6. Quincy #2
—Qué va. —Sebastian le da unos golpecitos al dispositivo que lleva sujeto al pecho.
Caigo en la cuenta de que es una GoPro, tan pequeña que le permite moverse con total libertad sin tener que agarrarla.
Es una idea genial y no puedo creer que haya hecho que me entren ganas de comprarme una.
Me pregunto si tendrá algún código de descuento—.
El peligro forma parte de este trabajo, y cuando lo acepté empecé a disfrutar de la emoción de la caza muchísimo más que antes.
El tiempo del que disponemos en este planeta es limitado.
Si muero haciendo lo que me gusta, habré tenido una buena vida. ¿Cuántas personas pueden decir eso?
Su respuesta me deja sin palabras. Siento una especie de punzada aguda y reveladora en medio del pecho.
Tiene razón.
La mayoría de los meteorólogos se pasan la vida evaluando los efectos del clima desde sus despachos de hormigón o desde un refugio antihuracanes en los sótanos de sus casas.
Solo unos cuántos nos enfrentamos al peligro cara a cara, y eso tiene sus riesgos.
Además de la tormenta en sí, hay otros factores: escombros que salen disparados, cables eléctricos caídos y ramas de árboles que se desprenden.
Y conductores imprudentes, sobre todo otros cazadores de tormentas, que están demasiado ocupados mirando al cielo como para prestar atención a la carretera que tienen delante.
Ojalá la gente entendiera que no somos unos meros influencers en busca de fama y poder. Nosotros nos jugamos la vida, y eso es mucho más valioso que los likes y las visualizaciones.
—Es un buen argumento —digo, con un hilillo de voz. Tengo un nudo en la garganta. Esa es una faceta suya que nunca había visto. Profunda y consciente—. Supongo que tienes razón.
—Está de acuerdo conmigo, amigos. —Sebastian sonríe a la cámara. Se lleva una mano al pecho y pestañea—. Esto podría ser el principio de una bonita amistad.
—Que ambos seamos mortales no quiere decir que seamos amigos y me molestaría bastante que fueras lo último que viera antes de morir.
—Intentaré mostrarte mi mejor perfil para que tengas una vista perfecta.
Miro hacia delante y dejo de centrarme en él.
—¿Eso de ahí te parece una rotación?
—A ver. —Se mueve un poco. La cámara que lleva sujeta al pecho emite un pitido. Él señala hacia la izquierda—. ¿Aquello?
—No. —Lo agarro de la muñeca y le muevo la mano hacia la derecha. Tiene la piel caliente, pegajosa por el sudor, y siento cómo se le acelera el pulso—. Eso.
Sebastian exhala un suspiro profundo y gutural que parece salido de las profundidades de su pecho y lo suelto en cuanto lo oigo.
—Ya lo veo. —Él deja el brazo suspendido en el aire y tarda un poco en bajarlo hacia el costado. Casi parece que no quiere hacerlo—. Gracias.
—Ese banco de nubes tiene un tono verdoso. —Giro la cabeza para hablarle a la cámara que tenemos detrás para que los seguidores de mi programa también se sientan incluidos—. Los tornados pueden ir acompañados de granizadas y el granizo puede…
—Refractar la luz del sol, lo que hace que el cielo adquiera un tono verde oscuro —Sebastian acaba la frase por mí—. Es difícil verlo bien desde este ángulo. Podría ser un reflejo.
—¿Por qué el Servicio Nacional de Meteorología no ha lanzado una alerta de tornado?
A ninguno de los dos nos ha llegado al móvil ningún aviso de emergencia desde que estamos allí. Hace unas horas emitieron una alerta de tornado, pero esto parece mucho más serio. Algo por lo que merecería la pena alertar a la gente, y se me encoge el corazón solo de pensarlo.
—Puede que no estén detectando la suficiente rotación en los radares como para… Mierda. Una nube de embudo.
Ahora es él quien me mueve la mano hacia lo que está viendo y el tacto de sus dedos en la parte interior de mi muñeca me genera una descarga de adrenalina que antes no estaba ahí.
Lo achaco al avistamiento de la nube en lugar de a la lenta caricia que recorre mi antebrazo.
Parpadeo para centrarme, miro en la misma dirección que él y asiento con la cabeza al ver que está empezando a formarse una nube cónica en la base de la enorme tormenta.
—Buen ojo —digo.
—Deja de tontear conmigo —replica él con indiferencia.
—Si estuviera tonteando contigo, te darías cuenta. Solo ha sido un pequeño cumplido. O más bien un comentario. Nada más.
