Llueva o truene 6. Quincy
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6. Quincy

Quincy

S on las nueve menos cuarto de la mañana y la temperatura ya es insoportable.

El termómetro ha superado los treinta y ocho grados esta semana y no parece que vaya a refrescar.

El aire es sofocante y la humedad todavía más. Me seco una gota de sudor de la frente con el dorso de la mano.

Estar aquí bajo este sol abrasador peleándome con el trípode podría entrar en la categoría de «gilipolleces que hacen los borrachos de las fraternidades en las fiestas previas a los partidos», y, sin embargo, aquí estoy.

Dispuesta a esperar para ver si capto algo emocionante con la cámara después de que el radar Doppler haya indicado que podrían formarse tornados en las tormentas que están barriendo el estado.

La botella de agua helada que hay en la nevera del asiento delantero va a ser una recompensa bien merecida.

Analizo con detenimiento el equipo y decido inclinar el móvil un pelín hacia la izquierda para conseguir un encuadre más amplio del paisaje que me rodea.

Tras siete años grabando vídeos que comparto en internet, sé que la hierba alta y el espacio abierto que tengo detrás son el telón de fondo perfecto.

A mis seguidores les encanta que los involucre en la acción.

Hace que se sientan como si estuvieran aquí conmigo, formando parte de una historia emocionante que contar.

He creado mi imagen de marca gracias al análisis de datos y las estadísticas, pero perseguir una tormenta tiene algo especial; exponerse a los elementos, sin saber qué va a ocurrir.

Es algo que hago muy de vez en cuando, ya que suelo quedarme en casa trabajando en vez de salir, pero este verano pienso cambiar de hábitos.

Lo necesito. Estoy en un momento importante de mi carrera y no quiero perderme nada por estar mirando fijamente la pantalla de un ordenador en lugar de lo que está sucediendo delante de mis narices.

Un muro de nubes aparece a lo lejos y sonrío, emocionada. Presenciar la magia de la naturaleza siempre hace que se me acelere el corazón y prácticamente me pongo a dar saltos de alegría al echar otro vistazo al radar.

Preparada para empezar la retransmisión en directo, pulso unos cuantos botones en el móvil y espero a que la conexión se restablezca en esa zona de cobertura pésima y sin wifi.

—Buenos días a todos. —Saludo con la mano y, sonriendo, me sujeto los mechones de pelo que se me han soltado de la cola de caballo—.

Gracias por conectaros, cazatormentas. Si sois nuevos por aquí, me llamo Quincy y estoy encantada de que me acompañéis.

Los trópicos están tranquilos ahora mismo, después de que Alice se disipara en el Atlántico la semana pasada.

La tormenta tropical Brandon no supone ninguna amenaza para tierra firme, así que se me ha ocurrido que podríamos hacer una excursión.

—Señalo hacia atrás mientras se levanta una ráfaga de viento—.

Bienvenidos a mi oficina favorita. —Ya hay tres mil personas conectadas y la cifra va en aumento mientras sigo grabando—.

»Se acerca una serie de tormentas eléctricas por el oeste, unas tormentas que a veces generan tornados.

Y dado que existe la posibilidad de que se produzcan rotaciones en la atmósfera, no he dudado en acercarme hasta aquí a ver qué nos encontramos.

—Señalo las nubes, la zona en la que el cielo está adquiriendo un aspecto amenazador.

Se me acelera el corazón—. Las supercélulas se diferencian de las líneas de turbonada en que las primeras son más aisladas.

Además, para formarse necesitan una mayor cizalladura del viento que las tormentas eléctricas normales.

Con un poco de suerte, aquí podría estar formándose una supercélula y eso implica…

—Hago una pausa para darle un poco de dramatismo y sonrío—.

Tornados. —Estoy hablando demasiado rápido.

Me estoy entusiasmando demasiado, gesticulando con las manos y olvidándome de mirar a la cámara.

Siempre me pasa lo mismo cuando me lío a hablar de las cosas que más me apasionan, así que hago una pausa para respirar—.

»Por encima de mi hombro derecho, podéis ver lo oscuro que está el cielo en la parte frontal de la tormenta.

En el lado izquierdo, se distingue lo que podría ser un embudo de condensación debido a la rotación del aire.

Si se produce una corriente descendente de aire en la parte trasera de la tormenta, un fenómeno que solemos llamar “corriente descendente del flanco trasero”, la nube de embudo se alargará, tocará el suelo y se convertirá en…

Una música atronadora y estridente me interrumpe. El estribillo de una canción de AC/DC me retumba en la sien antes de que la música pare de repente. Alguien abre la puerta de un coche y la cierra con fuerza. Giro la cabeza rápidamente al oír el estruendo.

Espero encontrarme con un grupo de adolescentes que han ido hasta allí a hacer el cafre. Me encuentro en un lugar apartado, perfecto para las gamberradas sin que ningún adulto se entere, pero no veo a ningún chico saltándose las clases.

La única persona que hay en un radio de quince kilómetros es Sebastian y viene andando hacia mí.

