10. Sebastian
Sebastian
@Supercoop
El vídeo en el que salvas a esa mujer lo está petando en internet, Seb
Estás bien? Los protocolos de seguridad de los bomberos en caso de inundación son rigurosísimos y tú vas por ahí rescatando a la gente sin más
Qué fuerte. A lo mejor tenemos que ficharte
Estoy bien y volvería a hacerlo sin dudar
@Nate el Magnífico
Vuelves hoy?
Mañana a primera hora
No sabía si las carreteras estarían cortadas, así que he reservado un hotel
Tiene una puntuación de dos estrellas y media y en una de las reseñas ponía que había caca de rata en la bañera
Estoy deseando mirar debajo de la cama
@Supercoop
Escríbenos mañana cuando vuelvas
Por supuesto, amorcitos
@Nate el Magnífico
Creía que habíamos acordado no usar apodos cursis en el chat de grupo
Lo acordarías TÚ.
Yo no he acordado nada
@Supercoop
Somos mayoría
Lo siento, cari
@Nate el Magnífico
Voy a dejar el grupo
Chao, bombón
@Nate el Magnífico
Me caías mejor cuando vivías en Nueva York
Volvemos andando tranquilamente a los coches tras el paso de Claudia y comprobamos que no han sufrido ningún daño. Cojo una toalla del maletero y me la paso por el pelo y la cara.
—Me estás asustando. —Quincy levanta el trípode del suelo embarrado y le limpia las patas—. ¿Se te ha roto la boca? ¿Por qué sonríes tanto?
—Esta es la única cara que tengo, por desgracia.
—Me echo la toalla al hombro, estiro los brazos por encima de la cabeza y gimo al sentir cómo me cruje la espalda.
Ahora mismo me vendría de maravilla un buen masaje.
Y también otro par de zapatos. No siento los pies desde las tres de la tarde y ya está empezando a anochecer—. Y sonrío porque ha sido un buen día.
El mejor que he tenido en meses, de hecho, pero no quiero reconocerlo en voz alta. Me da miedo decirlo, por si me lo arrebatan. Seguro que me lo quitan, ahora que he vuelto a divertirme en el trabajo y he dejado de presionarme.
Hacía siglos que no me sentía así.
—Ha ido bastante bien, ¿no? —Quincy se recuesta sobre el maletero, con un pie apoyado en el parachoques—. No ha estado tan mal perseguir el huracán contigo.
—Gracias por tu generosidad, Monroe. —Le ofrezco la toalla y ella niega con la cabeza—. ¿Sabes qué hora es?
—¿La de subir las imágenes a las redes sociales? ¿La de volver a casa en coche?
—No. —Le doy unos golpecitos al asa de su mochila, con una sonrisa burlona—. La de ver las gafas, Presi.
—Mierda —se lamenta Quincy, inclinando la cabeza hacia atrás y mirando al cielo—. Tenía la esperanza de que lo hubieras olvidado.
—En realidad ha sido lo único que me ha motivado para seguir adelante.
—Probablemente no debería contártelo, pero también llevo un casco en el coche.
—Suspira y se quita el asa de la mochila del brazo.
Se agacha para rebuscar entre todas las cosas que he visto hace un rato, al coger la cuerda.
Se le cae una botella de agua al suelo, junto con el botiquín de primeros auxilios que ha mencionado antes y un silbato pequeñito—. Seguro que quieres que me disfrace.
—¿Un casco?
—Para protegerme, obviamente. No para montar en bici.
—Obviamente —repito mientras la veo buscar las gafas de ventisca.
Se levanta, se suelta la coleta que llevaba puesta y se sacude la larga melena—.
Sabes que, en la última década, las inundaciones por culpa de las lluvias han causado el cincuenta y siete por ciento de las muertes directas en los huracanes, ¿no? El agua mata a más gente que el viento.
—Conozco perfectamente las estadísticas. Es por si estoy retransmitiendo en directo y no puedo protegerme la cabeza. Puedo evitar meterme en una riada, pero no que me caiga la rama de un árbol encima.
—¿Y las gafas de ventisca?
—Para los escombros. Y para ver cuando hace mucho viento. Las usé durante un huracán de categoría tres hace un par de años y funcionaron de maravilla.
—Ah —murmuro—. A lo mejor debería buscar una colaboración con una marca de gafas de ventisca.
—No te rías de mí.
—No te lo puedo prometer, pero haré lo que pueda.
Quincy suspira y se pone las gafas sobre la cara. Se ajusta la correa por detrás de la cabeza para apretarlas bien y extiende los brazos a los lados.
—¿Qué te parece?
—Madre de Dios. —Esbozo una sonrisa. Me tapo la boca con el puño y toso para disimular la risa. Pero se me escapa una carcajada y fracaso estrepitosamente—. Por favor, dime que tienes ahí el casco. ¿A que no te atreves a ponértelo?
—Me debes una. —Se gira para abrir el maletero, coge un casco azul oscuro y se lo abrocha por debajo la barbilla.
Me tiemblan los dedos. Estamos completamente a salvo, no hay ningún peligro, pero aun así necesito comprobar la correa.
Quiero asegurarme de que está bien abrochada—.
