10. Sebastian #3
—Te dije que parecías un mapache mojado.
Toma. —Me quito la sudadera y se la paso.
Es viejísima, ya poco más que un harapo; tiene la manga derecha rota y le faltan los cordones, pero cumple su función.
Es muchísimo mejor que la ropa mojada que lleva puesta y no me gusta verla pasar frío—. Ponte esto.
—Qué va. Estoy bien.
—Venga ya. —Me inclino hacia delante y mis muslos chocan contra la mesa. Le dejo la sudadera en el regazo y vuelvo a sentarme—. No te va a morder.
—¿Seguro? —pregunta.
—Solo hay una forma de averiguarlo.
En lugar de ponérsela, se la extiende sobre las piernas. Se mete las mangas por debajo de los muslos y exhala un suspiro de satisfacción que es infinitamente mejor que ver cómo le castañetean los dientes. Contengo otra sonrisa al verla acariciar el algodón raído y enroscar los dedos en la capucha.
—Gracias —dice finalmente.
—Para eso estamos.
La conversación se va apagando mientras devoramos la comida.
Se oyen murmullos de satisfacción por la mantequilla derretida.
Nos pasamos la botella del sirope por la mesa empujándola con los nudillos, y llega la segunda ración de gofres que ambos hemos pedido.
También las patatas fritas que ella ha añadido antes de pedir un poco de kétchup y confesarme avergonzada que le encanta echárselo a casi todo.
Cuando acabo de comer, suelto un gemido.
—Hacía tiempo que no tenía un día tan intenso. —Quincy coge el café—. Siempre tardo un par de tormentas en recuperar el ritmo.
—Te entiendo perfectamente. Cuando te adaptas a la que será la nueva rutina durante los próximos cinco meses, es revitalizante, la verdad.
Me froto el pecho con la mano, consciente de que ese ha sido un día más que revitalizante.
Me da demasiado miedo contarle que, cuando estoy en el estudio de Nueva York, me siento como si tuviera claustrofobia.
De hablarle de las tardes que paso allí encerrado echando de menos el aire fresco, la vida de pueblo y tomarme un té helado en un tarro de cristal en el porche de Cooper, con mis amigos.
Así que me decanto por el tema que ambos estamos evitando. La otra parte no pienso contársela.
Todavía.
Me gusta demasiado esta burbuja que hemos creado como para reventarla diciéndole que los dos queremos el mismo puesto de trabajo. Eso abrirá antiguas heridas y quiero seguir disfrutando de este momento todo lo que pueda. Es demasiado bonito como para renunciar a él tan rápido.
—Bueno. Así que el NWS —digo, con la esperanza de que todo lo que hemos vivido hoy le haya hecho olvidar mi primera reacción al enterarme de la noticia por Ernie.
O de que, si se dio cuenta de mi cambio de actitud, ya se le haya olvidado.
Hemos vivido cien vidas desde entonces. Seguro que es lo último en lo que está pensando—. Eso es nuevo.
—Hacer vídeos es genial, pero quiero ir más allá.
Involucrar a la gente en la acción es lo mejor que puedo hacer para cambiar las cosas.
Los seguidores, las cifras y todas esas cosas me dan igual.
Suena muy cursi, pero me gustaría… ser una fuente de inspiración, supongo, para la próxima generación de amantes de la meteorología.
Sobre todo para las chicas jóvenes. Recuerdo que, de pequeña, veía todas las noches a la meteoróloga de la televisión local.
Le apasionaba tanto el tema que me transmitía esa pasión y me hacía querer sentir lo mismo.
Me estoy dando cuenta de que lo que más me gusta es estar en plena tormenta.
Y eso hace que me pregunte si habrá alguna forma mejor de…
—Quincy se queda callada y deja la frase en el aire.
No sé lo que iba a decir, pero está claro que para ella es un secreto, así que no insisto—. Perdona. Me estoy yendo por las ramas.
