9. Quincy
Quincy
@Mia
Ten cuidado hoy, Quin
Has estado en tormentas más peligrosas que esta,
pero siempre me preocupo por ti
Prometo tener cuidado
@Mia
Te echaría muchísimo de menos si te pasara algo
@Harlow
Esta mañana he visto tu programa
Había treinta mil personas conectadas.
Qué fuerte
Eres la mejor, Quin
Creo que estaban ahí por Sebastian
Cada vez que se cuela en una de mis retransmisiones, el número de espectadores se dispara
@Mia
Dale un abrazo de mi parte y dile que también quiero que él tenga cuidado!
Como mucho le daré un codazo en las costillas para que se quede en su lado de la cámara
@Mia
Me vale
@Harlow
Te quiero, Quin
Mándanos un mensaje en cuanto puedas
Yo también os quiero
Mañana nos vemos
Cuando llega Claudia, Sebastian y yo nos refugiamos en la planta baja de un aparcamiento.
Grabamos con las dos cámaras el chaparrón que cae a nuestro alrededor.
Retransmito en directo la primera parte de la tormenta para mostrar los efectos que está teniendo.
Sebastian graba un par de vídeos en los que comenta que las condiciones están empeorando, e intentamos captar las imágenes que queremos sin incordiarnos mutuamente.
Una lona de la obra que hay al otro lado de la calle se rasga en dos y un pedazo de tela azul acaba en la bahía. Una docena de palmeras se parten por la mitad y caen como bolos sobre la carretera, bloqueando buena parte de las rutas de evacuación.
Me alegro de que hayamos dejado los coches aparcados a un par de manzanas de allí. Así será más fácil salir cuando las cosas se calmen.
La luz del hotel que hay al lado del garaje parpadea un par de veces antes de apagarse del todo; la oscuridad de las ventanas hace que nos sintamos como si estuviéramos solos en el mundo.
Discutimos sobre el punto de entrada en tierra firme que pondrán en el mapa.
Él cree que lo situarán un poco más al norte, cerca de Hollywood.
Yo sigo fiel a mi idea original de que será en la zona metropolitana de Miami y me pongo eufórica cuando el NHC anuncia que Wynwood es el punto oficial de entrada del huracán, a un kilómetro y medio de donde nos encontramos.
—Ojalá hubiera podido verles las caras a esos capullos cuando se han dado cuenta de que se han equivocado.
—Me quito la capucha del chubasquero y me escurro la coleta, que está empapada.
El ojo del huracán está pasando por encima de nosotros, dándonos un respiro del viento contra el que hemos estado luchando las últimas tres horas—.
Ojalá no consigan ninguna imagen que les sirva para usar en redes sociales.
—¿Es que no sabes leer un mapa, bonita? —Se burla Sebastian mientras caminamos por la carretera, evaluando los daños mientras dura la calma. Retira una rama pequeña para que no tenga que pasar por encima de ella—. ¿Siempre te tratan así?
—¿Qué? ¿Te refieres a si la gente siempre piensa que no soy capaz de hacer bien mi trabajo porque soy mujer? Casi siempre. Deberías ver los correos que recibo.
Sebastian se detiene en medio de la acera y me pone una mano en el antebrazo para hacerme parar a mí también.
—¿Qué te dicen?
—Estamos en medio de un huracán. Los mensajes que me envía la gente no deberían ser la prioridad.
—Quincy —repite, con mucha más dureza, pronunciando mi nombre con severidad—. ¿Qué te dicen?
—Cosas que jamás se les ocurriría decirte a ti.
—Me encojo de hombros y saco el móvil del bolsillo de atrás para hacer unas fotos de las tejas que faltan en el tejado de un local que está un poco más allá.
Hago otra foto del cielo y de sus remolinos grises—.
He aprendido a ignorar los comentarios como los que Ernie ha soltado antes.
Son peores los que se esconden tras un teclado porque saben que nunca podré enfrentarme a ellos.
Me preguntan con cuántos hombres me he acostado para alcanzar el éxito que tengo.
Me dicen que estoy desperdiciando la mejor etapa de mi vida para tener hijos hablando con las paredes, que deberían hacerme callar y darme otra cosa que hacer con la boca—.
Hago una pausa, sin saber muy bien hasta dónde debería contarle—.
Mi favorito es cuando me dicen que en lo único que debería haberme doctorado es en chuparles la polla.
—¿Estás de coña? —Sebastian se quita la gorra y dobla la visera—. ¿Con qué frecuencia te dicen esas cosas?
—Todos los días.
—¿Todos los días? Hazme un favor. La próxima vez que recibas uno de esos e-mails, reenvíamelo.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Regañarles? —Me río—. Venga ya. No serviría de nada. Además, no necesito que libres mis batallas por mí.
—No voy a librar tus batallas por ti. —Se pasa la mano por el pelo.
Se tira de los mechones que tiene a los lados de las orejas y suelta un gemido de frustración.
El sonido me distrae—. Voy a lanzarte una espada porque un dragón que escupe fuego va a por ti y a intentar distraerlo para que puedas escapar.
Voy a ayudarte porque me apetece, Monroe.
Ya sé que puedes hacerlo sola. Hasta ahora te las has arreglado por ti misma y has mantenido a raya a esos cabrones.
