Llueva o truene 13. Quincy
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13. Quincy

Quincy

—¿H as sabido algo del NWS, Quin? —Mia abre la nevera y saca un surtido de quesos y embutidos cuidadosamente presentado sobre una tabla de cortar de madera.

Le birlo una aceituna antes de que le dé tiempo a dejarla sobre la encimera de mármol—.

Estarían locos si no te llamaran para una segunda entrevista.

—Todavía no, pero solo ha pasado una semana. —Me meto un trozo de queso en la boca—. Que no haya noticias es buena señal, ¿no?

—Ya te dirán algo. —Harlow descorcha una botella de vino y se sirve una copa—. ¿Alguien más quiere?

—No, gracias. Richard vuelve del viaje de trabajo esta noche.

—Mia nos da una servilleta a cada una. Tiene bordadas en una esquina una M y una R pequeñitas (las iniciales del futuro matrimonio) con trazos elegantes y curvilíneos—.

Hace semanas que no lo veo y no quiero quedarme dormida demasiado pronto.

—¿Seguía fuera? —pregunto.

—Tuvo que alargar el viaje. —Esboza una sonrisa forzada mientras se sienta en el taburete que está a mi otro lado—. Será agradable volver a tenerlo en casa.

—Yo no podría tener un trabajo así ni en broma.

¿Estar todo el rato en una oficina, hablando de dinero con la gente y fingiendo que te interesa?

¿Con unas luces fluorescentes que dan dolor de cabeza?

¿Y encima con traje y corbata? Me parece un horror.

—Harlow extiende la mano por delante de mí para coger una galletita de la tabla de cortar—.

Hablando de dinero, ¿alguna de vosotras conoce a un contable?

—Esa es una pregunta muy de adultos, Har, y esta noche ya he apagado el cerebro. Pregúntame mañana.

—¿No tenías ya una contable? —le pregunta Mia.

—Está de baja por maternidad y tengo algunas dudas sobre los movimientos de fondos entre diferentes cuentas. Google no me ha servido de nada.

—A ver. Para el carro. ¿Tienes algún problema con The Hideout? —Le doy un empujoncito en la rodilla—. Sabes que cualquiera de las dos te prestaríamos dinero si lo necesitaras.

—No, todo va bien. No hay ningún motivo para alarmarse.

Los últimos meses han sido un poco complicados económicamente, pero en verano siempre pasa lo mismo.

Las ventas caen. En la calle hace calor.

La gente se va fuera. —Harlow hace girar el vino tinto en la copa y le da un buen trago.

No parece muy preocupada—. Al final todo se solucionará como siempre.

—Deberías hablar con Nate —le sugiero—. Tiene dos negocios, seguro que conoce a alguien.

—Buena idea, Quin. —Harlow apoya la cabeza en mi hombro—. Al parecer ese cerebro tan inteligente no se había apagado aún del todo esta noche.

—Hacía tiempo que nadie tonteaba conmigo. Gracias, Har. —Esbozo una sonrisa—. Mia, ¿no tenías una cata de tartas pronto?

—Ah, sí. —Se le ilumina la cara, encantada de poder hablar de su gran día—.

Esperaba que Nate estuviera disponible, pero me dijo que prefiere disfrutar de la fiesta como invitado.

Ya tiene treinta bodas el verano que viene y veinte previstas para el año siguiente.

Uno de sus vídeos de repostería se ha hecho viral y recibe una cantidad de e-mails tremenda.

No sé cómo se las arregla para hacerlo todo sin ninguna ayuda.

—No creo que duerma mucho. ¿Por quién te has decidido, al final? —le pregunto—. ¿Te ha sobrado alguna muestra para compartir con nosotras?

—Por supuesto. Tengo que mimar a mis chicas.

Os las saco después de cenar. —Mia se ríe—.

La pastelera a la que quiero contratar, de Cakes by Kate, tiene que comprobar su disponibilidad.

Hace unas tartas gigantes de tres pisos tan bonitas que casi da pena comérselas.

La madre de Richard también me la recomendó, así que sé que es fantástica.

—¿La madre de Dick? [1] —Harlow esboza una sonrisa burlona y le doy un manotazo—. ¿Qué? Venga ya. ¿Cómo le puedes poner a tu hijo «Richard» a propósito? ¿O «Peter»? ¿O «Johnson»?

—Es impresionante la cantidad de nombres fálicos que conoces. —Miro a Mia—. ¿La madre de Richard nos cae bien? Se puso un poquito… «intensa» en la prueba de tu vestido, hace un par de meses.

—Toda la familia es así. —Mia se mete una uva en la boca y la mastica lentamente—.

Tienen mucho dinero y son muy exigentes.

Quieren que todo sea perfecto, desde la manera de doblar los manteles hasta la forma de los jarrones para las flores.

Y ya sabéis cómo soy yo. A mí todo eso me da igual.

Me casaría encantada con un vestido vintage y unas Converse.

¿Carpaccio de ternera como entrante? Preferiría una minihamburguesa.

Pero supongo que eso forma parte del matrimonio.

Hacer concesiones. Encontrar un término medio.

—Siempre y cuando no renuncies demasiado a ti misma. —Harlow le lanza una elocuente mirada a Mia—. Dentro de diez años no querrás preguntarte quién coño eres.

—Nunca olvidaré quién soy. Os tengo a vosotras para recordármelo. —Mia esboza una sonrisa radiante—. ¡Ay! Hablando del tema: han llegado vuestros vestidos de damas de honor.

