9. Quincy #2
—Te entiendo. —Él se encoge de hombros. Se quita el impermeable y se arregla el cuello de la camiseta con unos dedos larguísimos, antes de apretarla por el medio para escurrir un poco el agua.
Está empapada y se le pega de forma provocativa a todas las curvas del cuerpo.
Se le marcan los pectorales. También se intuyen sus abdominales y una profunda uve en la parte baja del abdomen que no debería estar viendo.
No sé cómo va a hacer para salir en la televisión nacional sin que lo censuren—.
No es fácil sentar la cabeza con este trabajo.
Siempre estamos yendo de aquí para allá.
Persiguiendo la próxima gran tormenta. Es difícil sacar tiempo para estar con alguien.
—Seguro que tú sales con medio Nueva York.
—Puede. —Sebastian se ríe entre dientes. Levanta un hombro. El agua le resbala por el cuello a cámara lenta y se le acumula entre las clavículas. Casi resulta obsceno—. ¿Estás celosa, Presi?
—Por favor. —Toco la pantalla del teléfono, preguntándome cuándo va a entrar la puñetera llamada.
Cuando se ilumina, me quedo mirando el salvapantallas.
Es una foto de Nate, Cooper y él en la playa.
Con el agua azul brillando detrás de ellos y las cabezas inclinadas hacia atrás.
Parecen más jóvenes. Sebastian tiene un helado de vainilla de cucurucho en la mano.
Hay una gaviota a sus pies y Nate está subido encima de Cooper—. No tengo el menor interés en ti.
—Que conste que no salgo con medio Nueva York.
—Con la cuarta parte.
—Ni eso. —Sebastian intenta despegarse la camiseta del pecho, pero esta se aferra todavía más posesivamente a su cuerpo.
Me pregunto si lo estará haciendo aposta—.
No he encontrado a nadie que me llame la atención.
Es imprescindible que sepan lo que es un haboob y la mayoría de las mujeres creen que es una postura sexual.
No veas la decepción que se llevan cuando se enteran de que es una tormenta de arena gigante.
—A lo mejor no es decepción. A lo mejor es alivio por no tener que acostarse contigo.
—Joder, Monroe. Gracias por dejar mi autoestima por los suelos.
—Lo superarás.
El móvil de Sebastian suena y en la pantalla aparece un número de Nueva York. Me hace un gesto de aprobación con el pulgar y, por un instante incómodo y doloroso, entiendo por qué las mujeres están tan locas por él.
No soporto a ese tío, pero tengo que reconocer que es guapísimo, con esos ojos tan brillantes y esa sonrisa tan deslumbrante, como de niño fascinado.
Se pone un AirPod en el oído y se sujeta un pequeño micrófono en la camiseta.
Un mechón rebelde le cae sobre la frente y él lo deja allí, y se convierte en la imagen perfecta del cazatormentas aguerrido y despeinado por el viento.
—Si es del estudio, puedes contestar, Presi. —Su tono de voz desenfadado se vuelve profesional y su acento desaparece—. Ya estoy listo.
Deslizo el pulgar por la pantalla para aceptar la llamada de FaceTime. Giro la cámara para que Sebastian aparezca en el encuadre, lo miro y asiento con la cabeza.
—Hola, buenas tardes a todos. Estoy aquí en Florida, a las afueras de Miami Beach, donde el huracán Claudia ha tocado tierra hace unas tres horas.
Ahora mismo me encuentro en el ojo, por eso está todo tan tranquilo, pero se espera que los vientos huracanados y las fuertes lluvias vuelvan a arreciar en los próximos treinta minutos.
Los primeros datos apuntan a que cerca de cincuenta mil hogares se han quedado sin electricidad y estamos en contacto con la NOAA y el NWS para saber si la tormenta que está generando rotación en las bandas exteriores de Claudia ha hecho que algún tornado toque tierra.
Se hace un largo silencio. Yo solo puedo oír su parte de la conversación, pero Sebastian asiente con la cabeza mientras mira fijamente a la cámara.
—Efectivamente. Y es comprensible. La gente mira por la ventana, ve que la lluvia y el viento han amainado, y está impaciente por comprobar si se han producido daños en los alrededores.
Pero las autoridades locales están pidiendo a la población que permanezca en sus casas hasta que pase la tormenta.
Nos encontramos en estado de alerta y existe el riesgo de que caiga algún cable del tendido eléctrico o se desprendan ramas sueltas empapadas.
No se acerquen a ninguna extensión grande de agua.
Las inundaciones son lo más preocupante de este sistema.
Las farolas que tengo detrás prácticamente han desaparecido.
Cierto es que una de las culpables es la marejada ciclónica de la bahía que se está adentrando en las calles y que retrocederá una vez que Claudia haya atravesado el estado, pero, igualmente, se trata de una situación complicada y…
Se oye un grito desgarrador. Estoy a punto de dejar caer el teléfono y levanto la barbilla bruscamente para intentar descubrir de dónde viene el chillido.
Sebastian se gira, y en ese momento me doy cuenta.
Hay un coche en medio del agua con alguien dentro.
—¿Eso es…?
—Tengo una cuerda en la mochila. —Señalo el sitio en el que hemos dejado las cosas para intentar que no se mojen—. Y allí hay un árbol.
Sebastian reacciona instintivamente y sube corriendo la colina con pasos largos y enérgicos.
Registra la mochila hasta que encuentra lo que busca y levanta la cuerda de escalada por encima de la cabeza.
En la pantalla del teléfono, veo a una persona sentada detrás de la mesa de los informativos, prácticamente paralizada.
—Átala al maletero —me grita Sebastian mientras me lanza un extremo de la soga.
Me guardo su móvil en el bolsillo, con la cámara hacia fuera.
Me tiemblan las manos. Estoy a punto de pedirle perdón por no actuar con suficiente rapidez, pero ya está aquí.
Sus grandes manos se cierran sobre las mías.
Hace un nudo y lo aprieta con fuerza—. Ya está.
Muy bien, Quincy. —No me da tiempo a preguntarle cuál es el plan.
No es necesario.
Veo cómo lo ejecuta en tiempo real: el lazo que se ata alrededor de la cintura.
La gorra que tira al suelo y aterriza en un charquito de agua.
La rapidez con la que se lanza hacia el vehículo antes de que yo pueda impedírselo mientras el agua le va subiendo desde los tobillos hasta la mitad de los muslos.
Sebastian avanza con dificultad hasta que le llega por la mitad del pecho. No sé si sigo respirando.