11. Quincy #2
—Me da igual quién sea mono y quién no. —Cojo un puñado de anacardos y me los meto en la boca—. Ahora mismo no tengo tiempo para salir con nadie. Estamos en plena temporada de huracanes. Puede que empiece en un trabajo nuevo. ¿Dónde encaja una relación en todo esto?
—Hace demasiado tiempo que no sales con nadie, Quin. —Mia me mira fijamente, como si me estuviera analizando—. Tres años, ¿no?
Más o menos.
Creo que más bien cuatro.
He tenido varias primeras citas. He llegado a algunas segundas, pero es en la tercera cuando las cosas se tuercen.
Estoy demasiado centrada en el trabajo. Me paso días enteros sin mirar el móvil y me pierdo mensajes y planes que quedan en el aire.
Al final siempre acabo disculpándome. Prometo que es algo puntual y que lo dejaremos para otra ocasión, pero esa ocasión nunca llega.
He probado lo de los amigos con derecho a roce, rollos físicos y sin complicaciones. Sin expectativas, sin presión. Esos suelen durarme más, pero al final también acaban fastidiándose.
No es que no crea en el amor, como Harlow.
En el fondo soy una romántica. Me imagino casándome algún día.
Haciendo tortitas un domingo por la mañana con un hombre que me abraza por la cintura y me dice lo guapa que estoy.
Que me saca a rastras del estudio cuando trabajo hasta las mil, sin enfadarse porque haya pasado la tarde delante del ordenador en vez de con él.
Discutiríamos, pero no tardaríamos en besarnos y hacer las paces.
Debe de ser bonito tener a alguien al que se le ilumine la cara al verte desde el otro lado de la habitación.
—Sí. —Remuevo la copa con el palito de canela que sobresale del vaso. Me pregunto cuál será el récord de tiempo sin salir con un hombre. Probablemente me esté acercando a los primeros puestos—. Por ahí.
—¿Podría ser porque te gusta otra persona? Por ejemplo… —Mia sonríe con picardía—. ¿Mi hermano?
—¿Qué? —exclamo, atragantándome—. ¿Es una broma?
—He visto los vídeos de Claudia. Entre vosotros dos hay química.
—Los dos somos unos apasionados de la meteorología y nos entusiasma entregarnos a ella. Eso no es química. Es ser profesional cuando me veo obligada a estar con él un buen rato. Y más delante de la cámara. No me puedo permitir que el Club de Fans de Sebastian Dunn se me eche encima.
No les cuento lo de la cena en el Waffle House.
No les digo que fui con él porque me apetecía, que me senté a escuchar cómo me contaba con voz rasgada y desgarradora unos secretos tan íntimos y oscuros que ni siquiera sus mejores amigos conocían.
No comento lo vulnerable que me pareció ni el dolor que eso me causó.
Y, por supuesto, tampoco menciono lo de la sudadera que intenté devolverle cuando me llevó hasta el coche ni que la imagen de él negando con la cabeza y diciéndome que me la quedara me acompañó durante todo el camino de vuelta a casa.
—Ya no lo insultas tanto —añade Harlow—. Puede que pasar más tiempo con él te esté haciendo cambiar de opinión.
—Que no recurra a la violencia no quiere decir que seamos amigos.
Aunque es posible que verlo rescatar a aquella mujer me hiciera pensar que puede que haya una pizca de generosidad en su interior.
—Le doy un trago a la copa para intentar aclararme las ideas.
Para serenarme un poco antes de continuar.
Todavía tengo la imagen del coche atrapado en el agua grabada en la mente.
Insiste en aparecer cuando intento conciliar el sueño.
Se reproduce como una película en plena noche: la imagen de su fuerte cuerpo de remero atravesando el agua como si fuera una fuerza de la naturaleza—.
Me alegra saber que no es un arrogante engendro de Satanás total.
—¿Eso es lo que opinas de mí? —La voz me llega desde atrás y me acaricia la espalda. Me roza la cara interna del muslo con la ligereza de una pluma y me lo mordisquea—. Creo que esta es la mejor noche de mi vida.
Se me seca la boca. Una vergüenza candente se apodera de mí y tengo la sensación de que en el bar hace muchísimo más calor que hace un par de minutos. Mi tensión arterial se dispara. Cierro los ojos, los vuelvo a abrir mientras giro la cabeza y una daga se me clava en medio del pecho.
Allí, mirándome fijamente, con el pelo revuelto y la cadena del cuello entre los dedos, se encuentra Sebastian, dedicándome la mayor sonrisa de suficiencia del mundo.
—Hola, Harlow. Hola, Mia. —Mira a mis amigas mientras se recuesta contra la pared, como si tuviera intención de quedarse un buen rato—. ¿Estáis disfrutando de la noche?
—¡Seb! —Mia se levanta de un salto y le da un abrazo—. Cuando me dijiste que ibas a salir con los chicos, pensé que iríais a The Hideout o a algún restaurante del pueblo.
—Y yo, pero hemos decidido cambiar de aires. —Él le revuelve el pelo y sonrío encantada al ver que ella le da un golpe en el estómago con los nudillos. Sus ojos oscuros vuelven a centrarse en mí—. No sabes cuánta ilusión me hacen tus amables palabras. ¿Has vuelto a escribir mi nombre en tu diario?
