Llueva o truene 8. Quincy #3
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8. Quincy #3

—Yo no tengo la culpa de que no sepa interpretar el…

—Piensa bien cómo acabas esa frase, Fitzpatrick. Y, cuando lo hagas, quiero que hables más alto para que pueda oírte bien.

Sebastian se acerca a Ernie. Entorna los ojos y aprieta los puños a los costados. Su mirada es tan amenazante que me preocupa que empiece a repartir puñetazos.

Si dijo que nunca se había peleado con nadie.

«Pues está a punto de hacerlo», pienso. Seguido de un vago: «¿Eso me convierte en alguien especial?».

—El modelo habla por sí solo —replica Ernie.

—Pues la única persona de este grupo que tiene un doctorado no opina lo mismo.

Sebastian vuelve a mirarme. Ahora mismo no parece el chico de oro del tiempo precisamente.

Parece un tipo cabreadísimo y centrado únicamente en mí.

Me está poniendo nerviosa. Así que eso es lo que se siente al convertirse en su centro de atención.

Sentí lo mismo por unos instantes la noche anterior, cuando estábamos completamente solos en lo alto de la noria.

Y el otro día, en el campo, cuando intentábamos perseguir aquel tornado.

Y ahora estoy volviendo a sentir sus efectos.

La presión en el pecho. La piel caliente y las mejillas encendidas. La lengua pesada en la boca y la dificultad para hablar. Hay un grupo de seis personas más a nuestro alrededor, pero la mirada de Sebastian se centra en un único ser humano:

«Yo».

—¿Por qué crees que se está desplazando hacia el oeste?

Su pregunta me pilla desprevenida. Me desconcierta su franqueza, pero me recupero rápido y señalo la pantalla del ordenador de Ernie.

—Supongo que el NHC habrá ajustado la trayectoria de Claudia basándose en la desviación que han visto en el boletín de las cinco de la mañana. Pero fíjate en el boletín de las ocho. La desviación se corrige por sí sola. Vuelve a ir hacia el oeste.

—¿Y el…?

—¿El sistema de altas presiones sobre las Carolinas? Impide que Claudia gire más hacia el norte.

—¿Ves cómo eres la leche? —murmura, con un orgullo dedicado en exclusiva a mí—. Entonces ¿tú te quedas?

—Total…, si me equivoco, me equivoco. Ya habrá otros huracanes.

—Nosotros nos largamos —dice Ernie—. Los europeos coinciden en la trayectoria con el NHC. No vamos a quedarnos aquí y perdernos lo mejor.

—El GFS es más preciso para las previsiones a corto plazo. Y… —Hago clic en las gráficas de espagueti que tiene abiertas en otra página web y sonrío al ver el valor atípico. Siempre he sido una defensora de las causas perdidas—. Sigue yendo hacia el oeste.

—Eso ya lo veremos. —Dave se echa la mochila al hombro, convencidísimo—. Disfruta de tu tormenta mediocre, Quincy.

El resto de los chicos lo imitan. Recogen los equipos de grabación y se suben a los coches. Alguien pisa a fondo el acelerador y pongo los ojos en blanco. Eli nos mira alternativamente a Sebastian y a mí, frunciendo el ceño.

—¿Vosotros qué vais a hacer? —pregunta.

—Yo me quedo. —Cierro el portátil y me centro en el móvil, deseando entrar en mis redes sociales y contarles a mis seguidores las últimas noticias sobre la tormenta. Llevo toda la mañana recibiendo notificaciones y sé que esperan más información—. Me da igual lo que haga él.

—Qué considerada. —Sebastian cruza los brazos sobre el pecho—. Solo por eso yo también me voy a quedar. A ver cuánto tarda en arrastrarme hacia el puerto deportivo.

—Probablemente unos segundos.

—¿Hay algún lugar seguro en el que puedas refugiarte si la cosa se pone fea? —Eli se gira hacia mí mientras hace la pregunta y su preocupación me hace sonreír—. Los huracanes son menos violentos que los tornados, pero entrañan otros peligros. ¿Lo tienes todo controlado?

—Sí, todo controlado. He echado un vistazo por aquí antes. Hay un aparcamiento ahí al lado con una zona más elevada, por si me hace falta. Puedes quedarte, si quieres. Si te vas con los demás, no vas a ver una mierda —digo.

Eli y Sebastian hablan entre ellos en privado. Uno se encoge de hombros y el otro asiente. Oigo una risita y un «lo pillo, tío» en voz baja. Cuando levanto la vista hacia ellos, veo que se están dando la mano.

—Creo que voy a pasar, pero tened cuidado.

Ha sido un placer conocerte, Quincy. —Eli me mira a los ojos.

Es un chico muy atractivo. Y atento, algo que parece imposible de encontrar hoy por hoy.

Si tuviera el día atrevido, puede que le diera mi número después de un par de copas—.

Si alguna vez vienes a Iowa, avísame. Prometo hacer que valga la pena.

Tras hacer un saludo militar y fingir que se quita un sombrero imaginario, Eli sale corriendo hacia uno de los coches que abandonan el aparcamiento. Cuando la puerta del copiloto se cierra, miro a la única persona que queda allí.

Sebastian abre mucho los ojos. Me dedica una sonrisa pícara, injustamente coqueta, y levanta un poco el hombro.

—Parece que solo quedamos tú y yo, pequeña Quinny. Quizá sea lo mejor. Nunca me ha gustado compartir. —Su voz es como el regusto del licor que queda en una copa cara. Suave y embriagadora—. ¿Qué te parece si nos divertimos un poco?