7. Sebastian #2
—Un momento. —Se le cae un poco de cerveza por el borde de una de las botas.
Me impresiona su tranquilidad tras haber perdido una cuarta parte de la bebida, con lo cara que está.
En Nueva York, eso sería un pecado. Treinta dólares tirados a la basura y un cabreo monumental mientras vuelves a la barra a pedir otra ronda—. Eres el tío del tiempo. El que canta.
Yo no canto, pero pillo por dónde van los tiros.
Lo de colar frases de canciones conocidas en los partes meteorológicos empezó como una broma cuando comencé a trabajar en televisión, en una cadena de Albany.
En invierno hacía un frío que pelaba. El sol se ponía a las cuatro de la tarde, la depresión estacional era una realidad muy palpable y desagradable, y la franja horaria de las once de la noche apenas tenía audiencia por lo tarde que era.
Así que decidí divertirme un poco. Quería ver hasta qué punto podía cruzar los límites sin que los productores intervinieran, me quitaran el micrófono y la FCC me castigara. Pero internet fue más rápido.
Un vídeo en el que describía un frente frío con fragmentos de una canción de Eminem se hizo viral. Recibí un aluvión de peticiones, desde ABBA hasta David Bowie, pasando por Kendrick Lamar, y no daba abasto.
Todo ese revuelo siguió acompañándome en mi trabajo a nivel nacional, a medida que iba ascendiendo en el mundo de la meteorología.
Albany, Detroit. Atlanta en horario de máxima audiencia.
Hasta acabar en Manhattan. Lo cual implica demasiada atención no deseada y demasiados mensajes de mujeres que usan frases ingeniosas para intentar conseguir mi número.
Admiro su entusiasmo, pero yo solo quiero hablar de precipitaciones y condiciones atmosféricas, y hacer que el tiempo resulte divertido para cualquier chaval que se esté preguntando qué leches va a hacer con su vida, como me pasaba a mí.
El resto de las gilipolleces me da igual.
—Sí —me río—. Soy yo.
—¿Puedes cantar algo ahora? ¿Una de Tupac?
—No se me da bien actuar bajo presión, pero te prometo preparar algo divertido para la próxima vez que salga en la tele.
«Cuando coño sea eso».
—Mola. ¡Blake! —grita. Se le cae otra cuarta parte de la cerveza sobre la hierba mientras corre hacia un grupo de chicos que llevan una camiseta que pone: «Me caso con la fiera… y que sea lo que Dios quiera». Me entran ganas de partirles la cara—. ¡Acabo de conocer a Tupac!
Me escabullo por la izquierda antes de que alguien me pida que destroce «California Love». Una hilera de barracas de feria me llama la atención y me siento en un taburete diminuto delante de una pistola de agua.
No hay mejor manera de celebrar el posible inicio de una nueva etapa que con un juego excesivamente caro, amañado para hacerte gastar dinero sin ganar nada.
—¿Puedo jugar yo solo? —le pregunto al encargado, que está apoyado en la pared.
—No —contesta este sin levantar la vista del móvil antes de hacer estallar un globo de chicle—. Mínimo dos personas.
—Genial. Pues me quedo aquí, mirando los peces.
—Me importa una mierda lo que hagas.
—Pues no lo parece.
—¿Tú en las barracas? —Alguien con unas piernas larguísimas se sienta en el taburete de mi derecha. Me giro al ver un vestidito corto que deja al descubierto unos muslos bronceados y sonrío al ver a Quincy observándome—. Qué interesante.
—Menuda sorpresa. ¿Ahora quién persigue a quién?
—Richard está de viaje y Mia nos ha liado para no tener que quedarse sola en casa esta noche. —Se le tensa un músculo de la mandíbula—. Así que aquí estamos.
—¿Está fuera otra vez? ¿A qué coño se dedica ese tío? ¿Tiene algo que ver con la CIA?
—A la banca, creo. Mia dice que en esta época del año suele estar muy ocupado.
—Dime la verdad, Presi. ¿Voy a tener que darle una paliza? Nunca me he peleado con nadie, pero, si Mia lo está pasando mal, aprendo a pegar un puñetazo en un santiamén. Cooper da clases de defensa personal. Puede enseñarme un par de golpes.
—No. Mia está perfectamente. —Su expresión se vuelve más dulce—. ¿Harías eso por ella?
—Es mi hermana pequeña. —Me froto la mandíbula y sonrío al recordar las tiendas de campaña que hacíamos en nuestro pequeño cuarto de estar con sábanas viejas.
Y las noches en las que le leía su libro de princesas hasta que se quedaba dormida porque nuestra madre tenía dos trabajos para poder llenar la nevera.
Ahora se va a casar con un tío que la tiene en palmitas, pero hubo un tiempo en el que Mia y yo compartíamos los zapatos.
Y veranos en los que montábamos puestos de limonada para comprarle a mamá un bolso por Navidad—.
Haría cualquier cosa por ella. A veces me gustaría…
—Me río y sacudo la cabeza. La conversación se está poniendo intensa.
Nada que ver con nuestras charlas habituales—. Da igual.
—¿Verdad o consecuencia, Dunn?
