Llueva o truene 12. Sebastian
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12. Sebastian

Sebastian

M e coloco la corbata y frunzo el ceño al ver mi reflejo en el espejo del baño.

Llevo un mes y medio sin salir en la televisión y he olvidado cómo arreglarme para una reunión importante.

No hay equipo de maquillaje ni estilista que me diga qué ropa ponerme.

Tengo la piel más bronceada. He estado viviendo en gorra, camiseta y vaqueros deshilachados por los bajos.

Tengo el pelo constantemente despeinado por la humedad de Florida y probar algo nuevo diez minutos antes de que empiece la entrevista no ha sido precisamente una gran idea.

Parezco uno de esos tipos con un fondo fiduciario y me rindo cuando un mechón rebelde que me he apartado de la frente vuelve a caer justo donde estaba.

—Tendrá que valer —digo y salgo rápidamente al pasillo hacia el vestíbulo.

He llegado al Servicio Nacional de Meteorología un poco antes de tiempo para echar un vistazo al resto de los candidatos, después de que Danny me enviara una solicitud formal de entrevista.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que conozco a la mayoría de las personas que están sentadas en las sillas de cuero.

Veo a Josh Collins, meteorólogo de la WPTR de Orlando, repasando un montoncito de tarjetas con apuntes.

A Bryant Dennings, profesor de la Universidad de Florida Central, revisando un bloc de notas que tiene apoyado en el muslo.

Me sorprende encontrarme a Steven Sheehan, un veterano de The Weather Channel, de pie al lado de la puerta con un traje azul marino, aunque he oído que están sufriendo recortes presupuestarios.

Hoy en día ningún puesto es seguro y me pregunto si soy gilipollas por querer renunciar a un trabajo fijo solo por estar pasando por una mala racha laboral.

Poso la mirada sobre la única mujer de la sala y me quedo paralizado.

Piernas largas cruzadas por los tobillos. Falda lápiz blanca por debajo de la rodilla que le marca los muslos. Tacones negros y una chaqueta azul claro que combina con el cielo del exterior. Sonrío mientras voy hacia allí.

Así que al final ha conseguido la entrevista.

Qué orgulloso estoy de ella.

—Con todos los edificios que hay en el mundo y entras precisamente en el que yo estoy —digo.

Quincy levanta la vista de la ficha que está leyendo. Clava los oscuros ojos marrones en los míos. Entreabre los labios al exhalar y el bolígrafo que tiene en la mano cae al suelo. Alguien que está un par de sillas más allá refunfuña, molesto por el ruido.

—¿Sebastian? —Quincy parpadea. Frunce el ceño y vuelve a parpadear—. ¿Qué haces aquí?

—Bueno, ya sabes. —Señalo a nuestro alrededor y me balanceo sobre los talones—. Se me ha ocurrido ver de qué va el puesto de responsable de ciencia y operaciones.

—No fastidies. —Quincy se levanta. Nuestros ojos están casi a la misma altura.

Parece mucho más alta con los tacones que con las zapatillas y las botas de agua que suele llevar, y necesito recurrir a un autocontrol que ignoraba tener para no fijarme en sus largas piernas—.

¿Quieres trabajar en el Servicio Nacional de Meteorología?

—Tal vez. Podría ser divertido.

—No te entiendo. Has solicitado el puesto, ¿no?

—La verdad es que no. —Me arreglo la corbata y me encojo de hombros—. Un amigo me llamó y me preguntó si quería hacer la entrevista.

—Qué fuerte. —Se ríe con incredulidad—. Cómo no, a Sebastian Dunn le ponen la alfombra roja. Debe de ser agradable querer algo y que te lo sirvan en bandeja de plata.

—Han pensado en mí porque estoy cualificado. No es culpa mía encajar tan bien en el puesto.

Quincy extiende la mano. Me alegro de que todos a nuestro alrededor estén ocupados estudiando sus apuntes y no puedan ver cómo me clava un dedo en medio del pecho. Que no se den cuenta del subidón que siento cuando sus ojos echan chispas. Cuando desliza las uñas por la parte delantera de mi camisa.

¿Cómo se puede ser tan patético como para querer que lo vuelva a hacer?

—Puede que tú estés cualificado, pero yo lo estoy más.

—Niega con la cabeza. Un mechón de pelo se le queda pegado al carmín rojo pasión y lo aparta con delicadeza—.

Tengo un doctorado. Llevo años dedicándome a la investigación y he publicado varios artículos en el Boletín de la Sociedad Meteorológica de Estados Unidos.

Me he dejado la piel para poder conseguir un puesto como este.

Es verdad. Sé que lo ha hecho. Por algo es la única mujer de la sala. Por algo el recién llegado que irrumpe por las puertas del vestíbulo contiene el aliento y la saluda con la cabeza. A ella, no a mí. Porque se merece un sitio en la mesa, aunque nadie la haya invitado.

Le rodeo la muñeca con los dedos. Su pulso se acelera bajo mi mano. Hablo en voz baja para que nadie nos oiga.

—¿Verdad o consecuencia?