Se levanta de repente del taburete y echa a correr por el pasillo. En cuanto desaparece al doblar la esquina, Harlow bebe un trago enorme de vino.

—Como vuelva con unos vestidos de color rosa, con volantes y estilo princesita, la acompaño al altar borracha fijo.

—Madre mía. —Suelto una carcajada—. Daría lo que fuera por verte vestida de princesita.

—Qué gilipollas. —Harlow me saca la lengua y se pone seria de nuevo cuando Mia vuelve corriendo a la cocina con una funda para trajes—. Es bastante pequeña —comenta Harlow entre dientes—. Definitivamente, ahí no cabe un traje de princesa.

—Había dos cosas que para mí eran innegociables: mi vestido y los vuestros.

Me da igual lo que se pongan las hermanas de Richard para acompañarme al altar, pero ¿vosotras dos?

Llevo esperando este momento desde el instituto.

—Mia deja con cuidado la bolsa sobre la isla.

La abre por la parte superior y saca dos vestidos.

El primero es azul oscuro, del color del cielo nocturno.

Tiene unos tirantes muy finos y la espalda descubierta.

Cuando me lo pasa, el suave tejido emite un brillo plateado—.

Este es para ti, Quin. Me recordó a la luna y la luna me recuerda a ti.

—Mia. —Acaricio con el pulgar las intrincadas costuras—. Es precioso.

—Pensé que te gustaría. Y para Harlow… —Levanta el siguiente vestido, de seda de un verde intenso con una abertura que llega hasta la mitad de la pierna—. Un modelito espectacular para una chica espectacular.

—Qué boba. —Harlow acaricia la suave tela. Juraría que una lágrima rueda por su mejilla—. No es para nada de princesa.

—¿De princesa? ¿Qué…?

Un pitido estridente la interrumpe. Nuestros tres teléfonos se iluminan sobre la encimera. Cojo el mío y abro mucho los ojos al ver la alerta de emergencia que han emitido para la zona.

—Me ha dado un susto de muerte. —Mia se lleva una mano al pecho—. ¿Es una alerta naranja?

—No. Una alerta de tornado. Refugiaos cuanto antes en una habitación interior. —Salto del taburete y vuelvo a guardar el vestido en la funda para no estropearlo—. Yo tengo que irme.

—¿Irte? ¿Irte adónde? —Harlow me pone una mano en el brazo—. Quin.

—¿Qué? —Meto en el bolso la botella de agua que me estaba bebiendo—. A perseguirlo, obviamente.

—Si es justo lo contrario de lo que dice la alerta que hagamos —protesta Mia.

—Es parte de mi trabajo.

—Es la peor parte de tu trabajo. Siempre estoy preocupada por ti. —Harlow llena una servilleta con daditos de queso y me la pasa—. Toma. Necesitas alimentarte.

—Eres un cielo. —Esbozo una sonrisa—. Y prometo tener cuidado.

—Mándanos un mensaje —grita Mia, pero yo ya voy por la mitad del pasillo. Me pongo los zapatos y bajo a toda prisa las escaleras del porche para ir hacia el coche.

Introduzco las llaves en el contacto sin prestar mucha atención.

Estoy demasiado ocupada abriendo la aplicación de mi radar meteorológico favorito, que indica dónde es más probable que se encuentre el eje de rotación.

Meto las coordenadas GPS de un punto de referencia cercano, con un nudo en el estómago.

El pronóstico del tiempo para esa noche era pésimo.

Por eso trasladamos la cena de un restaurante al aire libre a la casa de Mia, conscientes de que, si las cosas se ponían muy feas, Harlow y yo podíamos quedarnos en la habitación de invitados en vez de volver a casa en coche.

Ya habían emitido alertas y avisos de tormentas eléctricas severas, pero nadie esperaba que alcanzaran tal intensidad.

Una supercélula se dirige hacia el este, en dirección a las playas, y en breve tendremos un tornado entre manos a juzgar por las imágenes.

Apenas he llegado al final de la calle cuando me suena el móvil. El nombre de Sebastian aparece en la pantalla y resoplo mientras deslizo el pulgar para hablar con él por el manos libres.

—¿Dónde lo vas a perseguir? —me pregunta antes de que pueda saludarlo siquiera.

Le falta el aliento, e imagino que ahora mismo estará corriendo tanto como yo.

Ambos sabemos lo rápido que suceden estas cosas y el poco tiempo que tenemos para llegar a donde necesitamos estar, así que es una carrera contrarreloj—.

Parece que la rotación va a ser cerca de Oviedo.

Sé que va a ser cerca de Oviedo, pero tomo una decisión en un segundo. Lo considero una venganza por haber espantado a aquel chico tan simpático en el concurso de chili, hace unas semanas, y porque no he tenido ni un solo segundo de paz desde que él ha vuelto a casa.

—¿En serio? El radar indica más bien la zona de Casselberry —digo con falsa inocencia, sin ningún tipo de remordimiento.

—¿Casselberry? —Se hace el silencio al otro lado de la línea. Escucho el pitido de su coche, seguido del rugido del motor—. Creía que iba hacia el este.

—Ahora va hacia el nordeste y está ganando velocidad.

—¿Nos vemos al lado del lago Kathryn? La última vez que perseguimos una tormenta juntos fue genial.