Tiene la mano izquierda metida en el bolsillo de los pantalones cortos. Por el cuello entreabierto de la camisa asoma una cadena que brilla bajo la luz del sol poniente y, bajo esta, un atisbo de vello pectoral. Su amplia sonrisa hace que me pellizque el puente de la nariz, exasperada.

—¿Estás de coña? —le digo—. Perdonad, chicos. Alguien acaba de colarse en nuestra fiesta.

—Monroe. —Lleva una cosita cuadrada pegada al pecho, un trípode en la mano derecha y un micrófono enrollado en la muñeca—. ¿Tú también estás persiguiendo esa célula?

—¿Qué iba a estar haciendo si no?

—¿Meditar? ¿Plantearte el sentido de la vida? ¿Decidir qué modelo es más fiable para pronosticar la intensidad de los huracanes: el europeo o el GFS?

—El Europeo, sin lugar a dudas.

—Qué curioso. —Sebastian deja el trípode en el suelo y se coloca el micrófono en la solapa de la camisa—. Yo diría que el GFS.

—Cómo no.

—¿Quieres discutirlo?

—¿Qué estás haciendo aquí? Por favor, no me digas que me has puesto un localizador en el coche.

—¿Quién es ahora la egocéntrica? —Sebastian esboza una sonrisa que le curva el lado derecho de la boca mientras se echa la gorra hacia atrás.

Me dan ganas de quitársela de un manotazo, solo por fastidiar—.

Deberías sentirte halagada, Presi. Con todos los campos que hay para perseguir tormentas y he acabado en el tuyo. A eso se le llama «destino».

Pongo los ojos en blanco y bajo la vista hacia el móvil.

Espero que la interrupción del informe meteorológico no haya espantado a demasiados seguidores, pero me sorprende descubrir que el número es mayor que antes.

No dejan de llover comentarios del tipo: «Madre mía, ¿quién es ESE?

», «Los estáis escuchando? Los piques son mis preliminares favoritos», o «Un momento, ¿ese es Sebastian Dunn?

Mis dos universos se están fusionando. Esto es MUY FUERTE».

—¿Qué te parece si trazamos una línea en el suelo? El lado izquierdo para mí. Y el derecho para ti. —Señalo un árbol alto rodeado de maleza. Es uno de los únicos que hay cerca y tiene las ramas bajas medio podridas al lado de las raíces—. Ese es un buen sitio para hacer fotos.

—Está demasiado lejos. Desde allí no podría fastidiarte, y ya sabes cuánto me gusta hacerte la vida imposible. —Sebastian se saca el móvil del bolsillo delantero y lo coloca en el soporte del trípode—. ¿Verdad o consecuencia, Monroe?

—Estoy en pleno…

—Directo. Ya. Me he dado cuenta al verte hablar sola.

Confía un poco en mí. Hola, cazatormentas.

—No tengo ni idea de por qué sabe cómo llamo a mis seguidores, pero tampoco me da tiempo a preguntárselo.

Está demasiado ocupado entrometiéndose. Invadiendo mi espacio para poder saludar a la cámara.

Al estar tan cerca de la pantalla, su cara ocupa gran parte del encuadre.

Se produce una avalancha de emojis de corazones mientras él se ríe y se frota la nuca.

Me lanza una mirada inocente y tímida—. Es una pregunta fácil. ¿Quieres jugar?

La rabia me atraviesa como un rayo en una tormenta de verano.

Cuanto antes responda, antes me dejará en paz.

Y necesito urgentemente que lo haga.

El cielo está adquiriendo un aspecto amenazador. El aire está empezando a amainar y calmarse, un primer indicio de que podría estar formándose un tornado cerca, y no quiero desperdiciar ni un solo segundo con él cuando podría estar grabando.

—Verdad —digo rápidamente. No me fío del reto que pueda intentar plantearme.

—¿Tienes miedo? —me pregunta, en tono burlón. Veo un brillo de desafío en sus ojos oscuros mientras se me acerca hasta rozarme el hombro con el suyo—. Los tornados son impredecibles. Podría ser peligroso.

—Todos los fenómenos meteorológicos son impredecibles. Lo sabrías si te basaras en la verdadera ciencia para explicar el origen de las olas de calor en vez de en la canción del día que eligen tus espectadores.

—Vaya, sí que estás pendiente de mí —murmura, con una voz tan dulce y suave que parece una caricia. La arrogancia prácticamente le brota por los poros, una actitud a la que me niego a sucumbir—. ¿Por eso me mirabas tan fijamente en Física Avanzada? ¿Para descubrir mi proceso científico?

—Te miraba tan fijamente para ver si desaparecías. Pero mi deseo aún no se ha cumplido. No, no tengo miedo. —Lo miro con los ojos entornados. Veo cómo se le mueve la nuez al tragar saliva mientras la piel se le tiñe de rosa y se le marca el hoyuelo de la mejilla—. ¿Verdad o consecuencia, Dunn?

—Verdad, obviamente. Me alegro de haberte convencido para jugar.

—¿Y tú? ¿Tienes miedo?