—Más quisieras —replico.
—Qué pena. Seguro que haríamos buena pareja.
Me ruborizo tanto que debo de tener las mejillas rojas como tomates.
Me echo el pelo por detrás del hombro, intentando fingir indiferencia ante su repentina aparición, pero lo pillo bajando la mirada hacia mi boca.
Observa las comisuras de mis labios por unos instantes, con las pupilas dilatadas, y aparta la vista.
—Necesito otra copa. —Le doy con el codo en el brazo al levantarme—. ¿Alguien más quiere algo?
—Yo me voy a tomar otro de estos brebajes especiados. —Harlow coloca las copas en una fila perfecta—. Gracias, mejor amiga.
—¿Mia?
—No, gracias —responde y se lleva una mano al estómago—. Pero me apetece comer algo. Estoy muerta de hambre y no he cenado nada.
—Marchando una ración de patatas fritas bien saladas. —Rozo a Sebastian al pasar y me detengo para girar la cabeza y mirarlo—. ¿Se te da bien seguir instrucciones, Dunn?
—De maravilla, Monroe.
—Genial. Pues ven conmigo —replico. Él se ríe y me sigue.
Cuando por fin logramos llegar a la barra, vemos que hay muy poco espacio.
Un tipo que lleva un par de cócteles de más tropieza conmigo y estoy a punto de caerme.
Sebastian se pone detrás de mí, pega el pecho a mi espalda y apoya las manos en la barra a ambos lados de mis brazos para mantenerme a salvo.
—¿Estás bien? —me susurra al oído.
—Sí. —Me aclaro la garganta y bajo la mirada hacia sus enormes manos.
Tiene una cicatriz en el nudillo del dedo anular derecho y me pregunto qué historia se esconderá detrás de esa marquita.
¿La de un Sebastian pequeño y travieso que se hizo daño por ser demasiado bruto jugando?
¿La de un Sebastian adulto que se enganchó en una rama mientras perseguía una tormenta? ¿Por qué me importa?—. Gracias.
—¿Cuál es tu cóctel favorito? —Agacha la cabeza para que pueda oírlo por encima del partido de béisbol que hay en la tele—. A ver si lo adivino. ¿El huracán?
—Tengo que salir más y encontrar aficiones nuevas. Mi vida no gira en torno a los fenómenos meteorológicos. —Me quedo callada—. Aunque de vez en cuando sí me gusta tomar algo dulce. Sobre todo si lleva ron.
—Lo sabía. Vale. Pues nada de sabores tropicales esta noche. ¿Qué quieres tomar entonces?
—Lo último que nos ha traído Mia. Si no estuviera disfrutando de ese rollo navideño en pleno julio, me tomaría un gin-tonic con lima.
—Después de pedir, me giro para mirarlo, con la parte baja de la espalda apoyada en la barra.
Eso hace que nuestros cuerpos se acerquen más y doy por hecho que él se va a mover para darme un par de centímetros de espacio.
Pero Sebastian deja las manos donde están.
Sus antebrazos son como una fortaleza, y él, mi guardaespaldas personal en ese local abarrotado—. ¿Y el tuyo?
—Nunca me han gustado las cosas demasiado sofisticadas.
—Hace un gesto vago por encima del hombro y veo la mesa en la que están sentados sus amigos.
Cooper nos saluda con la mano mientras coloca las botellas de cerveza vacías en forma de triángulo.
Una de ellas tiene un gorrito hecho con una servilleta doblada—. Soy más de cerveza.
—¿No te gustaba salir de fiesta en la universidad?
—Estaba demasiado ocupado intentando estar a tu altura en clase. No podía presentarme en Química Atmosférica con resaca y pretender sacar tan buenas notas como tú.
—¿Quién iba a imaginar que solo hacían falta unas copas para que admitieras que yo soy más lista?
—No tergiverses mis palabras, pequeña Quinny. —Baja la barbilla y exhala con un murmullo grave—. Pero que conste que eres bastante más inteligente que yo.
Me muevo nerviosa mientras su cumplido me atraviesa las costillas.
—¿Verdad o consecuencia, Dunn?
—Me encanta que me sigas el juego. —Su sonrisa es lo más brillante que hay en el bar. Como las luces centelleantes de un árbol de Navidad en diciembre. Del tono exacto de la luz del sol—. Verdad. Pregúntame lo que quieras.
—Háblame de tu tatuaje.
No sé si es por lo cerca que está de mí, por el olor ahumado que flota en el aire, o porque me he desinhibido y estoy más relajada.
O porque la puñetera escena del rescate vuelve a reproducirse en mi cabeza.
El caso es que de repente extiendo la mano y le subo la manga.
Le doy unos toquecitos con los dedos al nubarrón que tiene tatuado en el brazo y acaricio con las uñas su piel cálida.
Recorro con un dedo el contorno de las gotas de lluvia y su mano se cierra sobre la mía, pesada y firme. Sebastian guía lentamente la mía hacia el micrófono y luego al rayo que tiene en el bíceps, y el tiempo se detiene.