8. Quincy
Quincy
@Número desconocido
Pequeña Quinny
Quién eres?
No sabía que tuvieras tantos admiradores, Monroe
Creía que yo era especial
Ah. Dunn. Debí imaginar que eras tú
No tienes mi número en el móvil?
Eso me ofende
Qué quieres?
Muchas cosas
Qué tal Reginald?
Lo arropo todas las noches
No puede quejarse
Si hicieras eso, me preocuparía
Es un dinosaurio de peluche, Monroe
Ya te has cargado la magia
Has visto el último pronóstico sobre Claudia?
Se ha convertido en un huracán
Toca tierra pasado mañana cerca de Miami
En serio? Si lo he comprobado hace dos horas
y seguía siendo una tormenta tropical
Estamos en la época
Nos vemos por allí
Espero que estés lista para el combate
Contigo? Siempre
El viaje a Miami para cubrir el huracán Claudia es aburridísimo. Hay tramos en los que soy el único coche que va hacia el sur, mientras que el carril contrario de la interestatal está lleno de vehículos que están evacuando hacia el norte, al centro de Florida, como se les ha pedido.
El GPS me indica que debo tomar la siguiente salida. Pongo el intermitente y me incorporo al otro carril mientras echo un vistazo rápido al móvil.
El corazón me da un vuelco al ver la pantalla. Una minúscula parte de mí se pregunta si debería enviarle otro mensaje a Sebastian. Si debería preguntarle dónde piensa refugiarse de la tormenta y si tiene todo lo que necesita, pero ya es mayorcito.
Lleva en esto tanto tiempo como yo, así que seguro que estará bien.
Puede que abordemos la meteorología de forma distinta, pero eso no significa que él no sea bueno en su trabajo.
A veces pienso que es el único que entiende las tormentas como lo hago yo.
Tiene una intuición que la gente del sector envidia.
Un ojo para detectar los movimientos y una capacidad para interpretar los patrones meteorológicos que no he visto en nadie más, aunque pueda parecer despreocupado.
A pesar de los posados en su Jeep y los comentarios cursis en sus redes sociales, hablando de cielos de algodón de azúcar y de la fragancia del aire después de la lluvia, no tiene ni un pelo de tonto.
Es tremendamente inteligente y eso me saca de quicio.
Tamborileo con los dedos sobre el volante e intento dejar de pensar en él.
La emoción aumenta en mi pecho con cada movimiento de los limpiaparabrisas.
Siempre me pasa lo mismo cuando se acerca una tormenta.
Mi alma se siente en paz cuando contemplo el vasto cielo gris y las nubes que se desplazan con rapidez.
Cuando percibo la incertidumbre que flota en el aire y el ambiente de tensión que se avecina.
Hay gente del sector a la que le gustan los desastres naturales por el daño que causan. Les emociona la destrucción. Quieren fotos de pueblos arrasados por tornados, aquellas que tengan mayor repercusión en redes sociales y reporten mayores beneficios económicos.
Yo nunca he sido así y nunca lo seré.
No quiero que nadie sufra.
No quiero hacerme famosa a costa de que la gente pierda sus hogares.
No busco popularidad ni lucrarme económicamente.
Aunque pudiera elegir entre un millón de profesiones, me quedaría con la meteorología sin dudarlo.
Es difícil describir la atracción que siento por la naturaleza.
La serenidad que me proporciona estar en contacto con el tiempo.
En su día, cuando era más joven, me hartaba de discutir una y otra vez con mis padres sobre lo que quería hacer con mi futuro.
Siempre la misma cantinela, una y otra vez.
Ambos eran catedráticos de la Universidad de Florida Central y estaban empeñados en que siguiera sus pasos.
En el fondo, creo que me guardan un poco de rencor por haber renunciado a los planes que tenían para mí.
En esos momentos de frustración en los que me sentía perdida, convencida de que era incapaz de pasar los siguientes cuarenta años en un aula, salía al exterior.
Respiraba hondo y llenaba los pulmones de aire fresco.
Sentía el viento en el pelo. Sabía que ahí fuera había algo mucho más poderoso que yo y eso me emocionaba.
Nunca he sido capaz de sentir ese subidón haciendo otra cosa y eso es lo que me ha hecho levantarme de la cama esta mañana.
Es lo que hace que sea incapaz de contener la sonrisa, que mi euforia esté a punto de desbordarse mientras entro en un aparcamiento repleto de coches que hay al lado de un puerto deportivo.
El primer sistema tropical que azota el estado siempre despierta un gran revuelo. A los meteorólogos aficionados —los que no tienen titulación y hacen esto porque les parece divertido, no porque entiendan de ciencia— les gusta acudir en grupos grandes, y esta mañana no es una excepción.
Echo un vistazo rápido a los hombres que están reunidos en semicírculo para ver quién ha venido hoy.
Barry Teague, un tío conocido por exagerar las tormentas para conseguir visitas y visualizaciones hasta el punto de inflar el número de víctimas mortales y ampliar las zonas de posible impacto para sembrar el pánico entre sus seguidores, está apoyado en un coche.