—Verdad, Monroe. Serías capaz de hacerme correr desnudo por ahí y echarte unas risas cuando me detuvieran por escándalo público.
—Has dado en el clavo. —Quincy se gira en el taburete y me mira fijamente, con muchísima atención. La leve inclinación de sus hombros transmite curiosidad—. A veces te gustaría… ¿qué?
—Me gustaría poder venir más a menudo. No estuve en la fiesta de compromiso de Mia.
No estuve cuando Cooper se rompió el tobillo a principios de año, por saltar de un árbol para salvar a un gato.
No estuve cuando Nate trasladó la pastelería a un local más grande el verano pasado.
Es como si… como si en teoría formara parte de sus vidas, pero en la práctica no fuera así, no sé si me explico.
—¿Y por qué no vienes más a menudo? Conseguiste hacerlo en Navidad. Y ahora estás aquí.
—Porque mi jefe cree que el proyecto en el que estoy trabajando va a generar beneficios. Pedir una semana libre durante una nevada de las que hacen historia no suele estar bien visto.
Ella asiente mientras se coloca el tirante del vestido. Bajo la vista hacia su clavícula, me fijo en las líneas marcadas y las curvas suaves de su cuerpo, y llego a la conclusión de que su ropa deja demasiada piel al descubierto como para ser buena para mi salud mental.
—A lo mejor el proyecto es un éxito y puedes aprovechar el tirón para conseguir más días libres. Y encontrar un término medio. No estaría mal que vinieras más por aquí. Es importante que estés con tu hermana. Lo que yo piense de ti no tiene por qué interferir en eso.
—No me digas. —Levanto una ceja y esbozo una sonrisa lenta—. Creía que me odiabas, Monroe.
—Y te odio —dice Quincy, con un tono menos agresivo de lo habitual, antes de quedarse callada. En un punto entre la reflexión prudente, la aceptación y el agotamiento—. Pero parecías muy triste, sentado aquí solo.
—¿Por eso me estás comiendo con la mirada? —le pregunto. Ella deja de analizar el tatuaje que tengo en el brazo y levanta la vista hacia mi cara—. Mis ojos están aquí arriba.
—Estoy decidiendo dónde te clavaría un dardo, si tuviera la oportunidad —replica ella.
—Me encantaría tener una herida de guerra. —Sonrío y doy unos golpecitos con los nudillos en el mostrador—. Dos, por favor —le digo al encargado, que suspira como si fuera el momento más duro de la jornada.
—¿Seguro que quieres competir conmigo? —Quincy empuña la pistola de agua con ambas manos, se gira en el taburete y mira hacia el frente.
Veo en sus ojos el mismo brillo de determinación implacable que cuando nos peleábamos en clase de Meteorología Sinóptica y discutíamos hasta quedarnos sin voz.
Hasta que había un ganador y un perdedor.
Verla cabreada es sin duda una de las cosas que más me gustan del mundo—.
El año pasado batí el récord de victorias consecutivas.
—¿Contra niños de ocho años?
—Tenían nueve. —Quincy guarda silencio antes de ahogar una risilla—. Y contra un hombre muy borracho que se creía que estaba en el baño.
—El pobre seguro que pensaba que el agua era otra cosa.
—¿Lo hacemos más interesante?
—¿Eres un capo de la mafia cuando no estás hablando del tiempo, Monroe?
—Mejor que te quedes con la duda. —Echa la cabeza hacia atrás y sacude los hombros. Tiene una pinta ridícula, meneándose en el asiento. No puedo dejar de mirarla—. El ganador elige el castigo del otro.
—Hace tiempo que no te doy una paliza. Podría ser divertido.
—No me has dado una paliza porque he estado demasiado ocupada dándotela yo a ti.
—Su sonrisa es sarcástica y segura. Y está llena de esa puñetera confianza que tanto me enloquece.
Curva los labios hacia arriba, en una mueca burlona.
Entonces parpadea y mi imaginación se dispara—.
Lo siento, Dunn. Tu reinado ha llegado a su fin.
—No me digas. —Me acerco un poco más. Nuestras rodillas se tocan por debajo del mostrador metálico.
Ella se queda donde está y seguimos en contacto.
Me golpea la espinilla con la punta del zapato.
No sé si lo ha hecho a propósito, pero me da igual.
Bajo la voz—. Parece que voy a tener que demostrar mi valía.
No te preocupes, pequeña Quinny. Seré indulgente cuando gane. A menos que te guste la mano dura.
Estoy jugando con fuego, pero es demasiado divertido como para parar.
Las mejillas de Quincy se tiñen de un intenso color rosado.
El rubor se extiende por su cuello y le llega hasta la parte superior del pecho.
Desaparece bajo su vestido, y tengo que ponerme a pensar en cálculo multivariable y procesos hidrológicos, en álgebra lineal y en cualquier otra puñetera cosa que me impida preguntarme hasta dónde llegará ese rubor.
Si su piel se calentaría si la acariciara con los dedos, o con la boca.
Si bajara más la mano y se la metiera por debajo del vestido. Cierro los ojos con firmeza.
El calor está empezando a afectarme. Y también las dos cervezas que me he tomado antes con Cooper y Nate. Mi sentido común empieza a flaquear y necesito recuperar el control antes de hacer alguna tontería.