7. Sebastian #3
—Te odio —murmura Quincy, haciéndome volver a la realidad.
Apartándome de una versión difusa de ambos en la que la tengo en mi cama.
Desnuda y enredada en las sábanas, diciéndome eso mientras la hago correrse.
Necesito otra copa. Pero de algo más fuerte para olvidar esos pensamientos—.
Y lo último que quiero es que seas indulgente.
«Joder».
Suena una campanita. Cojo rápidamente la pistola de agua y me cago en todo al ver que ya voy perdiendo.
Quincy me lleva muy poca ventaja, pero me mira levantando una ceja con arrogancia.
Aprovecho su distracción y le lanzo un beso.
La puntería le falla. Se le resbala un poco la pistola.
En lugar de dar en el centro de la diana, se desvía hacia la izquierda y la adelanto por los pelos en el último momento para ser el primero en llegar hasta arriba del todo.
—El jugador número dos es el ganador. —El encargado me entrega un dinosaurio de peluche—. Enhorabuena.
—Me gustaría dar las gracias a mi madre por su apoyo incondicional.
Y a esta barraca de feria por darle un sentido nuevo a mi vida.
—Me pongo una mano al pecho, con una sonrisa radiante—.
Creía que ya había desarrollado todo mi potencial, pero, gracias a este dinosaurio, ahora sé que mi poder no tiene límites.
—Eres insoportable. Pero enhorabuena por haber ganado. —Quincy se levanta—. ¿Qué castigo vas a elegir? Por favor, no me hagas quedar como una idiota en internet. Tengo una reputación que mantener.
Echo un vistazo a mi alrededor, a ver qué se me ocurre. Podría obligarla a montarse en un toro mecánico, o inscribirla en el concurso de comer perritos calientes que empieza en diez minutos. Pero, cuando veo la noria gigante que se alza sobre nosotros, esbozo una sonrisa.
Está decidido.
—Tienes que subirte conmigo a la noria —le digo—. Diez minutos soportándonos mutuamente, a ver quién se rinde antes. Creo que esta noche voy a hacer doblete.
—Estás de coña. —Quincy pone los brazos en jarras. Se alza una ráfaga de viento cálido que le levanta la cinta del pelo. El lazo se desata. Me muero por enrollármelo en la muñeca. Por darle un tirón—. Quieres empujarme desde allá arriba, ¿no?
—Resulta tentador, pero el homicidio no es lo mío.
—Una vez me ofrecieron volar con los cazadores de huracanes de la NOAA y no quise. —Lo dice con recelo, como si me estuviera contando un secreto—. Tuve la oportunidad de adentrarme en el ojo de un huracán y fui incapaz de hacerlo.
—¿Por qué?
—Odio las alturas. —Se encoge de hombros y levanta la vista hacia lo alto de la atracción antes de volver a mirarme. Nunca la había visto tan insegura—. Es lo que más miedo me da en el mundo.
—Ah. —Me froto la nuca y me levanto. Me parece una conversación digna de tener cara a cara—. Segunda opción, entonces.
—Un castigo es un castigo. Has ganado con todas las de la ley.
—Un castigo es un castigo, pero no vamos a arriesgarnos a que te dé un ataque de pánico allá arriba, a que intentes escapar, no puedas y acabes colgada como un espagueti blandengue a treinta metros del suelo.
Y si te caes, ¿sabes quién sería el principal sospechoso?
Yo. Que Netflix haga un documental sobre mí no entra dentro de mis planes, a no ser que quieran hablar de todas las tormentas que he cubierto a lo largo de mi carrera.
Seguramente le pondrían algún título malísimo, como…
—Me doy unos golpecitos con el dedo en la mejilla mientras observo a un grupo de niños que se abren paso a empujones hasta la pista de karts—. Pendiendo de un hilo .
—Vale, lo haré. —Quincy suelta una especie de risita. Fingiré que eso es lo que es—. Pero pienso grabarlo todo cuando estemos ahí arriba. Así, si me pasa algo, habrá pruebas.
—Qué pervertida. Procuraré sonreír a la cámara —digo, riéndome—. Venga, Monroe. Vamos a divertirnos un poco.
Encontramos a Cooper y Nate con Mia y Harlow en la carpa de música; están los cuatro bailando al ritmo de un grupo que toca versiones de Oasis. Tras explicarles brevemente lo de mi triunfo, vamos todos a la noria y nos dividimos por parejas para subirnos y poner el broche final perfecto a la noche.
—¡Qué altos estamos! —grita Mia desde la cabina que está por debajo de Quincy y de mí. Se inclina hacia delante sobre la barra, con los brazos extendidos a los lados—. ¡La luna se ve enorme desde aquí arriba! Hay que ver qué pequeños e insignificantes somos, ¿verdad?
—Como le pase algo a mi hermana, Cooper, te juro por Dios que no vuelvo a hablarte en la vida —digo, levantando la voz para que me oiga por encima del ruido del motor.
—No va a pasar nada, Seb —me asegura él, partiéndose de risa, mientras hace desaparecer a Mia de mi campo de visión—. Aquí abajo estamos de maravilla.
—Harlow y yo también existimos —dice Nate desde la cabina que está sobre la nuestra—. Y también estamos de maravilla.