Al escucharla me resulta obvio por qué quiere dar un giro a su vida y probar algo nuevo. Cree que debe esforzarse más y tener un objetivo más ambicioso. Como si lo que hace ahora no fuera suficiente, cuando eso no es en absoluto cierto.
—Qué va —le digo—. Te entiendo. Yo tengo el trabajo más fácil del mundo. Miles de personas de nuestro campo matarían por salir en directo una hora al día y ganar un sueldo de siete cifras. Pero últimamente no paro de preguntarme de qué sirve todo eso si no eres feliz.
—Un momento. —Su expresión se suaviza. Aparta el plato y se inclina para acercarse más a mí—. ¿No eres feliz?
—No es que no sea feliz. Es que… estoy quemado. Estancado. —Se me escapa sin poder evitarlo y pongo cara de circunstancias—. Me encanta mi trabajo, pero no me gusta lo que hago. Al menos ahora mismo no. ¿Me explico?
—Ah. —Quincy abre mucho los ojos al darse cuenta de la realidad—. Por eso has vuelto en verano. No solo para rodar una serie documental.
—No, no solo ha sido por eso. La gente solo ve… —Suelto una risa de autodesprecio. Siento una presión en el pecho, como un hematoma que no desaparece—. Solo ve la versión de mí mismo que yo he creado y compartido en redes sociales.
—Al chico de oro de la meteorología.
—Exacto. Pero es una caricatura. Cuando me ven por ahí, no les interesan mis ilusiones ni mis sueños.
Lo único que quieren es que improvise algún rap sobre sistemas de alta presión, nubes noctilucentes y…
¿Alguna vez has visto una nube noctilucente, Monroe?
¿Una de esas nubes ligeras y difusas que brillan?
Son una puta pasada. En fin… —Me froto la cara con la mano.
Ella sonríe. Eso me anima a continuar—. Nadie me ve nunca como soy en realidad.
«Ahí está Sebastian Dunn, el cazatormentas».
A pocos les interesa Sebastian Dunn, el tío normal y corriente que solo busca un poco de felicidad.
—¿La meteorología te hace feliz?
—Últimamente no. Pero ¿hoy? Hoy he vuelto a atisbar aquella felicidad que solía sentir y eso me ha dado esperanza.
—Suelta un gruñido—. Ya me vale. Yo aquí quejándome de un trabajo del que vivo estupendamente, cuando hay personas que hoy se han quedado sin casa. Tengo que replantearme mis prioridades.
—Cada cual tiene sus problemas. Que hoy no te hayas quedado sin casa no significa que lo que sientes no sea válido.
—Quincy tamborilea con los dedos sobre la mesa, pensativa—.
Yo creo… creo que la vida es demasiado corta como para hacer cosas que no te hacen feliz.
Y no pasa nada por estar quemado, pero no conviene alargarlo demasiado en el tiempo.
A lo mejor… a lo mejor tienes que pasar por una fase de estancamiento e infelicidad para darte cuenta de que hay cosas mejores por ahí.
¿Cómo vas a saber si lo que estás haciendo funciona si no tienes que esforzarte para conseguirlo? En realidad así merece más la pena.
—Eso es… —Esta vez mi risa es más amable y sincera—. Es un punto de vista muy interesante. Gracias por escucharme. Cooper y Nate no saben que estoy mal.
—Pues deberías contárselo. —Quincy ladea la cabeza y me mira atentamente. Me encanta que me preste atención—. Te adoran. Lo único que quieren es que seas feliz.
—Sí. Debería hacerlo. —Bebo un sorbo de café—.
Esta charla tan motivadora me ha ayudado.
Y, ya que estamos, creo que lo harías fenomenal en el NWS.
—Le doy un golpecito en la pantorrilla con el pie con la esperanza de que, cuando se entere de que vamos a optar al mismo puesto, entienda el motivo—. Recuerda que eres la leche.
—No lo he olvidado. —Esboza una sonrisa—. Gracias, Dunn.