10. Sebastian #4
—¿Verdad o consecuencia, Monroe?
—¿Seguimos jugando a eso?
—Necesito conocer todos tus puntos débiles. Y así animamos un poco el ambiente.
—Verdad.
—Retomemos la conversación de antes sobre las citas y la vida personal. Pagar a medias.
—De eso nada. Ni de coña.
—¿Estás saliendo con alguien?
—No pienso contestar.
—Venga ya. ¡Hemos pasado juntos un huracán! Tienes que contármelo.
—Era de categoría uno.
—Da igual. Siguen siendo aplicables las reglas de los desastres naturales. Si pasas por un fenómeno meteorológico extremo con alguien, tienes que contarle un secreto. Vamos, Monroe. Suéltalo ya.
—Uf. Vale. —Suspira y apoya la barbilla en la palma de la mano—. No estoy saliendo con nadie. Lo he intentado, pero nunca funciona. Cuando le digo a la gente a qué me dedico, o no me creen, o me preguntan si me lo he montado con alguien en medio de un tornado.
Me atraganto con el café. Se me cae un poco por la barbilla y me lo limpio con el pulgar.
—Me tomas el pelo. ¿Qué tipo de fijación tienes con las tormentas que generan rotación?
—Ojalá fuera broma. —Se ríe—. No sabes lo rápido que me bloquean en las apps de contactos cuando empiezo a hablar de la pesadilla logística que supondría echar un polvo en una zanja mientras suena de fondo algo parecido al silbido de un tren.
—Música ambiental. ¿Para qué quieres jazz suave cuando puedes escuchar cómo el cielo se parte en dos y a la Madre Naturaleza sembrando el caos entre la humanidad? A mí me pone a cien, desde luego.
—Por favor. He visto imágenes tuyas vestido de esmoquin y con mujeres posando, agarrándote del brazo.
En la sesión de fotos que hiciste para Vogue había un montón de gemelos caros y zapatos relucientes.
Y no olvidemos el robado de los paparazzi en el que sales con una rubia no identificada.
—Quincy se aclara la garganta mientras se revuelve en el asiento—.
Las mujeres siempre son guapísimas. Seguro que te acuestas con una modelo cada noche, ¿no?
—Sabía que estabas obsesionada conmigo, pequeña Quinny. ¿Tienes fotos mías de esa sesión en la habitación como si fuera un icono de los noventa? No se lo diré a nadie. —Ella me da una patada en la espinilla y esbozo una sonrisa burlona—. En cuanto a la pregunta sobre mi vida sexual…
—Yo no te he preguntado por tu vida sexual.
—La mujer rubia no identificada era mi amiga Rosie, que quería que la ayudara a elegir un regalo de cumpleaños para su mujer.
Estábamos discutiendo sobre si debía comprar entradas para los Knicks o los Nets, y al final se decidió por un partido de los New York Rangers porque a su chica le encanta el hockey.
Y en lo que respecta a las modelos con las que supuestamente me acuesto, las páginas web de cotilleos que lees están muy equivocadas.
Ya te he dicho que no salgo con medio Nueva York, lo cual incluye las relaciones físicas.
Hace meses que no estoy con nadie —reconozco.
Ya casi un año, de hecho. O puede que más. Dejé de llevar la cuenta en Navidad, después de pasar por una racha de tres meses en la que me masturbaba con una camiseta vieja para poder sentir algo más que amarga frustración.
Hablaba en serio cuando dije que nadie me había llamado la atención ni me había interesado durante más de un par de segundos. Todas las mujeres que conozco están bien. Son personas encantadoras que algún día harán muy feliz a algún hombre, pero no encajan conmigo.
A mí no me basta un «bien».
—Ah. —Quincy carraspea—. Pues… me alegro por ti. ¿O debería compadecerte?
—Gracias por tus cumplidos, significan mucho para mí.
—Esquivo la servilleta que ella me lanza a la cabeza y me giro para disculparme cuando aterriza en la mesa de atrás, en la que ahora hay otros clientes—.
Soy yo el que se alegra de que tú no te conformes con cualquiera.
Y de que no pierdas el tiempo con hombres que creen que aparcar bajo un paso elevado durante un tornado es seguro.
—No tenemos remedio, ¿verdad? —Quincy se ríe en voz baja, exhausta. Levanta la taza de café hacia mí, en un gesto conciliador—. Brindo porque encuentres a tu chica haboob .
—Está ahí fuera, en algún sitio. Seguramente esperando a que el polvo se asiente.
—Tus chistes me empiezan a parecer malísimos, lo que significa que es el momento de que me lleves de vuelta al coche. Se hace tarde y ya he tenido suficiente Sebastian Dunn por hoy.
—Una retirada a tiempo es una victoria. —Saco la cartera del bolsillo y dejo un par de billetes sobre la mesa—. Pero eso no me preocupa. Un día de estos conseguiré que cambies de opinión.
—Yo no lo tengo tan claro. —Se desliza por el banco del reservado y se pone en pie—. Tendrás que seguir intentándolo.
—Aún faltan varios meses para que me vaya, Monroe.
—Yo también me levanto. Puede que ella sea alta, con su metro setenta y cinco, pero yo lo soy más.
Me gusta que tenga que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos—.
Menos mal que la tenacidad siempre ha sido una de mis mayores virtudes.