Llueva o truene 6. Quincy #3
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6. Quincy #3

—Atención, chicos. —Sebastian cambia de posición y prácticamente vuelve a pegar la cara a mi móvil—.

Es la hora de la ciencia con Seb. Una red de medición móvil, que es la estación meteorológica de la que habla Quincy, mide la temperatura, la humedad, el viento…

Todos esos factores tan importantes relacionados con las tormentas.

La mía se llama Okie, en honor a los estudiantes de Meteorología de la Universidad de Oklahoma que crearon una red de monitorización para todo el estado.

La mía es una mierda comparada con las profesionales, pero hace su trabajo.

—Estamos aquí por el tiempo, no para que nos des una clase de Historia, Dunn.

—Puede que tampoco estemos aquí por eso. —Señala la tormenta con la barbilla. Veo la frustración en sus ojos—. La nube de embudo se ha esfumado.

—Mierda. —Suspiro y vuelvo a centrarme en el programa, intentando no parecer demasiado decepcionada—. Lo siento, chicos. Son cosas que pasan. Los tornados pueden desaparecer tan rápido como aparecen y es una pena que hoy no hayamos podido ver nada.

—No digas tonterías, Monroe. Tus seguidores me han visto a mí.

—Me dedica otra sonrisa. Sus ojos vuelven a brillar y se le marca el hoyuelo.

Se ríe entre dientes, con despreocupación.

La euforia de la caza da paso a la realidad—.

Es lo mejor que les podría haber pasado.

Seguro que será tu programa más visto de todos los tiempos.

Le doy un codazo en las costillas y me alegro cuando su risa se convierte en un gemido.

—Si acaso, perderé seguidores. Estarán decepcionados por haber tenido que verte el cogote durante tanto tiempo.

—Ya lo veremos. Reclamaré mi cheque por los derechos de imagen. —Sebastian se detiene cuando llegamos a los coches. Su todoterreno de alquiler es un mamotreto llamativo y ostentoso, con las llantas cromadas y un salpicadero totalmente digital que puedo ver a través de la ventanilla—. ¿Ya te vas?

—Sí. El radar no ha detectado ninguna otra tormenta con rotación hoy, así que me vuelvo a casa a trabajar un poco.

—Levanto un dedo hacia él antes de centrarme en el móvil—.

Gracias por conectaros, chicos. Mañana nos vemos.

Hablaremos de la onda que hay frente a las costas de África y que podría convertirse en la tercera tormenta con nombre del año.

Portaos bien y cuidaos mucho. Que los vientos os sean favorables.

Dejo de grabar y doy el programa por finalizado. Manipulo el móvil para sacarlo del soporte del trípode. Cuando levanto la mirada, veo que Sebastian me está observando.

—¿Qué? —le pregunto.

—Nada.

—Nada no. Me miras como si tuviera cuatro cabezas.

—A lo mejor es que las tienes, Presi. Solo estoy recordando viejos tiempos.

—¿A qué te refieres?

—A esto. —Señala el cielo, donde las nubes están empezando a disiparse. El sol vuelve a aparecer y la brisa sopla de nuevo—. A estar aquí fuera, viviendo el momento.

—No lo entiendo. —Levanto el trípode y le sacudo el polvo de las patas. Lo pliego para que quede más compacto y sea más fácil de transportar—. Tu trabajo consiste en estar todo el rato viviendo el momento, ¿no?

—No de esta manera. —Exhala un suspiro profundo que denota cierta tensión.

Sebastian acaricia con el pulgar los eslabones de la cadena de plata, visiblemente agobiado.

Las comisuras de sus labios se curvan hacia abajo.

Se le forman unas arrugas en la frente. Valora la posibilidad de darme más detalles, pero descarta la idea y se encoge de hombros.

Muy en el fondo estoy deseando saber a qué se refiere, aunque no pienso admitirlo—. Esto es diferente.

—Ya. —Abro el maletero y meto dentro el trípode. Me detengo un momento antes de cerrarlo. Siento una presión en el pecho, un nudo que me lleva a preguntarle lo siguiente—. ¿Diferente pero positivo?

—¿Es tu aportación al juego de verdad o consecuencia? Porque tu anterior pregunta fue una mierda.

—Claro. ¿Por qué no?

—Sí. —Sebastian cambia de actitud. Esboza lentamente una sonrisa, sin prisas. De esas que hacen que se le marquen las patas de gallo y le fruncen la nariz. El chico de oro del tiempo, en carne y hueso. Ahora entiendo lo que la gente quiere decir cuando lo llama así—. Diferente pero muy positivo.

—Me alegro. —Cierro el maletero y me apoyo en el cristal. Está muy caliente, tanto que casi me quema la parte posterior del brazo, pero me da igual—. Qué pena que hoy no hayas podido grabar nada. A lo mejor es una señal para que vuelvas antes a Nueva York.

—Puede. O puede que me quede más tiempo, a ver qué otros fenómenos meteorológicos puedo grabar. Tengo la esperanza de que se forme un huracán gigantesco.

—Y yo tengo la esperanza de que sea una temporada tranquila para que te aburras y te largues. —Voy hacia la puerta del conductor e intento abrirla. Como no lo consigo a la primera, cojo las llaves para hacerlo—. Hasta otra, Dunn. No te quedes atascado en una zanja de camino a casa.

—Nos vemos en la próxima persecución, Monroe. —Hace un saludo militar, sin dejar de sonreír—. Me muero de ganas.