—Pues claro, Harlow sería capaz de darle una paliza a cualquiera.
Tú solo estás de adorno, Nate —le contesto.
Me doy cuenta de que Quincy no para de dar golpecitos con el pie mientras se muerde el labio inferior y se abraza a sí misma.
Cojo el dinosaurio verde que tengo a mis pies.
Se lo ofrezco y no lo suelto hasta que ella se lo acerca al pecho y lo abraza con fuerza—.
A lo mejor tu nuevo peluche de apoyo emocional te facilita un poco las cosas.
—Apenas me acuerdo de alimentarme, dudo que esté preparada para asumir las responsabilidades que conlleva ser madre.
—Podemos compartir la custodia. Tú te quedas con él entre semana, y yo, los fines de semana. Seguro que a Reginald le encantará estar con los dos.
—Reginald. Me gusta. —Exhala lentamente—. Podemos llamarle Reggie para abreviar.
—Fíjate, ahora somos la familia coparental del año.
La noria da una sacudida. Subimos un poco más y las luces del recinto ferial empiezan a parecer luciérnagas.
Las personas que caminan por los senderos que hay a nuestros pies son tan pequeñas como hormigas y Quincy se revuelve en el banco.
Nuestros costados prácticamente se rozan.
Tenemos los muslos muy juntos, casi pegados, aunque dudo que ella se dé cuenta de que está sentada tan cerca de mí.
Yo, sin embargo, soy muy consciente de ello.
De todos los puntos en los que nuestras rodillas y nuestros zapatos se tocan.
De su respiración entrecortada y de lo blancos que se le han puesto los nudillos por lo fuerte que se está agarrando a la barra de seguridad.
No quiero mover ni un puñetero músculo por temor a ahuyentarla.
Justo cuando llegamos al punto más alto de la rotación, la noria se detiene. Se oyen unos crujidos. El metal viejo chirría y la cabina se balancea suavemente. Quincy prácticamente está temblando a mi lado.
Ha sido una idea pésima.
—¿Qué pasa? ¿Se ha roto algo? —me pregunta.
—Puede que algún romántico se esté declarando. O que alguien le haya dado veinte pavos al tío de la noria para que la haga ir más lenta y así poder pasar unos minutos más con la persona que ama.
—¿Con la persona que ama? ¿A quién se le ocurre pensar en el amor en un momento así? Yo estoy tratando de decidir en qué posición preferiría caer si nos precipitamos al vacío.
—Ya. Yo creo que elegiría las piernas, mejor que la parte superior del cuerpo. Es mucho más fácil curar una pierna fracturada que una columna vertebral rota.
—Estamos muy arriba.
—No mires hacia abajo.
—Si me dices que no mire hacia abajo, me entran ganas de mirar hacia abajo.
—Bueno, vale. Pues mira hacia arriba, Monroe.
—Eso no ayuda. —Quincy suelta un gemido. No deja de mover la pierna. Estoy a punto de ponerle la mano en el muslo para que pare.
—¿Puedes hablar un poco para distraerme?
—Anda —digo, riéndome—. Siempre me estás mandando callar ¿y ahora quieres que hable? Menudo momentazo.
—Se te acaba el tiempo, Dunn. —Está agarrando a Reginald con tal fuerza que parece que va a decapitarlo. Me da pena, el pobre—. Por favor.
—¿Has visto que la depresión tropical número tres se ha convertido en Claudia en el Atlántico? Lo han puesto en el boletín de las cinco.
—¿Ya? —Quincy se anima un poco. Su rostro recupera el color. Siempre le pasa lo mismo cuando habla de las cosas que le apasionan, y la meteorología le apasiona más que a nadie que haya conocido jamás—. Si se convirtió en depresión tropical ayer.
—Las cosas van muy rápido en esta época del año.
—¿Dónde creen que va a tocar tierra? ¿En el sur de Florida?
—Probablemente. El frente frío que está cruzando el país no le va a dejar ir hacia el Caribe, por suerte. Allí el agua está a la temperatura más alta jamás registrada, así que cualquier fenómeno que se forme por la zona alcanzará unas proporciones descomunales.
—La temperatura del agua es la más alta jamás registrada y todavía estamos en julio. Imagínate lo que nos espera en agosto y septiembre.
—No quiero ni pensarlo. Pero lo del cambio climático es una patraña, ¿no?
—Yo estoy empezando a preguntarme si en los colegios estarán enseñando Teoría de la Conspiración en vez de Geometría. Si no, ¿cómo es posible que cada vez haya más comentarios en mis redes sociales en los que la gente dice que el Gobierno es el que crea las tormentas en medio del océano?
—Vaya, ¿no te has enterado? —Intento no sonreír, pero me resulta imposible—. Es por las microondas, Monroe. Nos están lavando el cerebro.
Quincy suelta una risita que intenta disimular tosiendo, pero que yo oigo perfectamente.
—Estamos jodidos, ¿verdad? —me dice.
—Completamente, así que más vale que disfrutemos del inminente hundimiento de la sociedad. ¿Verdad o consecuencia, Presi?
—¿Tenemos que jugar a eso colgados a miles de metros del suelo?
—Eso es un pelín exagerado, ¿no crees?
—Verdad, entonces.