7. Sebastian #4
—Buena elección. —Cambio de sitio el brazo para apoyarlo en el respaldo del asiento metálico. Sin querer, le rozo la coleta a Quincy con los dedos, pero aparto la mano antes de que se dé cuenta—. ¿Cuántas veces vas a comprobar los datos de Claudia cuando llegues a casa? Yo, seguramente, unas siete.
Quincy cierra los ojos y los vuelve a abrir. Se le escapa una carcajada sincera que hace que me sienta como el puto rey del mundo. Me entran ganas de comprar un cañón de confeti. De ir a buscar serpentinas y matasuegras, y registrar este momento en los puñeteros libros de historia.
«Ocho de julio: la noche que hice reír a Quincy Monroe».
Haría lo que fuera para volver a oír su risa.
—¿Solo? —se burla ella—. Yo seguro que más de once. Puede que unas quince.
—Los del NHC van a pensar que los estás acosando.
—Puede que tengan razón. —Estira las piernas y se pone a mover los pies adelante y atrás.
La cabina se balancea con ella. Ya no aprieta tan fuerte al dinosaurio.
Estamos progresando y le sigo la corriente—.
¿Lo vas a grabar para ese proyecto secreto que tienes entre manos?
¿Es un reality? Cazatormentas arrogante busca esposa .
—Es un buen nombre para un programa de citas —resoplo—. Y lo que tengo entre manos es una serie documental que seguramente será una mierda, pero que al menos me permite salir de la oficina y estar al aire libre.
—¿Qué quieres decir?
—Es complicado.
—Creía que estábamos jugando a verdad o consecuencia. ¿Tienes miedo, Dunn?
«Pues sí, estoy acojonado. Ni mis mejores amigos conocen esta parte de mí».
—Bueno, vale. Te abriré mi corazón, Monroe. Deja de suplicar.
—Qué repelente eres. —Me da un golpecito en la rodilla con la suya. La pega a mi piel desnuda y la deja ahí. Es como si me hubiera electrocutado con un cable—. No quiero saberlo.
—Pienso contártelo de todas formas. Necesitaba cambiar de aires.
Este proyecto es más flexible. Me da más libertad para profundizar en las cosas que me importan.
—Miro hacia el horizonte. Un relámpago brilla a lo lejos y sonrío.
Debe de estar acercándose una tormenta. Siempre me vuelven más introspectivo—.
Permite que las cosas sigan siendo interesantes cuando empiezan a resultar monótonas.
—Cambiar de aires nunca viene mal.
—No.
—Pero puede dar miedo.
—Sí. —Asiento con la cabeza. Percibo el olor de la lluvia inminente. El aroma fresco y penetrante del aire—. Aunque el hecho de que dé miedo tampoco es malo. —Esto último lo digo más para mí mismo que para ella.
—No —susurra Quincy, dándome la razón. Ella también lleva su propia carga—. A veces significa que vas por el camino correcto en el momento adecuado.
Nos sumimos en un silencio agradable y cómodo. El más placentero que ha habido jamás entre nosotros. Quincy acaricia la cola de Reginald con los dedos una y otra vez. Yo tarareo una cancioncita en voz baja, pero me callo al ver que ella mira nerviosa hacia el suelo.
—¿Vas a perseguir a Claudia? —le pregunto.
—Es la primera tormenta que va a tocar tierra este año. No me lo perdería por nada del mundo.
—Seguro que consigues buen contenido para el programa.
—Puede. Es posible. —Quincy levanta la barbilla y sus ojos brillan bajo la luz de las estrellas—. Soy muy buena en mi trabajo, pero a veces me pregunto de qué sirve lo que hago.
—¿Me tomas el pelo? Estás haciendo una labor educativa.
Muestras la causa y el efecto de lo que ocurre en relación con el clima.
Estás salvando vidas. —La noria vuelve a ponerse en marcha y empezamos a bajar—.
Me cuesta decir esto, pero lo que haces es muy valioso, Monroe.
Sabes muchísimo del tema. Más que la mayoría de la gente de nuestro campo.
—Dicho por ti… —Quincy suspira. Cruza los tobillos, antes de descruzarlos y apoyar la barbilla en la cabeza del dinosaurio—.
Suena como si yo fuera alguien importante.
Y nadie del sector me ha dicho nunca que lo que hago sea importante.
Suelen decirme que estoy ocupando el lugar de un hombre que debería tener la repercusión que yo tengo.
—Que les den. Claro que eres importante.
—La rabia se apodera de mí, como una descarga eléctrica repentina.
Aprieto los labios y me muerdo la lengua para no pedirle que me dé nombres.
Una lista de las personas que se han portado mal con ella para que pueda hacérselo pagar—.
Nunca has dudado de ti misma. ¿Por qué empiezas a hacerlo ahora?
—Por un posible cambio de aires. ¿Te suena?
Me da miedo. Estoy haciendo cosas que nunca había hecho, esperando noticias que no estoy acostumbrada a esperar, y eso me hace cuestionarme cuál es mi lugar en todo esto.
—Esboza una sonrisa frágil y temblorosa, que apenas dura unos instantes, y se encoge de hombros y los deja caer—.
Ya se me pasará. En algún momento me daré cuenta de que soy la leche y todo volverá a la normalidad.
—Si te sirve de algo, yo tengo clarísimo que eres la leche. —Le tiro de la punta de la coleta. Me acerco un poco más para poder bajar la voz hasta convertirla en un susurro. Juraría que baja la vista hacia mi boca—. Pero no en las barracas de feria.
Ella me da con el peluche en la cara. Luego me arrea un codazo en las costillas mientras murmura que soy insoportable.
Nuestra cabina llega a la plataforma y ella se levanta en cuanto desbloquean la barra de seguridad.
Sale corriendo hacia mi hermana y sonríe de oreja a oreja mientras Mia le da un abrazo.
Quincy sigue sujetando a Reginald contra el costado. Se gira para mirarme una última vez y eso también me parece importante.