Llueva o truene 12. Sebastian #2
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12. Sebastian #2

»Estábamos a punto de dejarlo cuando lo vimos.

Una nube de embudo por fin tocó tierra. Era pequeña.

Apenas un EF0, pero, madre mía, me hizo sentirme más vivo que nunca.

Después de eso me moría de ganas de meterme de lleno en la acción.

Aunque mi puesto actual me permite seguir estando en primera línea informando sobre el tiempo, no sucede tan a menudo como me gustaría. Ni en la medida que quisiera.

—Recuerdo mi primera persecución. —George se recuesta en la silla, entrelaza los dedos bajo la barbilla y se sume en sus pensamientos—.

No sé qué le habrá contado Danny, pero el de RCO es el puesto de investigación de mayor rango de la oficina de predicción meteorológica.

Implica mucha formación y exige mantenerse al día en los avances tecnológicos científicos.

Tendrá que familiarizarse con las características del sistema meteorológico y climático y hacer de hombre del tiempo, si es necesario.

Nuestra oficina cubre diez condados del este de Florida Central más seis zonas marinas, así que siempre tenemos mucho ajetreo.

—Ajetreo es justamente lo que busco. Es lo mío.

Me gusta tener un objetivo, y un puesto como este implica una responsabilidad y una dedicación que puedo asumir perfectamente.

—Me inclino hacia delante. Tamborileo con el pie en la alfombra, emocionado.

Ansioso y con unos grandes sueños que estoy viendo con claridad por primera vez—.

Por cierto…, se me han ocurrido un par de ideas mientras venía en el coche.

Son unas propuestas poco convencionales, pero que serían beneficiosas para la población. Y para la agencia.

—Soy todo oídos.

—Vale. —Me coloco los bajos del pantalón para ocultar los calcetines de paraguas que me he puesto por la mañana—.

Sería una especie de programa de divulgación con diferentes grupos de centros educativos de la zona para fomentar el interés por la meteorología desde edades tempranas.

El NWS tiene la responsabilidad de estar disponible las veinticuatro horas del día.

Cuando interactúa con el público, casi siempre es porque hay alguna emergencia.

Creo que es importante crear una plataforma que dé prioridad a la educación y a la divulgación para que la gente sepa que puede confiar en ustedes en momentos de crisis.

—Unas sugerencias extraordinarias, Sebastian. —George toma nota en el margen del papel que tiene delante. El cumplido me hace esbozar una sonrisa radiante—. Me encantan los candidatos con iniciativa. Con su experiencia y entusiasmo, no me cabe duda de que su aportación al equipo sería excelente.

Continúa con unas cuantas formalidades más.

Y con algunas preguntas sobre cómo le va a tal o cual persona.

La red de meteorólogos es pequeña pero influyente.

Después de la entrevista, George me hace una visita guiada por el edificio.

Me enseña la sala de operaciones y me presenta a parte del equipo.

Nos acercamos a saludar a Danny, que choca los cinco conmigo de inmediato.

—Me alegro de verte, tío. ¿Qué te parece el sitio? —me pregunta después de que George se haya despedido de mí con un apretón de manos y la promesa de ponerse en contacto conmigo pronto.

—Muy diferente al estudio de Nueva York, pero, créeme, eso no es malo. —Me río mientras echo un vistazo a mi alrededor. Me imagino trabajando allí—. ¿Qué tal el resto de los candidatos?

—Hay una amplia variedad de perfiles. —Señala el dispensador de agua que está al otro lado de la sala y miro hacia donde me está indicando—. ¿Qué sabes de Quincy Monroe?

—Muchas cosas.

—¿Cómo es?

—Vas a tener que ser más específico, tío —le digo.

—Vamos, Seb. —Danny acerca la silla hacia mí—. ¿Es inteligente? ¿Sería capaz de seguir el ritmo frenético al que van las cosas por aquí? Ahora mismo no hay ningún riesgo de huracán en Estados Unidos, pero mañana podría presentarse uno de categoría cinco.

—No has visto su programa, ¿verdad?

—He oído hablar de él, pero no, nunca lo he visto.

—Si lo hubieras hecho, sabrías que es más lista que todos los que estamos aquí juntos. Y seguramente también trabaje el doble que todos nosotros. Créeme cuando te digo que es toda una experta en la materia.

—¿En serio? —Parece impresionado. Y un tanto abrumado. Normal, yo me siento igual. Es el puñetero efecto Quincy Monroe—. Joder. Pues acaba de conseguir un nuevo suscriptor.

—El programa se llama The Rainy Day Show . Tiene más de un millón de seguidores.

—Sabes mucho de ella. ¿Sois muy amigos?

—No es lo que estás pensando. —Me froto la nuca, mirando fijamente hacia el dispensador de agua.

Ella está absorta en una conversación con un tipo que lleva una insignia oficial, asintiendo como si él estuviera diciendo las cosas más interesantes del mundo—.

Y tampoco somos muy amigos, la verdad. «Amigos» es una palabra demasiado fuerte para describir nuestra relación, pero lleva en mi vida quince años. Es ineludible.

—¿Supondría algún problema que uno de vosotros consiguiera el trabajo y rechazaran al otro?

—Chincharla es uno de mis pasatiempos favoritos. Pero no. Somos adultos. Una oportunidad laboral no va a desencadenar ninguna guerra.

—Vaya. Qué pena que no podamos daros el trabajo a ambos. Sería divertido ver cómo os enfrentáis cara a cara. —Danny se levanta de golpe y sonríe. Se aclara la garganta al ver salir a Quincy de la sala de operaciones—. ¿Me la presentas?

—Como se entere de que eres amigo mío, te convertirás en el enemigo público número uno. —Me meto las manos en los bolsillos. La irritación se apodera de mí, pero esbozo una sonrisa falsa—. Aun así, podemos intentarlo.

Charlamos animadamente mientras recorremos el edificio.

Me da más detalles sobre el trabajo en la agencia, me pregunta cómo está Mia y me comenta que hay un equipo de remo para aficionados en Orlando que está buscando un suplente.

Yo le pregunto qué tal le va la vida al margen del trabajo y me río cuando me enseña fotos del perro que adoptó hace tres meses.

Cuando llegamos al vestíbulo, echo un vistazo en busca del reflejo del cabello oscuro de Quincy. Del eco de sus carcajadas o de un atisbo de su sonrisa burlona. Pero allí no hay nadie, salvo una recepcionista sentada detrás de un mostrador enorme. Frunzo el ceño.

—Lo siento, tío —digo—. Debe de haberse ido ya.

—Vaya. Bueno, seguro que la llaman para una segunda entrevista. Ya tendré oportunidad de conocerla entonces. Y me consta que tú también volverás. —Danny me tiende la mano y se la estrecho—. Nos vemos pronto, Seb.