Llueva o truene 10. Sebastian #2
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10. Sebastian #2

—Espero que nadie esté usando generadores dentro de casa.

—Quincy pega la nariz a la ventanilla y empaña el cristal con el aliento.

Cada vez que la miro, se está mordiendo el labio inferior.

Escudriña las calles como si quisiera cerciorarse de que nadie necesita ayuda, y siento un dolor agudo y punzante en el pecho—.

Siempre le recuerdo a la gente que puedes intoxicarte con el monóxido de carbono.

—El miedo lleva a las personas a hacer cosas que normalmente no harían. Y les hace olvidar otras.

—¿Verdad o consecuencia, Dunn? —me pregunta. Yo sonrío.

—Verdad, Monroe.

—¿Cuál es el peor desastre natural que has cubierto?

—Caray. —Exhalo un suspiro—. Es una pregunta difícil.

Hace un par de años hubo unas inundaciones tremendas en Tennessee.

Estuve monitorizando el sistema durante los días previos y la ABC decidió enviarme allí.

Fue… —Niego con la cabeza—. Nunca había visto tanta devastación.

Algunos pueblos desaparecieron del mapa.

Lo peor fueron las labores de búsqueda y rescate.

—Lo siento. —Extiende una mano y me la pone en el antebrazo. Menos mal que voy muy por debajo del límite de velocidad porque estoy a punto de dar un volantazo hacia la derecha al sentirla—. Seguro que no fue fácil.

—He visto de todo. Y tú también. Pero ¿encontrar ositos de peluche varados en la orilla del río?

¿Casas enteras que han sido arrastradas kilómetros por la corriente?

Esas cosas te dejan hecho polvo. —Me tomo unos instantes para alejar esas imágenes de mi mente.

No es algo en lo que me apetezca pensar—.

La gente da por hecho que nos volvemos insensibles a la destrucción al tener tanto contacto con ella.

Puede que a algunos meteorólogos y periodistas les ocurra, pero yo lo sigo pasando fatal.

Cada vez que doy a conocer el número de víctimas mortales de un terremoto, un deslizamiento de tierra o un tornado que arrasa las Grandes Llanuras en plena noche, se me encoge el corazón.

Una persona. Treinta. Da igual. El dolor es el mismo.

—No he estado en muchas operaciones de rescate después de un desastre natural.

No sé si lo soportaría. A veces tengo la sensación de que las cosas me afectan demasiado.

Como si fuera demasiado sensible para esto.

—Me quita la mano del brazo y señala el parabrisas—.

Pero es importante contar esas historias, ¿no?

Para que la gente recuerde por qué hacemos lo que hacemos.

—Sí. —Noto la garganta seca al tragar—. ¿Y tú? ¿Cuál es el peor desastre natural que has vivido?

—Un huracán de categoría tres, hace dos veranos. Arrasó todo un parque de viviendas móviles.

—Joder. —Clavo la mirada en la carretera, tan agotado que podría dormir quince horas seguidas.

Se me está pasando el subidón de adrenalina de la tormenta y no hay mejor tipo de cansancio que este.

Me pesan los párpados y estoy físicamente agotado—.

Cada vez que vuelvo de cubrir un desastre natural, ya sea una ventisca de nieve, un incendio forestal, una tormenta de polvo…

—Un haboob .

—Un haboob . —Sonrío—. Me siento afortunado, ¿sabes?

—¿Por eso hoy ha sido un buen día?

—Entre otras cosas. —Señalo el enorme cartel que tenemos delante—. Tachán. Ya hemos llegado.

—¿Un Waffle House? —Quincy se ríe. Se enrosca las puntas húmedas del pelo en un dedo y vuelve a soltarlas—. ¿En serio?

—Por favor, dime que te fías del Índice Waffle House, Presi.

—Pues claro. Si es lo suficientemente bueno como para que el director de la Agencia Federal de Gestión de Emergencias lo utilice en caso de desastre natural, es lo suficientemente bueno para mí.

—Así se habla —digo mientras abro la puerta del coche con energías renovadas al ver que ella acerca la barbilla al pecho para ocultar el rubor de sus mejillas—. Debemos de estar fuera de peligro. Mira el plato de comida que acaba de servir el camarero.

—¿No te parece alucinante que una cadena de restaurantes esté relacionada con la gestión de riesgos? —Quincy se baja del coche y cierra la puerta—. Supongo que es una buena noticia para la gente. Cuando un Waffle House está cerrado es porque ha habido daños graves, lo cual no es bueno para nadie.

—Y menos si tienes hambre. Lo único que he comido hoy es un paquete de pipas de girasol y una barrita de proteínas durante el viaje en coche.

—¿Parezco una rata mojada? —Se pone delante de mí y hace una mueca. Bajo la mirada por su cuerpo, empezando por la camiseta que se ciñe al contorno de sus pechos y acabando por las botas de agua que le llegan a la mitad de las pantorrillas—. Debería haber cogido ropa seca del coche antes de venir.

—Déjame ver.

Le pongo las manos en la mandíbula para examinar su rostro.

Le giro la barbilla hacia la izquierda y luego hacia la derecha, con un gemido.

