Llueva o truene 8. Quincy #2
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8. Quincy #2

—Dios —gime Sebastian—. Mi amor de la adolescencia. Esa combinación de camiseta blanca de tirantes y pantalones chinos me vuelve loco.

—Guárdate tus fantasías para ti, Dunn. —Miro a Eli—. Te daré mi correo electrónico para que se lo pases, por si alguna vez quiere preguntarme algo.

—Eso sería genial. —Se ríe, un poco avergonzado—. Cuando Seb me dijo que seguramente estarías hoy aquí, no he podido resistirme a acompañarlo. Creo que os conocéis desde hace mucho tiempo. Siento que hayas tenido que aguantar a este capullo prepotente durante tantos años.

—Por fin alguien me entiende. Veo que tú también te has resistido a sus encantos. Me alegra no ser la única. —Me río cuando Sebastian nos dedica una peineta—. ¿Eres meteorólogo?

—Solo aficionado al tiempo. Las ciencias nunca fueron mi fuerte en el colegio, pero, si hay que perseguir un tornado, no me lo pienso dos veces. Vivo en Iowa. Hay un montón. Si alguna vez te hartas de los huracanes, ven a las Grandes Llanuras. Yo me encargaré de que te diviertas.

—¿Sabemos cuál es la hora prevista? —Sebastian levanta el móvil con un mapa de la trayectoria en la pantalla—. Claudia ha ganado velocidad en las últimas horas.

—No te pongas muy cómodo —dice Ernie—. Al parecer, el NHC acaba de cambiar el punto en el que va a tocar tierra. Será un poco más al sur.

—¿Qué? —Frunzo el ceño y me acerco a él. Tiene el último boletín abierto en el portátil y leo la longitud y la latitud por encima de su hombro—. Eso no es correcto.

—Claro que es correcto. Es el Centro Nacional de Huracanes —replica Ernie.

—¿Y nunca se equivocan? ¿Has olvidado lo que pasó con Charley en 2004? —le suelto—. Decían que tocaría tierra en Tampa y, unas horas antes de que llegara, dijeron que no. Que iba hacia Port Charlotte.

—El cono de incertidumbre. Port Charlotte estaba incluido en la trayectoria.

—Estar en la trayectoria y recibir un impacto directo son dos cosas muy distintas, Ernie. La gente solo presta atención al punto por el que entra. Ambos lo sabemos.

—Con ese carácter, el NWS no te va a contratar en la vida.

—¿Cómo sabes lo del NWS? —le pregunto, retrocediendo. Observo la sonrisa burlona de Ernie y la forma en la que sacude la ceniza del cigarrillo, y bajo la voz—. Si no le he contado a nadie que he solicitado el puesto.

Me da demasiado miedo que no me llamen para la entrevista. Que crean que no estoy a la altura; o que soy buena, pero no lo suficiente. Así que, cuanta menos gente lo sepa, menos explicaciones tendré que dar si la cosa no sale bien.

El hecho de no saber nada todavía me hace pensar que los tiros van más bien por ahí.

Es una decepción, sí, pero al menos no se ha enterado todo el mundo de que no valgo. Eso es un secreto que no tengo por qué contar.

—Yo lo sé todo —dice Ernie riéndose, con un tono burlón en la voz—. Te comerían viva. Aunque puede que fuera divertido verlo.

—Cállate, Fitzpatrick —le advierte Sebastian, interponiéndose entre ambos. Frunce el ceño y les da la espalda a todos para centrarse en mí—. ¿Has solicitado un puesto del NWS?

—Ahora mismo tenemos muchísimas cosas más importantes por las que preocuparnos.

—Jugueteo con la punta de la coleta, sintiendo el peso de todas las miradas sobre los hombros.

La próxima tormenta pienso buscarme un sitio superaislado para que nadie pueda preguntarme por mi vida.

Solo estaremos el viento, la lluvia y yo—.

Pero sí. He solicitado un puesto en el NWS.

—Joder —murmura Sebastian, echando la cabeza hacia atrás.

Se ha vuelto a dejar un poco de barba y se le mueve la garganta al tragar saliva.

Una expresión de preocupación, o puede que de enfado, enmarca sus labios, y cuando baja la barbilla y me mira a los ojos, tengo la sensación de haber hecho algo malo.

—¿Soy tan…? ¿Insinúas que soy una persona predecible? Porque a mí me parece que no me pega nada haberlo hecho.

—No te preocupes. —Activa los músculos de la mandíbula, contrayéndolos y relajándolos. Da un paso atrás. Apoya las manos en las caderas y entorna los ojos para observar las aguas agitadas—. Da igual.

