11. Quincy #3
No es la primera vez que me toca, pero esta vez es diferente.
Lo hace con muchísima delicadeza y tranquilidad, y mi mente traicionera y miserable no deja de pensar en sus manos y en lo que a Sebastian le gusta hacer con ellas.
En cómo de suave sería su boca sobre mi cuello.
En si sería capaz de levantarme y empotrarme contra una pared, y en si tendrá tatuajes en otras partes del cuerpo que no puedo ver.
El calor vuelve apoderarse de mi rostro. ¿Cómo me sentiría si él bajara la barbilla? ¿Si me susurrara al oído y me pusiera una mano en el muslo? ¿Me halagaría? ¿Me excitaría? ¿Alargaría la tortura hasta que ya no pudiera soportarlo más y le suplicara que me acariciara? ¿Que me dejara correrme?
—Catorce. —Su voz suena distante, como si viniera de otro mundo, y vuelvo a mirarlo. Está observando atentamente mi cara, en concreto el puente de la nariz—. Siempre había sentido curiosidad.
—¿Curiosidad por qué? ¿Qué estás contando?
—Muchas cosas. —Parpadea para disimular su mirada vidriosa, pero deja la mano donde está.
Juraría que me ha acariciado el dorso de la muñeca con el pulgar—.
¿El tatuaje? Es una chorrada. Un recuerdo de borrachera de cuando estuve en Washington, el año pasado.
Acabé haciéndome colega de un tío que había en el estudio tatuándose el nombre de su chica en el pecho.
Y el dorsal de una camiseta. Aunque puede que eso me lo esté inventando.
Me recordaba a un jugador de hockey que me gusta. Aunque es imposible que fuera él.
—Es muy específico para ser un recuerdo de borrachera. ¿Tienes un tablero en Pinterest lleno de tatuajes relacionados con el tiempo?
—Le dije al tatuador que era meteorólogo y que lo interpretara como quisiera. Yo diría que hizo un buen trabajo. ¿Y tú? ¿Tienes algún tatuaje?
—Puede. —Retiro la mano. Doy un paso hacia la izquierda—. Pero no te voy a decir dónde.
—¿Vas a dejar que eche a volar mi imaginación? Qué peligro. —Baja la vista desde mi clavícula hasta mi muñeca. Una exploración minuciosa y exhaustiva que bien podría estar haciendo en una cama. O en el borde de la barra—. Mi mente puede ser muy creativa.
—Imagina todo lo que quieras. Nunca lo verás.
—Me siento aliviada cuando el camarero me da unos golpecitos en el hombro para darnos las copas y una cesta enorme de patatas fritas.
Necesitamos cambiar de tema. Y poner unos cuantos metros de distancia entre ambos—.
¿Cómo llevas lo de vivir con Cooper mientras estés aquí?
—Estupendamente. Pensaba alquilar un Airbnb para estancias prolongadas, pero él tiene espacio y me lo ofreció. No habíamos vuelto a ser compañeros de piso desde que teníamos veinte años y vivíamos en una casucha cutre en Orlando.
—Menudo cambio. Su casa es muy bonita, ¿verdad? El columpio que tiene en el árbol del jardín delantero es precioso. Y también el huerto de atrás —digo—. Muy hogareño.
—Creía que sería raro volver a compartir casa con él.
Al fin y al cabo tenemos treinta y pico años.
La mitad de la gente con la que fuimos al instituto ya va por el segundo hijo.
Pero a veces me siento solo. Y él también.
Tiene unos turnos larguísimos en el parque de bomberos.
Y debe de ver cosas muy fuertes. Me gusta estar en casa cuando vuelve después de una guardia nocturna difícil.
—Sebastian señala mi mesa—. No te das cuenta de lo mucho que echas de menos salir una noche con tus amigos hasta que vives en una ciudad que te hace sentir insignificante y prescindible.
Sigo su mirada y no me sorprende descubrir que sus amigos se han unido a las mías.
Nate le está enseñando algo a Harlow en el móvil.
Cooper está muy cómodo al lado de Mia. Asiente cada pocos segundos, tranquilamente, mientras ella le cuenta una historia larguísima.
Sonrío, encantada con la familia que he formado.
—Eso aquí es imposible. Eres el puñetero Sebastian Dunn.
—Busca la forma de que mi lápida sea igual de enfática, ¿quieres?
—Solo si debajo puedo añadir: «Extremadamente desagradable y nada atractivo». —Me giro hacia la barra y le sonrío a una camarera.
—¿Tenéis kétchup?
—Voy a ver —contesta ella. Se agacha detrás del mostrador y frunce el ceño mientras saca una botella casi vacía—. Lo siento. Solo queda esto.
—No te preocupes. Me llega de sobra. Gracias. —Cojo el bote y miro a Sebastian—. Eres como una roca, Dunn. ¿Me dejas pasar?
—Por supuesto. Pero ya que estás aquí… —Deja la frase en el aire y se mete la mano en el bolsillo de los pantalones cortos. La saca y la abre—. Toma.
La miro fijamente y observo durante un rato los sobres de kétchup que hay en ella, antes de volver mirarlo a la cara.
—¿Y eso?
—Cuando estuvimos en el Waffle House comentaste que solías echarle kétchup a la comida. Supuse que nos íbamos a ver bastante durante los próximos dos meses, así que decidí estar preparado. Nunca se sabe cuándo se van a quedar sin kétchup en el bar.
—¿Llevas… llevas sobres de kétchup para mí? —Al darme cuenta de eso se me empañan los ojos—. ¿Por qué?
—Me parece un buen condimento para tener a mano.
—Eso es… —Extiendo la mano con inseguridad, deseando hacerme con la media docena de sobrecitos, mientras intento por todos los medios ignorar los latidos descontrolados de mi corazón, que está desbocado y va a trompicones—. Gracias.
—No hay de qué. ¿Te ayudo a llevar todo esto a la mesa?
«A la mesa».
Como si hubiéramos ido juntos y fuera algo que hiciéramos todas las semanas.
—Vale. Sí. Me parece bien —digo.
Sebastian coge la copa de Harlow y la cesta de patatas fritas, y se abre paso entre la multitud para volver con nuestros amigos. Se sienta al lado de Nate, roba una patata y se la mete en la boca, y yo estrujo el kétchup que me ha traído con tal fuerza que parece que va a reventar.
—¿Estás bien, Sebby? —le pregunta Nate.
—No. —Me mira a los ojos desde el otro lado de la mesa. Esboza una sonrisa y vuelvo a sentir ese hormigueo, esa sensación tan perturbadora y difícil de definir—. Estoy genial.