Se le ha borrado el pintalabios. Su cabello parece tres tonos más oscuro y está empapado, y el agotamiento profundo que debe de sentir se refleja claramente en sus mejillas y en las arruguitas que se le han formado alrededor de los ojos.

Yo también lo siento. En los hombros. En la ampolla que me late en el dedo meñique del pie. Está escondido en mi pecho, junto con el maravilloso rumor de la satisfacción, y sé que, cuando apoye la cabeza en la almohada esta noche, me dormiré feliz.

Puede que atacado por las ratas, pero tremendamente feliz.

Quincy inhala bruscamente mientras le paso el pulgar por la mejilla para humedecerme los dedos con las últimas gotas de lluvia que se le han quedado en la piel.

En lugar de soltar el aire, contiene la respiración mientras ve cómo le limpio con un movimiento rápido el rímel que se le ha corrido por debajo del ojo derecho.

Cuando por fin se relaja, exhala una cálida bocanada de aire.

He cometido gustosamente muchos pecados en mi vida, pero me convertiría en un puto santo si así pudiera volver a hacer eso.

—Qué va. —Deslizo los dedos por su mandíbula. Los bajo un poco más para acariciar con delicadeza el contorno de su cuello antes de apartarlos por completo. Los acontecimientos del día me han convertido en un temerario. Me han vuelto completamente loco—. Pareces un mapache mojado.

—Qué capullo. —Acerca la mano a la sudadera que me he puesto antes de coger el coche. Agarra con fuerza el tejido y me da un empujón que apenas me mueve un centímetro—. Pues ahora invitas tú por decir eso.

—Esperaba un tira y afloja incómodo a la hora de pagar la cuenta. Eso siempre me parece divertido.

—¿No pagas siempre tú en la primera cita? —Una expresión de horror se dibuja en su rostro al darse cuenta de lo que acaba de decir—. No pretendía… Esto no es… Olvida lo que…

—¿Te gustaría que esto fuera una cita, pequeña Quinny? —Esbozo una sonrisa—. Podemos convertirlo en una. Te compraré unas flores. ¿Cuáles son tus favoritas? ¿Las rosas? No. Demasiado evidente. ¿La flor de hibisco?

—No. Ni de coña. Esto es todo lo contrario a una cita. Es una comida posapocalíptica. Una celebración por haber sobrevivido al desastre. Nada más.

—Me encanta. —Vamos hacia el restaurante y le abro la puerta—. Dime, Monroe. Si fuéramos las dos últimas personas sobre la faz de la tierra, ¿cuánto caso me harías?

—Ninguno y seguramente acabarías muerto. No eres capaz de sobrevivir sin que te laman el culo.

—Entonces estarías sola para siempre. Seguro que me echarías de menos.

—Encontrarías la forma de tocarme las narices desde el más allá.

—Por supuesto. No podrías librarte de mí tan fácilmente.

La camarera nos acomoda en un reservado del fondo, al lado de una ventana grande.

Solo hay otra persona más en el local, un hombre con una gorra de camionero que está sentado en la barra y tiene varios platos vacíos delante.

Supongo que estará esperando a que pase la tormenta.

O puede que esté buscando una excusa para quedarse, porque no deja de levantar la vista del periódico que tiene en las manos para mirar a la cocinera que está junto a la máquina de gofres.

Esboza una ligera sonrisa mientras la observa.

Luego niega con la cabeza y se lleva una mano a la mandíbula para disimular.

Esa sí que sería una buena historia.

Me relajo al oler el beicon.

También el sirope y las patatas fritas, y me alegro de estar acompañado.

La camarera se acerca y nos toma la comanda. Ambos nos llenamos la taza hasta arriba de café a pesar de que la luna empieza a asomar por detrás de un grupo de nubes, y Quincy añade leche y una cucharada de azúcar a la suya.

—Caray —dice con un suspiro, después de beber un buen sorbo—. Qué bueno está.

—No suelo tomar cafeína a estas horas, pero hoy la necesito. —Me tapo la boca con el dorso de la mano mientras bostezo—. Por cierto, gracias por grabarme. Sé que estabas ocupada con lo tuyo y te agradezco la ayuda.

—Lo voy a poner en el currículum. —Sujeta la taza con ambas manos. Exhala otro profundo suspiro mientras se recuesta hacia atrás—. No puedo creer que hayas salvado a esa mujer. Y no puedo creer que esté grabado. Supongo que tu móvil estará echando humo, ¿no?

—Ni idea. No me he molestado en mirar las notificaciones. Me ha dicho Cooper que el vídeo está circulando por internet, pero eso es lo de menos. Lo volvería a hacer, si fuera necesario. Espero que no pienses que lo he hecho para…

—¿Para llamar la atención? Claro que no. Ni muchísimo menos. Era una cuestión de vida o muerte. Menos mal que lo hiciste.

El cumplido me hace mucha ilusión, viniendo de ella, y sonrío a la camarera que nos trae la comida.

—Gracias.

—Qué buena pinta. Ojalá no hiciera tanto frío aquí dentro. —Quincy se cruza los brazos sobre el pecho y se estremece—. Eso me pasa por no cambiarme la ropa empapada.

Apoyo el codo en la mesa y sonrío.