A su lado se encuentra Dave Cornwall, con sus gafas de montura gruesa.
Es famoso por equivocarse en todas las predicciones meteorológicas que hace y luego culpar a otros de sus errores; lo último que le preocupa es ofrecer información veraz.
El año pasado se hizo viral tras publicar un vídeo de diez minutos en el que acusaba al director del Centro Nacional de Huracanes de estar convirtiendo la institución en un concurso de belleza porque últimamente contrataban a más mujeres que hombres.
«Capullos».
Solo el veinte por ciento de los meteorólogos son mujeres.
En vez de alegrarse de que haya más diversidad en un sector tradicionalmente dominado por los hombres blancos, los tíos de por aquí no dejan de quejarse de las injusticias a las que ellos tienen que enfrentarse cada día, como si su club masculino fuera algo prestigioso y exclusivo en lugar de un nido de fracasados.
Respiro hondo, intentando armarme de la paciencia que tan a menudo necesito en este trabajo. Pasar el día con ellos va a ser como perseguir un tornado. Al principio resultará agotador, pero al final merecerá la pena, cuando se obre el milagro.
O eso espero.
Me bajo del coche bajo un cielo lleno de nubarrones. Unas olas violentas y oscuras golpean los muros de hormigón del puerto deportivo, diseñados para evitar que las calles se inunden, y me subo la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla.
Al otro lado de la calle, la gente está poniendo a última hora sacos de arena en las puertas de sus negocios.
Han tapiado las ventanas con tablones de contrachapado.
Guardan los muebles de exterior mientras las palmeras se balancean, y, un poco más allá, a una se le cae una hoja que aterriza en la acera.
Me pongo la gorra que tiene el nombre de mi programa bordado delante y un pequeño micrófono justo al lado de la visera.
Saco el trípode del maletero y voy hacia el grupo.
—¡Ahí está Quincy! —grita alguien—. Nos estábamos preguntando si vendrías.
—Pues aquí me tenéis. —Dejo el trípode en el suelo y me pongo una mano en la cadera—. Que sorpresa que hayáis venido tantos.
—No teníamos nada mejor que hacer. —Ernie Fitzpatrick tiene un portátil en una mano y un cigarrillo en la otra.
No terminó la carrera, pero se autodenomina «experto en meteorología», y no soy capaz de tomarlo en serio desde que me enteré de que había plagiado una tesis de un amigo sobre el origen humano del cambio climático que acabó publicándose en The New York Times —.
Es una pena que ese bicho no haya tenido tiempo de pasearse por las aguas cálidas más tiempo.
—Lástima que solo sea de categoría uno y no de cinco. Habría sido divertido ver cómo arrasa la mitad del estado —replico con ironía.
Detrás de mí se oye el crujido de los neumáticos sobre la gravilla.
Por suerte, el portazo de la persona que acaba de llegar nos interrumpe antes de que empiece a cagarme en el patriarcado y me pregunto quién más habrá venido a unirse a esta alegre pandilla de inadaptados misóginos.
Se oyen unas risas. Desde el otro extremo del aparcamiento llega una voz grave y profunda, con un ligero acento sureño, y la reconozco al instante.
Como llevo haciendo dieciséis años.
Giro la cabeza. Inmediatamente veo a Sebastian bajándose del coche con una sonrisa radiante.
Lleva una camiseta que se le ciñe al pecho.
Unas botas de agua verdes le asoman por debajo del dobladillo de los vaqueros.
Sus ojos azul oscuro se posan en mí, con un brillo de picardía.
Esboza una sonrisa aún más radiante, el hoyuelo hace acto de presencia, y estoy a punto de volver al coche para bajar un poco más hacia el sur y buscar un sitio en el que perseguir la tormenta sola.
—Qué casualidad. —Sebastian se acerca, colocándose la GoPro en medio del pecho—. Volvemos a encontrarnos.
—Hola, Dunn. —Toco la pantalla del teléfono. Tengo que acordarme de coger la linterna y la radio de emergencia para llevarlas conmigo—. Cómo no, aquí estás.
—Gajes del oficio. —Sebastian le pone una mano en el hombro al tipo que tiene al lado—.
Monroe, te presento a Eli Peterson. Perseguimos juntos un tornado EF3 en Kansas hace como cinco años y hemos seguido en contacto.
Iba a volver a casa en avión esta mañana después de las vacaciones, pero le han retrasado el vuelo por el cierre del aeropuerto a causa de Claudia.
—Hola, Eli. —Sonrío al hombre de piel morena y mirada amable. Me tiende la mano y se la estrecho; su palma es suave, cálida y agradable—. Encantada de conocerte.
—Que sepas que soy un gran admirador tuyo.
—La sonrisa de Eli rivaliza con la mía—.
Me pasé media vida intentando que mi hermana pequeña se interesara por la meteorología, pero no quería saber nada del tema.
Un día la encontré viendo uno de tus programas y, de repente, quería ser Helen Hunt en Twister .