Pero eso se acabó. —Se acerca a mí. Una gota de lluvia se le queda en la nariz.
Las puntas de sus botas rozan las mías, e inhalo bruscamente—.
Olvídate de nuestras tonterías. A partir de ahora, mientras yo esté por aquí, libraremos juntos esa batalla. ¿Entendido?
No sé si estoy asintiendo o mirándolo boquiabierta. Puede que ambas cosas, porque se me ha atascado la respiración en algún lugar del pecho y estoy atrapada en una maraña de emociones que ahora mismo no sería capaz de desenredar aunque quisiera.
Ya les había contado a Mia y a Harlow lo de los comentarios y los mensajes. Siempre se indignan muchísimo por lo que tengo que aguantar. Sueltan discursos apasionados sobre lo asquerosos que son los tíos y sobre lo mucho que ellas me apoyan.
Y lo hacen.
Sé que lo hacen.
Mis chicas harían cualquier cosa por mí.
Pero la sensación es completamente distinta cuando lo dice Sebastian.
Es como si tuviera más peso. Como si pudiera darlo por hecho, y eso me confunde muchísimo.
—Entendido —susurro. La palabra resuena como un chirrido en el silencio que nos rodea.
—Vale. —Él da por zanjada la conversación y pasa a la siguiente—. Ha llovido muchísimo en muy poco tiempo. ¿Cuánto habrá caído? ¿Unos doscientos cincuenta litros por metro cuadrado? Y la bahía Vizcaína se está inundando por la marejada ciclónica. Ten cuidado ahí. Evita los charcos.
—Es una buena estimación. —Saco una cinta métrica del bolso mientras esquivo un charco de agua estancada. Sebastian se ríe—. ¿Qué te hace tanta gracia?
—¿Llevas una cinta métrica encima?
—¿Durante un huracán? Pues claro. Hay que estar preparada.
—¿Qué otras cosas escondes en esa bolsa? —Señala la mochila que llevo colgada del hombro—. A ver si lo adivino. ¿Una radio de emergencia? ¿Una Midland, probablemente?
—Pues claro que es una Midland. Y puede que también lleve unas gafas de ventisca y una linterna frontal.
—¿Unas gafas de ventisca? No jodas. Necesito verte con ellas puestas.
—Ni lo sueñes. Solo me las pongo cuando hay escombros por ahí volando. No pienso permitir que te burles de mí por querer evitar que un palo me saque los ojos.
—Por favor, Monroe. —Se le quiebra la voz. Esboza una sonrisa radiante—. Es el sueño de mi vida.
—Deberías tener sueños más ambiciosos. —Le encasqueto el trípode y la mochila, gratamente sorprendida al ver que no protesta.
Lo pillo abriendo la cremallera de la bolsa para echar un vistazo dentro—.
Vale. Me las pondré cuando pase la tormenta, pero solo si después me ayudas a buscar el mejor fondo para la conexión en directo.
—El trato más fácil de mi vida.
—Vale. —Cojo un palo, echo un vistazo a mi alrededor y veo una maceta vacía delante de un local tapiado.
Meto el palo en el tiesto unos segundos, lo saco y mido con la cinta métrica la distancia que hay hasta la marca de agua en la madera—.
Toma ya. Dieciocho centímetros. Ciento ochenta litros por metro cuadrado.
—Anda. —Sebastian esboza una sonrisa—. Por encima de la media entonces.
—¿De verdad que los hombres sabéis cuánto son dieciocho centímetros?
—Pues sí, pequeña Quinny. —Sebastian me dedica una sonrisa arrogante y segura. Como si no hubiera dudado de sí mismo ni un solo día de su vida—. Los listos sí.
Me parece un territorio peligroso en el que aventurarse y tiro el palo a un lado.
—Me sorprende que la ABC no esté convirtiendo esta tormenta en una superproducción. —Señalo a nuestro alrededor. El tiempo es un tema más seguro—. Tiene pinta de que va a ser algo gordo.
—Están reservando el presupuesto para lo que pueda pasar más adelante, durante el resto de la temporada.
Esta tormenta solo trae lluvia, prácticamente.
No he visto muchos daños por viento, y eso es buena señal.
La próxima podría ser diferente. —Saca el móvil del bolsillo y toca la pantalla—.
Quieren que haga una conexión en directo en los informativos nacionales dentro de unos minutos para hablar de Claudia mientras se puede estar fuera sin peligro.
¿Podrías hacer de operadora de cámara? No tardaremos mucho.
—¿Podré hablar con David Muir?
—¿Quieres hablar con David Muir?
—No me importaría. —Encontramos un sitio seco a unos treinta metros, en lo alto de una pequeña colina, en el que dejar el equipo.
Sebastian me da el móvil y avanza con dificultad hacia la carretera inundada que está más cerca de la bahía, usando otro palo para comprobar la profundidad del agua.
Yo sigo sus pasos, literalmente, y me detengo cuando el agua me llega por las pantorrillas—.
Es bastante mono. Bueno, creo que la palabra adecuada sería «guapo».
—¿Te van ese tipo de tíos? —Sebastian se sacude el pelo. Unas gotas salen disparadas de las puntas de sus mechones oscuros y aterrizan en mi brazo—. ¿Los que llevan traje?
—Puede. No lo tengo muy claro. No dispongo de mucho tiempo libre para averiguarlo, la verdad.