12. Sebastian #3
Salgo a la calle y entrecierro los ojos para mirar hacia el sol, que asoma por detrás de una nube. Me quito la chaqueta, respiro hondo y siento que el aire fresco me relaja, hasta que oigo un ruido a mi izquierda.
—¿Lo has dado todo? —grita alguien.
Inspecciono el aparcamiento hasta que la veo apoyada en mi coche, con los codos sobre el capó. Está sonriendo y yo le devuelvo instintivamente la sonrisa.
—Me vas a odiar, pero creo que me ha ido de maravilla.
—Voy rápido hacia ella y me detengo justo delante—.
Le he propuesto a George algunas ideas que llevaba tiempo madurando.
Me ha dado un buen apretón de manos. En general, creo que ha ido bastante bien.
Seguro que me llaman en breve para la segunda entrevista.
—Tienes razón. Te odio —replica ella. Pero su sonrisa no desaparece.
—¿Y a ti? —Le doy un golpecito en el zapato con el mío—. ¿Qué tal te ha ido?
—Nunca me ha gustado presumir de presencia en redes sociales, pero, cuando le he dicho a George cuántos seguidores tengo, se le ha caído la taza de café.
—Me alegra que los hayas dejado impresionados.
—¿Por qué has tardado tanto en salir? Como has entrado antes, creía que acabarías antes que yo.
—¿Me has echado de menos, Monroe? —Pongo una mano sobre el metal caliente del coche y me apoyo en él—. Estaba ocupado hablando con uno de tus admiradores secretos.
—¿Un admirador secreto? —Quincy resopla—. Dudo mucho que eso sea cierto.
—Pues lo es. ¿Te acuerdas de Danny? ¿El de la bandeja de plata? Me ha preguntado por ti.
—Ah. —Quincy se frota la clavícula con el pulgar—. ¿Es majo?
—No está mal. Ya lo conocerás en la segunda ronda de entrevistas.
—Bueno, algo es algo. —Se hace un largo silencio. Ella se muerde el labio inferior—. Quería pedirte perdón.
—¿Pedirme perdón? —Arqueo una ceja—. ¿Por qué?
—Me contaste cosas muy importantes cuando estuvimos en el Waffle House.
Sobre tu carrera y sobre lo infeliz que te sentías.
Ha sido… —Hace una pausa para coger aire.
Es como si estuviera intentando armarse de valor para lo que viene después—.
Ha sido un golpe bajo insinuar que no podrías conseguir una entrevista para este puesto tú solo.
Eres muy bueno en tu trabajo. Estás más que cualificado y…
—Se humedece los labios. Merezco una puñetera medalla por no quedarme embobado mirando—. Lo siento.
Hundo la puntera del zapato de vestir en el suelo.
—No te preocupes. No me… No pasa nada. En serio.
—Si consigo este trabajo, quiero hacerlo porque soy la mejor candidata, no por haber jugado sucio con mis rivales. —Quincy me tiende la mano. La acepto y entrelazo los dedos con los suyos—. ¿Una tregua?
—Una tregua —repito en voz baja, aceptando la propuesta—. Hasta la segunda entrevista. Después voy a machacarte, pequeña Quinny.
—Lo estoy deseando.
—Cuéntame más cosas de cómo te ha ido ahí dentro.
—Pues me ha ido… bastante bien, creo. —Aparta la mano de la mía y se alisa la falda—.
Me gustaría que al entrar en un sitio me valoraran como científica, no como una casilla que marcar porque soy mujer.
Es… es una mierda. La sensación de inferioridad.
De saber que esto es lo que soy y que quizá nunca les parezca suficiente.
—Llena el silencio con una risita triste.
Con una vacilación silenciosa. Y con un secreto, solo para mí—.
Me gustaría sentirme valorada. Tanto en mi vida personal como en la profesional.
Pero supongo que eso es pedir demasiado.
—Danny ha dicho que estaba seguro de que te volverían a llamar para una segunda entrevista. —Miro hacia arriba. El cielo está empezando a cubrirse de sombríos tonos grises. Probablemente pronto empezará a llover. «Valorada»—. Sé que te valorarán.
—Ya veremos. En fin. —Resopla y se echa el pelo por detrás del hombro—. Mejor cambiamos de tema.
—En el Atlántico se ha formado la tormenta tropical Eliza mientras estábamos ahí dentro.
—¿En serio? ¿Hay alguna posibilidad de que afecte a la costa este?
—Ninguna. Se va a desviar hacia el mar.
—Gracias por darme algo de que hablar en el programa de mañana.
—Espero que me atribuyas el mérito. —La miro, y me alegro de verla sonreír—. ¿Vas a volver ya a casa?
—Sí. Mia y Harlow quieren que cenemos juntas. Para celebrarlo, según ellas. Aunque todavía no hay nada que celebrar. —Me esquiva y abre el coche, que está aparcado tres plazas más allá—. Te estaré vigilando.
—Ya era hora de que lo hicieras. Siempre soy yo el que te vigila a ti. —Le doy un golpecito en el hombro con el mío antes de abrir la puerta del conductor—. No pienses demasiado en mí hasta que nos volvamos a ver.
—Ya te he dicho que nunca pienso en ti.
—Pues deberías. —Apoyo los brazos en el marco de la puerta—. Yo haría que mereciera la pena.
—Adiós, Dunn.
—Oye, Monroe —le grito. Ella se vuelve para mirarme—. Ya sé que mi opinión no sirve de mucho, pero yo sí te valoro. Que lo sepas.
La dureza de su expresión desaparece. Me hace un simple gesto con la cabeza que lo dice todo. Me subo al coche, me abrocho el cinturón de seguridad y voy sonriendo durante todo el camino de vuelta a casa.