único que he visto ha sido lluvia intensa y granizo.

Esto es… —Sebastian me agarra con más fuerza.

En nuestros móviles suena otro aviso de emergencia.

Si tuviera que adivinar, diría que es una advertencia para ponerse a cubierto de inmediato—. Deberíamos volver a los coches.

—Esto podría ser algo histórico. No quiero perderme…

La tierra ruge a nuestro alrededor, ahogando mi voz. La rama de un árbol cercano cruje y se rompe. Sebastian tira de mí hacia atrás, agarrándome por la presilla del cinturón de los pantalones cortos, justo antes de que me caiga en la cabeza.

—¡A los putos coches, Quincy!

La firmeza de su orden despierta algo en mi interior. Me hace asentir con la cabeza. Abro mucho los ojos al ver que el tornado ha vuelto a cambiar de rumbo y ya no avanza por el horizonte, sino que viene directamente hacia nosotros.

—Ay, madre —susurro, pero el estruendo de lo que tengo delante ahoga mis palabras.

La lluvia nos ha engañado al ocultar el tornado, pero ahora puedo ver lo grande que es.

Lo rápido que se mueve y lo cerca que está, y el corazón me da un vuelco.

Hemos esperado demasiado. Es imposible que podamos escapar de algo de ese tamaño—. Sebastian.

—Vamos, Quincy.

Siento su mano húmeda sobre la mía. Es como una promesa. Como un acuerdo tácito de que estamos juntos en esto, y cuando me tira del brazo para que me mueva, echo a correr a toda velocidad.

Hay tanto ruido que no puedo oír lo que me está diciendo a quince centímetros de distancia. Ni siquiera soy capaz de escuchar mis propios pensamientos, pero no miro hacia atrás. Temo rendirme si lo hago.

Avanzar es casi imposible. Las ramas y las hojas salen volando y se arremolinan a nuestro alrededor, como si el cielo las reclamara.

Las piedras de granizo me azotan los brazos y la nuca, y se me clavan como agujas.

Intento correr más rápido, ignorando el dolor de las piernas.

El ardor de los pulmones. Debo de llevar unos treinta segundos sin respirar y no encuentro los coches.

Solo veo a Sebastian, y su expresión es más aterradora que la propia tormenta.

Estoy acostumbrada a su actitud tranquila y serena.

Las pocas veces que hemos perseguido una tormenta juntos —en la universidad, para un proyecto en grupo, y el verano antes de que se fuera a Nueva York, cuando acabamos en el mismo punto de observación meteorológica por casualidad—, siempre se ha mostrado imperturbable.

Fascinado por el caos que le rodea y disfrutando de la incertidumbre.

Pero ahora no.