—Siento interrumpir esto, sea lo que sea, pero ¿qué dicen los datos? —pregunta Dave—. Los datos no mienten. Dinos dónde va a tocar tierra, Ernie.

Me alejo de los hombres que están apiñados alrededor del portátil, voy hacia el coche, saco el ordenador de debajo de un par de botas de agua y me conecto al wifi del móvil.

Los datos no mienten, pero mi intuición tampoco.

Saber cuándo irse y cuándo quedarse es una de las claves a la hora de perseguir una tormenta. Ser paciente, adaptarse al clima sobre la marcha e intentar comprender por qué se comporta como lo hace puede parecer misión imposible, pero yo todavía no me he rendido.

Y no pienso hacerlo hoy.

Oigo unos pasos a mi espalda. No necesito girar la cabeza para saber de quién se trata.

—¿Qué estás pensando, Monroe? Tienes pinta de estar maquinando algo.

La voz de Sebastian hace que me estremezca. Está tan cerca que el calor de su cuerpo envuelve el mío. No debería poder oír su suave exhalación. Ni cómo llena los pulmones de aire antes de soltar otra bocanada, como si diera las gracias por estar vivo.

No debería poder oler su colonia: ese aroma a madera recién cortada con un toque especiado y prohibido de fondo.

Me trae a la memoria el recuerdo de su muslo pegado al mío en la noria.

El secreto que creo que ocultaba y la inexplicable sensación de bienestar que me producía tenerlo al lado, aunque estuviera muerta de miedo.

El animalito de peluche que ahora tengo en casa, encima de la cómoda.

Una risa suave. El eco de aquella frase en mis oídos: «Yo tengo clarísimo que eres la leche», un mantra que llevo repitiendo desde entonces.

El reflejo de las estrellas en sus ojos y la vaga intuición de que Sebastian podría tener más facetas, aparte de la de tío arrogante y carismático que muestra a todo el mundo.

Aquella noche fue una excepción. Estaba demasiado fuera de nuestra zona de confort y haríamos bien en volver a lo que mejor se nos da: las discusiones. Competir entre nosotros para ver quién sale victorioso.

—Esa es una pregunta trampa, Dunn. —Tecleo la dirección de una página web para evitar mirarlo—. Ahora mismo me estoy preguntando si podría darte una patada en la espinilla e irme de rositas.

—El contacto físico siempre ha sido mi forma de demostrar cariño.

—Su risa hace que se me ponga la piel de gallina.

Lo noto en la parte superior de la espalda, donde la coleta me roza el cuello.

Y un poco más abajo, entre los omóplatos.

Doy un paso adelante para alejarme de él—.

Lo decía por lo de la tormenta. Pero luego retomamos lo de tu tendencia a ser violenta conmigo.

Analizo las imágenes por satélite de la tempestad, reproduciendo su trayectoria en bucle.

El ojo de Claudia se ha definido más en las últimas seis horas y se ha vuelto más compacto, con un sistema de vientos huracanados de cuarenta kilómetros de diámetro.

Una belleza que causará estragos cuando toque tierra, independientemente de su categoría.

Y yo quiero estar presente cuando lo haga.

—¿Qué opinan los demás? —pregunto, tanteando el terreno.

—Boca Ratón —dice Dave, que nos ha estado escuchando—. Una trayectoria oeste-noroeste la situaría al norte de aquí.

—¿Oeste-noroeste? —Frunzo el ceño y cambio de pantalla—. Eso no es correcto. Está yendo hacia el oeste.

—¿Me tomas el pelo? —murmura Ernie—. Mira la imagen, bonita. Va hacia el oeste-noroeste. Y dices que eres meteoróloga. Si ni siquiera te sabes los puntos cardinales. Es patético.

—Cierra la puta boca.

El tono agresivo de Sebastian hace que todos dejemos de hablar, incluida yo. Nunca le había oído levantar la voz. Estoy acostumbrada a que mantenga la calma. A que siempre suelte alguna broma, y me quedo paralizada.

Hay tanto silencio que se oye cómo golpean la cabeza de un clavo con un martillo en la carretera. El viento agita la bandera que está atada a un mástil a mi derecha y me giro lentamente para ver lo que sucede detrás de mí.

—¿Y a ti qué mosca te ha picado, guaperas? —pregunta Ernie.

—Para de una puta vez —le advierte Sebastian.

—Si no estoy haciendo nada.

—Deja ya esa mierda de condescendencia. O le hablas a Quincy con el respeto que se merece, o tú y yo vamos a tener un puto problema.