Listo. El modelito completo. Aquí tienes el kit para huracanes de Quincy Monroe.
—¿Me dejas que te haga una foto?
—Me sorprende que no me la hayas hecho ya para chantajearme más adelante.
—Sin duda es material para chantaje. ¿Puedo publicar la foto en mis redes sociales?
—Has salido en mi programa. La gente ya sabe que hemos pasado el día juntos. Adelante, Dunn. Más te vale que me proporcione al menos un millón de seguidores nuevos.
—Estás sobrevalorando mi valía. —Saco el teléfono del bolsillo y me muevo hasta encontrar el ángulo perfecto. La luz es muy tenue. Detrás de ella hay varias tejas esparcidas por el suelo—. Sonríe, pequeña Quinny.
Quincy saca la lengua, con las manos en las caderas. Puede que actúe como si no le hiciera gracia, pero veo la sonrisa que está intentando contener y la naturalidad de sus movimientos, y eso me hace sonreír a mí también.
Saco un par de fotos y subo rápidamente mi favorita a mis redes sociales. Sin filtros y sin contenido #patrocinado. Solo ella haciendo el tonto, mi sombra justo en el borde de la imagen y un pie de foto que dice: «Persiguiendo huracanes con la mejor meteoróloga del mundo».
También la etiqueto, de manera que @TheRainyDayShow se vea claramente en la pantalla.
¿Por qué no?
El resto del día también ha sido atípico: me lo he pasado genial trabajando. Y nos hemos entendido bien.
Espero que la cosa siga así.
La foto se sube y empiezo a recibir notificaciones en el móvil. Las silencio, guardo el teléfono y le doy unos golpecitos con los nudillos a Quincy en la parte superior del casco.
—El agua está bajando —digo—. Empieza a retroceder hacia la bahía.
—Genial. —Ella se quita el equipo de protección y lo guarda en el maletero, al lado de una bolsa de viaje—. ¿Crees que las carreteras estarán despejadas?
—La autopista se encuentra solo a un kilómetro y medio de aquí. Y estamos a mayor altura que durante la tormenta. No debería haber problema.
—Supongo que eso significa que es hora de ponerse en marcha.
—¿Te apetece comer algo antes?
—¿Qué?
—Comer. Alimentarte. Lo que hace la gente después de haber estado todo el día de pie sin haber consumido las calorías suficientes para mantener las funciones corporales básicas.
—¿Quieres que vayamos a comer algo? —Arruga la nariz. Levanta la barbilla para mirarme, con las cejas fruncidas—. ¿Juntos?
—Iba a invitar a Ernie y a Dave, pero me vales como segunda opción.
—Me río cuando coge un par de calcetines enrollados y me los lanza a la cabeza—.
Venga. Estoy muerto de hambre y seguro que tú también.
Yo pienso coger el coche para ir a cenar a algún restaurante.
Si te apetece apuntarte, el banco de enfrente del reservado estará disponible.
Son cuarenta y cinco minutos, no una propuesta de matrimonio. Podrías soportarlo, ¿no?
Quincy vacila.
—¿Habrá algún sitio abierto?
Me alegra tener algo que hacer. Algo en lo que concentrarme, aparte de ella, porque el casco le ha dejado una marca en la frente que me encantaría borrar con el pulgar. Y un mechón de pelo suelto que me muero por ponerle detrás de la oreja.
Me entretengo buscando algo en concreto en el móvil y sonrío al encontrar lo que busco. Meto la dirección en el GPS y la miro.
—¿Te fías de mí? —le pregunto.
—¿Acaso tengo otra opción?
—Siempre tienes otra opción.
—Hace tres semanas, puede que hubiera dicho que no. —Se hace un largo silencio. Suelta una risita ahogada—. Pero ¿esta noche? La respuesta es sí. Me fío de ti.
Eso me convierte en el tío más feliz del mundo y contengo la emoción que se apodera de mí.
—¿Quieres ir en un coche, o en dos? El sitio al que vamos está en dirección contraria a la autopista, así que tendrías que volver por aquí de todos modos —digo.
—En uno me parece bien. ¿Conduces tú?
—Vale. —Jugueteo con las llaves—. Prometo volver a traerte cuando hayamos terminado.
—¿Sana y salva?
—¿Qué gracia tendría eso?
Se ríe de una forma más contundente que antes.
Nos subimos al coche de alquiler que he pillado para el verano y ponemos rumbo hacia el sur, charlando sobre trivialidades por el camino.
Esquivo las ramas caídas y me salto algún semáforo desconectado, pero los daños parecen mínimos.
No hay ninguna inundación importante, lo cual es una buena señal para ser la primera tormenta que toca tierra de la temporada.
Quincy me pregunta el nombre de la mejor pizzería de Manhattan.
Yo le pido que me diga cuáles han sido los platos especiales de primavera de mi restaurante favorito que me he perdido.
Ella me toma el pelo al enterarse de que mi edificio tiene portero y le dejo el móvil para que se envíe a sí misma las fotos que le he hecho.
Nos quedamos callados al pasar al lado de un coche que tiene un árbol caído sobre el capó y de un cable del tendido eléctrico con corriente que cuelga peligrosamente cerca de una vivienda.