11. Quincy
Quincy
A l volver de Miami, los días pasan volando entre retransmisiones en directo y sesiones de preguntas y respuestas, a lo que hay que añadir una cena en casa de Cooper en la que Sebastian y yo les contamos a nuestros amigos cómo fue la persecución de Claudia.
Se forman dos sistemas tropicales más en el Atlántico, pero el débil anticiclón de las Bermudas les hace quedarse en alta mar.
Mis redes sociales empezaron a echar humo después de que Sebastian me etiquetara en aquella foto con las gafas de ventisca y el casco.
Ahora tengo cien mil seguidores nuevos. De vez en cuando me sorprendo entrando en su perfil para volver a ver esa imagen, hasta que me doy cuenta de lo que estoy haciendo y entierro el móvil debajo de uno de los cojines del sofá para no caer en la tentación de volver a cogerlo.
Me resulta fácil volver a la rutina. Me organizo para compaginar el trabajo con ayudar a Mia y a Harlow con los principales preparativos de la boda.
Ya hemos elegido los centros de mesa y los colores de las servilletas.
Hemos encargado los vestidos de las damas de honor, hemos cerrado la lista de invitados, y al atardecer nos sentamos en el porche a compartir una botella de vino y relajarnos mientras hablamos de cómo ha ido el día.
El tercer viernes de julio trae consigo la tentación de apagar el ordenador antes de lo habitual. Me cuesta concentrarme porque, al mirar por la ventana del estudio, veo uno de esos días de verano tan poco frecuentes en los que no hay ninguna tormenta vespertina al acecho.
Sopla una brisa suave y el cielo se encuentra despejado.
La temperatura está a medio camino entre lo sofocante y lo medianamente soportable, y me apetece un poco de aire fresco.
Cierro las ventanas del ordenador en las que estaba trabajando y me sorprende ver un correo sin leer en la bandeja de entrada.
Frunzo el ceño y el corazón me da un vuelco al pinchar en el asunto y echar un vistazo a las primeras palabras.
Me quedo boquiabierta a medida que sigo leyendo y el pulso se me acelera al llegar al final del mensaje.
Tengo que leerlo una segunda vez para asegurarme de que es real.
—Joder —susurro—. Joder.
Cojo el móvil y llamo a Harlow por FaceTime antes de que me entre un ataque de pánico. Empiezo a dar vueltas por la habitación mientras espero nerviosa a que conteste. Cuando por fin lo hace, la oigo bostezar.
—¿Quin? —Harlow apoya el teléfono en el salpicadero de la cocina. Sale del plano y vuelve con una cafetera y una taza cubierta de dedos corazones levantados, que llena hasta el borde—. ¿Me he perdido algo importante?
—Tengo novedades —digo sin aliento. No me lo puedo creer—. Espera, voy a añadir a Mia.
—¿Debería sentarme? ¿Tienes un acosador? Era solo cuestión de tiempo que algún pervertido de internet descubriera dónde vives.
—No tengo ningún acosador. No cuelgues. —Toco la pantalla, selecciono el contacto de Mia y sonrío al ver su cara ocupando la mitad de la pantalla—. ¿Me oyes?
—Qué divertido. —Mia se gira y cierra las cortinas que tiene detrás del escritorio. Mientras lo hace, veo la copia impresa de la lista de best sellers de The New York Times que Harlow y yo le regalamos colgada en la pared rosa de su despacho—. ¿Quedamos para cenar esta noche?
—Tengo que contaros una cosa. —Me siento en el sofá que hay en un rincón del estudio.
Me tiemblan las manos mientras vuelvo al principio del correo electrónico.
Una tercera lectura me confirma que sigue siendo cierto y suelto una carcajada—.
Voy a hacer una entrevista para el Servicio Nacional de Meteorología.
Tras unos instantes de silencio, se desata el caos.
Mia chilla. Harlow se lanza a soltar un apasionado monólogo sobre las mujeres fuertes y la necesidad de poner a los hombres en su sitio. Yo intento contener las lágrimas mientras disfruto de sus muestras de afecto y me las guardo en el corazón.
—¡Quin! —Mia aplaude—. Eso es muy fuerte.
—Sabía que querrían entrevistarte —dice Harlow—. ¿Cuándo es?
—El próximo lunes. —Me río de nuevo, sin importarme que las lágrimas fluyan libremente.
Todo eso es demasiado surrealista. Algo que no habría imaginado ni en mis sueños más locos; es como si todas las horas que he dedicado a mi trabajo estuvieran dando sus frutos.
Como si por fin estuviera obteniendo el reconocimiento que me merezco—.
No puedo creer que estén interesados en hablar conmigo.
—Me alegro mucho por ti. —Mia se sorbe la nariz y busca un pañuelo—. Vas a ser una estrella.
—Ya es una estrella. Sus vídeos del huracán Claudia tienen tres millones de visitas y la cifra sigue aumentando —replica Harlow.
Por no hablar de los cientos de comentarios en los que me preguntan cuándo volverá Sebastian a The Rainy Day Show .
Cada vez que entro en redes sociales, hay más y más mensajes pidiéndome una colaboración con él.
Hasta han hecho un vídeo con imágenes de ambos, un collage cinematográfico con clips de la persecución frustrada del tornado y de la cobertura de Claudia que han recopilado.
