Llueva o truene 9. Quincy #3
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9. Quincy #3

Unas sensaciones que nunca antes había experimentado se apoderan de mi pecho.

Pánico total y absoluto.

Necesidad de ayudar, pero sin saber cómo.

Terror.

El coche no está muy lejos, pero tengo la sensación de que pasan horas hasta que Sebastian se detiene en medio del agua.

En cuanto lo hace, empieza a forcejear con la puerta del lado del conductor, tira de ella hasta que cede y consigue mantenerla abierta.

Le meten el asa de un bolso por la cabeza.

Le entregan a un perro y una mujer le rodea el cuello con los brazos.

Me da miedo parpadear. Temo perderlo de vista por si se hunde y no vuelve a salir a la superficie.

Los segundos pasan lentamente. La cuerda se tensa mientras los observo a ambos.

Sebastian se gira hacia mí con movimientos lentos, como si estuviera atrapado en arenas movedizas.

A medida que se va acercando, veo que están todos calados hasta los huesos.

La mujer parece mayor y el perro no debe de pesar más de siete kilos.

Ella rompe a llorar cuando llegan a tierra firme y salen del agua, que ya está empezando a retroceder.

Le tiemblan los hombros y Sebastian le pone una mano en la espalda.

Le susurra unas palabras amables y tranquilizadoras al oído que la hacen asentir con la cabeza y abrazarlo con fuerza. Luego se aparta y se seca los ojos.

—Gracias —dice con voz ahogada. Por fin puedo respirar tranquila—. Gracias por salvarnos.

—¿Vive cerca? —La voz de Sebastian se vuelve grave y autoritaria. Suena áspera y experimentada—. ¿Puede ir andando?

—Mi casa está ahí al lado. He… he salido corriendo en cuanto ha amainado el viento para ver cómo estaba mi hija. Es la primera tormenta que pasa con mi nieto y…

—Haga el favor de volver a casa ahora mismo. —Sebastian le entrega el perro y se quita el bolso por la cabeza—. La situación va a volver a empeorar, empezará a llover de nuevo, y debe ponerse a cubierto. No salga hasta que en los informativos locales digan que ya no hay peligro, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. —La mujer asiente con la cabeza, con la cara hundida en el pelaje del perro—. Gracias. Es usted un ángel.

Echa a andar por la acera arrastrando los pies y alejándose del agua que se ha acumulado en el centro de la calle, en dirección a un edificio alto cercano.

Empiezo a ver borroso y parpadeo. Sebastian extiende el brazo y cierra la mano.

Me sonríe, pero lo conozco lo suficiente como para darme cuenta de que se trata de una sonrisa forzada.

Apagada y temerosa. Carente de la alegría habitual.

—Quincy. Seguimos en directo —dice, poniendo un dedo en el AirPod.

—¿Ah, sí? Vaya. Lo siento. —Busco a tientas su teléfono y me lo saco del bolsillo, me lo pongo a la altura de los ojos y vuelvo a enfocarlo—. Debería haber dejado de grabar.

—No pasa nada. ¿Habéis…? Sí. Estoy aquí. Todo solucionado. La mujer se encuentra bien. Y yo también. —Sebastian asiente con la cabeza a lo que le están diciendo al oído—. Voy a buscar una toalla. Nos vemos cuando Claudia haya acabado de pasar.

Termina con una ronda de despedidas y un «Sebastian Dunn, en directo desde el ojo del huracán», y yo cuelgo. Suelta un gemido y voy hacia él sin pensármelo dos veces. Cada vez estamos más cerca. Lo agarro de la camiseta y compruebo si tiene alguna herida en el cuerpo.

No sé qué estoy buscando. Algún corte o algún rasguño en los brazos. Alguna lesión en el cuello causada por los escombros flotantes. Cuando compruebo que está sano y salvo, exhalo un suspiro entrecortado. Respiro hondo por primera vez en varios días.

—Estás bien —susurro, con la garganta seca. Apenas puedo hablar—. Joder, Sebastian. —Le doy un empujoncito en el pecho. Él me agarra por las muñecas para que no aparte las manos. No opongo resistencia—. ¿En qué estabas pensando?

—En nada. Es la madre de alguien. La abuela de alguien. No podía… ¿Y si le pasara a alguno de mis seres queridos? —Está temblando. Exhala y baja sus largas pestañas—. No soy tan mala persona.

Es cierto que es un coñazo de tío.

Y sin duda, mi peor pesadilla.

Pero en absoluto va más allá.

Sebastian Dunn no es ni por asomo una mala persona, y eso hace que se me encoja el corazón.

Tantos años creyendo que era un egoísta. Un capullo prepotente que solo pensaba en sí mismo y al que le importaba una mierda pisotear a la gente. Pero estaba totalmente equivocada.

Nos miramos a los ojos.

Hay electricidad en el ambiente y no precisamente por la tormenta. Sebastian me mira fijamente durante un buen rato, sin pestañear, y al final niega con la cabeza. Se limpia el pegote de barro que tiene en la curva de la mandíbula y me sonríe.

—Tengo un botiquín en la bolsa —susurro por fin.

—Cómo no —replica él.

—Por si necesitas asistencia médica.

—Lo único que necesito es verte con esas gafas de ventisca. Creo que me lo he ganado, ¿no?

—Sí. —Me humedezco los labios—. Supongo que sí.

—Bien. —Se acerca un poco más—. ¿Preparada para el segundo asalto?

«No», susurra una vocecita en mi cabeza.

No creo que esté preparada para nada de nada.