—Caray, Monroe, estás hecha una ligona.
Cojo el trípode y lo planto delante de mí para evitar contarle que no tengo vida personal. Es mucho más fácil que dejarle descubrir que yo no ligo con nadie… nunca.
Paso las noches sola, sin atreverme a pensar en lo que diría un hombre si viera cómo me emocionan las pequeñas cosas de la vida: los charcos que hay delante del porche.
Las raras noches en las que dejo la ventana de la habitación entreabierta para que entre el fresco y duermo encantada con una sudadera puesta.
La alegría que acumulo y guardo en mi interior cuando el sol me da en la cara a primera hora de la mañana.
Soy una chica sencilla. No necesito gran cosa para ser feliz, pero tampoco dejo que cualquiera se acerque a mí.
He tenido muy malas experiencias; me han dicho que mi éxito se debe únicamente a mi físico, sin tener en cuenta la cantidad de horas de trabajo e investigación que he invertido en mi carrera.
Una vez quedé con un tío que se pasó treinta minutos quejándose de la presencia de las mujeres en el mundo laboral, dejándome claro que prefería que su pareja se dedicara a preparar la comida y a doblar la colada en lugar de seguir formándose.
También hubo otro que me preguntó si no me daba vergüenza quitarles el trabajo a hombres que se merecían el puesto más que yo, y se enfadó cuando le dije que no solo no me daba vergüenza, sino que estaba orgullosa de ello.
Pero no quiero que Sebastian se entere de nada de eso, así que ignoro su sonrisa burlona.
Giro la cámara para que los espectadores puedan ver lo que está ocurriendo.
Sonrío, tranquila y relajada, sabiéndome a salvo de cualquier peligro.
Nos encontramos a una distancia segura de la tormenta y podemos subirnos a los coches si necesitamos salir pitando, así que respiro hondo.
Exhalo lentamente, con calma, saboreando los cambios que se producen en el ambiente.
Ante nosotros, el embudo se desprende y se alarga hacia el suelo. Sebastian suelta un grito de alegría que no tiene nada que envidiar al de un niño emocionado.
Yo también estoy a punto de ponerme a chillar.
—Joder. Es precioso, ¿verdad?
Me cuesta seguir el ritmo de los comentarios que llegan durante la emisión en directo.
Veo un montón de signos de exclamación. Una persona pregunta si tenemos algún lugar donde refugiarnos si la cosa se pone fea.
Otra le pide a Sebastian que se quite la camiseta y, acto seguido, me piden lo mismo a mí.
—A veces se me hace difícil —digo.
—¿El qué?
—Asumir la dualidad de la meteorología. —Cojo el trípode y voy hacia la tormenta, quiero acercarme más—.
El contraste entre su belleza y su capacidad de destrucción.
Puede acabar con tu vida en un instante, pero, al mismo tiempo, oír el rugido de un trueno me hace sentirme más viva.
O estar bajo la lluvia. Me siento mal por…
idealizarlo, pero siempre ha sido así. Mucho antes de que se convirtiera en mi profesión.
—Es lo único que los humanos no podemos controlar.
—Sebastian me acompaña. Su largas zancadas están sincronizadas con las mías y sus botas levantan una nube de polvo mientras avanzamos.
Se le ha desatado uno de los cordones. Lleva la lengüeta colgando, pero parece que le trae sin cuidado.
Es la viva imagen del caos—. Eso lo hace aún más atractivo, ¿no?
—A ver si va a ser a ti a quien le ponen en secreto los tornados.
—Me has pillado, Presi.
—Alguien acaba de preguntar en la sección de comentarios si tenemos una pantalla verde detrás porque no está lloviendo. Los muros de nubes, como el que veis ahí delante, no producen lluvia. Están debajo de la corriente ascendente principal de la tormenta y…
—Creo que va a tocar tierra. —Sebastian se detiene de repente y clava las patas del trípode en el suelo—. Hay buen nivel de humedad.
—No puedes saber eso así, sin más.
—¿Cómo que no? —Él me sonríe—. Qué va, tienes razón. La estación meteorológica que tenía instalada en la camioneta vieja que está en casa de mi madre me lo ha chivado.
—No puedo creer que sigas usando ese trasto. Si debe de tener quince años.
—¿«Trasto»? —Parece horrorizado. Me alegro—. Se llama Okie. Puede que sea una mierda, pero lo tengo desde mi primera persecución.
—¿Okie? ¿Le has puesto nombre a tu estación meteorológica? —Niego con la cabeza—. Estás como una cabra.