Cuando se lo envié a Sebastian, me respondió con un montón de emojis de caritas sonrientes y el enlace a una canción de Misión: Imposible .
—No quiero adelantarme a los acontecimientos. —Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá. El ventilador de techo oscila sobre mí, y vuelvo a sonreír—. Pero esto merece una celebración, ¿no?
—Por supuesto. —Mia se pone a girar en la silla, chillando—. Esta noche te prohíbo quedarte sola en casa.
—Hay un bar cutre muy chulo en Orlando. Conozco a uno de los camareros —dice Harlow—. Copas baratas. Buen ambiente. El sitio perfecto para una celebración que no es una celebración. A la primera ronda invito yo.
—Vale, pero yo me pido la segunda ronda y la tercera —replica Mia—. Qué orgullosa estoy de ti, Quin.
—Gracias. —Noto una sensación cálida en el pecho. La felicidad se apodera de mí—. Yo también estoy orgullosa de mí misma.
—El camarero nos ha invitado a estas copas.
Dice que llevan canela y bourbon, y me ha parecido que tenían buena pinta.
Muy navideñas para ser julio. —Mia deja tres vasos en medio de la mesa y se sienta, antes de darme una palmadita en el muslo—.
No todas somos chicas de verano, Quin. A algunas nos gusta el invierno.
—Oye, que a mí también me gusta el invierno. Sudaderas oversize, calcetines de felpa… Es una estación maravillosa.
—Un brindis. —Harlow levanta la copa y las demás la imitamos—. Por Quincy, la mejor meteoróloga del mundo. Eres inteligente. Buena persona. Toda una revolucionaria, nena, y te mereces ese trabajo más que nadie. Estoy deseando ver cómo los dejas con la boca abierta.
—Consigas o no el puesto, siempre estaremos orgullosas de ti —añade Mia—. Somos afortunadas de tenerte como amiga.
—Caray. —Se me escapa una risita llorosa. Le doy un trago al cóctel especiado para mantener a raya mis emociones—. Me he prometido a mí misma que hoy no iba a volver a llorar. Pero estáis haciendo que me resulte imposible.
—Yo no he venido aquí a lloriquear. Ya está bien de tanta sensiblería.
Te queremos. Estamos orgullosas de ti, y la semana que viene ya nos contarás cómo ha ido.
—Harlow se abanica la cara y solo se interrumpe para coger un puñado de frutos secos del cuenco de porcelana del que hemos estado picando—.
¿Podemos hablar de otra cosa? Siento una presión enorme en el pecho.
—Se llama «ser humana», cielo. —Estiro el brazo hacia el otro lado de la mesa y le agarro la mano.
Se la estrecho una vez y sonrío cuando me devuelve el apretón—.
Pero, sí, por favor. No llevo rímel resistente al agua.
Podemos hablar de lo rico que está el cóctel, aunque tú lo harías muchísimo mejor, Har.
—Yo le añadiría un poco de piel de naranja para acompañar. —Bebe un sorbito—. Sí. Está claro que le falta algo.
—¿Ves? Eres increíble. Yo ni sabría decir qué ingredientes lleva esto y tú eres capaz de preparar veinte cócteles diferentes con vermut —digo, riéndome—. Por cierto, tengo que echarte la bronca, Mia Dunn.
—¿Qué he hecho? —pregunta mi amiga.
—Quieres que celebremos lo mío, pero tú también tienes algo que celebrar. ¿Cuándo pensabas contarnos que has firmado un nuevo contrato de siete cifras por tres libros? —le pregunto—. Eso es una pasada.
—¡Mia! —Harlow la mira boquiabierta—. Ya te vale.
—¡Lo siento! La única vez que he mirado hoy el móvil ha sido cuando me habéis llamado por FaceTime y se me ha olvidado que iban a anunciarlo esta tarde en las redes sociales.
No os lo he contado porque siempre me pongo…
un poco nerviosa, supongo, por si las cosas no salen bien.
Las editoriales están constantemente anunciando nuevos contratos, pero, hasta que no es algo seguro, hasta que no entro en una librería y veo un ejemplar físico de mi libro, me cuesta creer que es verdad.
—Pues claro que es verdad. Tienes un talento enorme y no lo digo porque seas mi amiga. Lo digo porque estoy completamente convencida —le aseguro.
—Eres la única persona capaz de conseguir que me trague una novela romántica —declara Harlow—. Así de buenos son tus libros.
—Vais a hacer que me ruborice. Gracias. Cada vez que publico una novela, pienso que va a ser la que ponga fin a mi carrera por no ser lo suficientemente buena. Porque no se va a vender o porque a la gente no le va a gustar nada. Llevo ya seis y sigo sin creerme que este sea mi trabajo.
—Estoy deseando tener una estantería entera llena de best sellers de Mia Dunn —digo, con una sonrisa—. Las copias firmadas que me envías son mis bienes más preciados.
—Ya sabéis que agradezco vuestro apoyo, pero ¿por qué no hablamos de que el chico que está cuatro mesas más allá no ha dejado de mirar a Quincy desde que hemos entrado? —Mia acerca el taburete a la mesa y apoya los codos en ella—. Es muy mono.
—¿Cuál? —Harlow estira el cuello y suelta un murmullo de aprobación—. Pues sí, es monísimo.