—No pienso jugar a eso ahora.

—Entonces verdad. ¿Hasta qué punto te cabrea que esté aquí?

¿Hasta qué punto te pone de los nervios que, hagamos lo que hagamos, no podamos escapar el uno del otro?

El instituto. La universidad. El Servicio Nacional de Meteorología.

Huracanes. Tornados. —Le acaricio con el pulgar el pulso de la muñeca.

Debo de estar delirando porque, por un instante, tengo la sensación de que se acerca más a mí—.

Puede que vaya siendo hora de aceptar nuestro destino, Monroe.

No puedes vivir sin mí. Somos almas gemelas.

Dos amantes predestinados. El principio y el final.

Sus mejillas se tiñen de un bonito tono rosado.

Exhala un hondo suspiro. Se oyen ruidos a nuestro alrededor: una puerta que se abre y se cierra.

El claxon de un coche al otro lado de la ventana.

El nombre de alguien a quien acaban de llamar y unos cuantos murmullos deseándole buena suerte.

Pero yo solo soy capaz de centrarme en ella.

Pero lo mejor de todo, el pequeño detalle que recordaré cuando llegue a casa dentro de unas horas, es que ella también está centrada en mí.

Llevo años intentando llamar su atención y por fin lo he conseguido.

—Lo único que deseo ahora mismo es robarte este trabajo.

—Quincy sube los dedos hasta mi cadena. Tira de ella y me inclino hacia delante, casi hasta rozarla.

Podría besarla si quisiera. Bastaría con bajar un poco la barbilla para que mi boca se posara sobre la suya, y siento la tentación de descubrir cómo sabe.

Los sonidos que emitiría si le mordiera el labio inferior.

Vuelve a tirar de mi cadena y estoy a punto de ponerme de rodillas.

A punto de suplicarle que me permita poseerla de todas esas formas que no dejo de imaginar—.

Y cuando lo haga pienso demostrarte que soy mejor que tú.

—Lo estoy deseando, pequeña Quinny.

—Eres lo peor —dice.

«Y tú una belleza», estoy a punto de contestar.

—Eres tú la que me está tocando. Reconócelo: te gusta estar cerca de mí —replico, conformándome con esa respuesta.

—Hazme un favor. —Quincy baja la vista hacia la cadena que sigue teniendo en la mano. Poco a poco deja que se le escurra entre los dedos—. Esfuérzate al máximo ahí dentro. Déjalos boquiabiertos. Así mi victoria será mucho más dulce.

—¿Algo más? —le pregunto—. Ahora mismo podrías conseguir lo que quisieras.

—No. —Esboza una sonrisa astuta. Maliciosa—. Buena suerte. La vas a necesitar.

Da media vuelta y abandona el vestíbulo haciendo repiquetear los tacones y moviendo las caderas.

La observo mientras se aleja y me avergüenza reconocer que estoy un poco cachondo.

Es por su confianza.

Siempre me pone a cien.

—Sebastian. Es un placer conocerlo. —George Davis, el meteorólogo jefe de la sede del Servicio Nacional de Meteorología en Melbourne, en Florida, me da la mano y me hace un gesto para que me siente frente a él—.

Me han hablado muy bien de usted. Tiene muy buenas referencias y por eso no he dudado en añadir una cita más para incluirlo en las entrevistas.

—Yo también estoy encantado de conocerlo. —Me siento en el sillón de cuero y me pongo cómodo, cruzando un pie sobre la rodilla—. Esta es una oportunidad increíble.

—No me voy a molestar en leer su currículum. Sé perfectamente quién es y me sorprende que quiera dejar la ABC. ¿Tiene algún problema con la cadena?

—En absoluto. Mi etapa en World News Tonight y Good Morning America ha sido maravillosa, pero, personalmente, creo que es hora de pasar página.

—Miles de personas matarían por ese trabajo, y para muchas aceptar un puesto como este sería dar un paso atrás. ¿A qué se debe ese cambio de rumbo?

—Perseguí mi primer tornado a los diecinueve años. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, solo sabía que otras personas a las que les interesaba la meteorología estarían allí y me apetecía probar. No pude elegir un día peor para el avistamiento.

Me río al recodar la tarde que pasé en Bithlo tras unirme a un grupo online de cazatormentas de la zona.

Habían organizado una quedada un sábado por la tarde y fui con la esperanza de ver a Quincy.

La había oído hablar en clase de lo emocionante que era la persecución.

De la descarga de adrenalina que se sentía al ver una nube de embudo de cerca y en persona por primera vez.

Pero no apareció. Oí a Mia hablar con ella por teléfono esa noche y ofreciéndose a llevarle sopa y algún medicamento para el resfriado, pero seguramente fue mejor que se quedara en casa. Me habría tirado todo el día intentando llamar su atención en vez de mirar al cielo.

—Nos pasamos sentados casi ocho horas, sin el menor indicio de que se avecinara una tormenta capaz de generar rotación —digo—. Como bien sabe, el clima de Florida no se parece en nada al de Oklahoma, donde puede formarse una célula gigantesca en un abrir y cerrar de ojos.