5. Sebastian #2
—¿Qué? Yo siempre me porto bien.
—Sí, claro.
Señala hacia la izquierda. Quincy viene hacia nosotros con paso decidido. La mirada desafiante de sus ojos marrones revela que tiene ganas de guerra y su mala leche me hace sonreír de oreja a oreja.
—Mira quién está aquí —digo.
—Veo que aún no has vuelto al inframundo. —Quincy inclina la cabeza—. ¿Qué hay que hacer para congraciarse con Satanás, Dunn? ¿Venderle tu alma y entregarte a la condenación eterna? Estaría bien que te dieras prisa en sacrificarte. Nuestro pueblo es un lugar mucho más agradable cuando tú no estás.
—Me alegro de volver a verte, Monroe. Sabía que no podrías resistirte a venir. A mí también se me han hecho larguísimas las cuatro horas que hemos pasado separados.
—Es increíble que no tengas migrañas, con ese cabezón. —Quincy suspira, dejando entrever cierto agotamiento—. Enhorabuena por haber ganado. Yo estoy convencida de que le habéis pagado a alguien para llevaros el premio, pero Harlow y Mia dicen que vuestro chili de verdad estaba rico.
Nuestra mesa ha estado muy concurrida durante todo el concurso de cocina; había una cola que recorría todo el parque, no sé si por la comida o porque Cooper llevaba una camiseta blanca ajustada, pero apenas nos ha sobrado nada. Cojo uno de los últimos cuencos y se lo ofrezco.
—¿Quieres probarlo y darme tu opinión sincera?
Quincy se inclina hacia delante. Huele el plato y retrocede.
—¿Es comestible?
—Podemos hacerlo al estilo Romeo y Julieta, si quieres. Primero lo pruebo yo. Siempre he sido un tío muy noble. —Eso le arranca una sonrisa.
Una muy débil.
Más bien parece una mueca porque seguramente se estará planteando cómo acabar conmigo, pero algo es algo y no pienso rendirme hasta sacarle otra.
—Como esté envenenado, vendré a atormentarte desde el más allá. —Coge el chili y rodea con los dedos la base del cuenco—. La Parca y yo te haremos la vida imposible.
—¿Podrías limitarte a atormentarme durante el día? Me gusta poder dormir.
—No creo que estés en posición de negociar, Dunn.
—¿Y en qué posición quieres que me ponga? —le suelto, sonriendo al ver que sus mejillas se sonrojan todavía más.
«Me anoto el tanto».
—Lejos de mí, a poder ser.
—Todo llegará. —Le sirvo una cucharada en el plato—. Si te hace sentir mejor, ha sido Cooper el que ha cocinado.
—Menos mal. —Quincy se mete una cucharada en la boca y se la traga—. Joder. Está de muerte.
—No mola nada perder, ¿verdad?
—Me alegro de que esté tan bueno. —Se come otro bocado más. Relaja los hombros al tragar. No creo ni que se esté molestando en respirar—. Y de que no hayamos perdido por favoritismo.
—Me aseguraré de transmitirle tu enhorabuena a Coop. —Se hace un silencio incómodo.
No estoy acostumbrado a estar con ella sin tener a nuestros amigos como amortiguadores.
Nuestras vidas están entrelazadas y Mia, ella y todos los demás se llevan de maravilla.
Quincy y yo intentamos ser educados cuando nos reunimos todos, pero estamos muy pocas veces a solas.
Carraspeo y miro a mi alrededor en busca de algo que sirva para romper el hielo.
—¿Has…?
—He visto…
Me río cuando hablamos al mismo tiempo.
—Tú primero.
—Ya tenemos la primera tormenta con nombre de la temporada. Alice. La han anunciado en el boletín de las cinco —dice.
—¿En el de las cinco? Eso ha sido hace horas.
—Te estás quedando atrás, Dunn.
La emoción se apodera de mí. Dejo el paquete de cucharas que tengo en la mano y saco el móvil del bolsillo. Cuando veo la notificación de la Agencia Nacional de Meteorología en medio de la pantalla estoy a punto de soltar un grito de alegría.
—Toma ya. —Tamborileo con los dedos en el borde del teléfono.
Soy como un niño en Navidad, lleno de adrenalina gracias a los fenómenos meteorológicos.
No sé cuándo fue la última vez que me emocioné tanto por un ciclón tropical.
No sé cuándo fue la última vez que me emocioné tanto por nada—.
Es la cuarta tormenta con nombre más precoz de la historia.
Puede que tengamos por delante una temporada memorable.
—Recuerda que va a ser una temporada activa. Se supone que va a haber veintitrés tormentas con nombre. —Quincy se queda callada un momento—. ¿Te sabes todas esas cosas de memoria?
—¿A qué te refieres? ¿A los datos meteorológicos? Es mi trabajo. Y el tuyo, si mal no recuerdo.
—¿Vas por ahí esperando a que alguien te pregunte cuál fue el huracán más precoz para soltarles…?
—El de enero de 1938. Venga ya, Monroe. Eso es de primero de Meteorología.
—Veo que sigues siendo un sobrado —replica ella.
—Tienes que reconocer que se me da bien —respondo.
—Eso es discutible. —Quincy mira hacia atrás.
Tiene un grupito de lunares en la cara interna del brazo que le llegan hasta la mitad del codo.
Se le está empezando a quemar la nariz y su piel desprende un aroma similar al de la vainilla.
Me distraigo pensando en que espero que se eche protector solar al salir a la calle y luego parpadeo.
Creo que el calor está empezando a afectarme—.
Tengo que recoger. Harlow se ha ido a The Hideout y Mia ha desaparecido. Me han dejado tirada.
—¿Quieres que te ayude?
—No —contesta, exactamente como me esperaba que haría—. No hace falta. Pero gracias.
—Buena suerte, Presi.
—¿Lo del apodo sigue siendo un secreto?
Su pregunta me hace sacar pecho. Me tomo mi tiempo para limpiar el enorme cuchillo de chef con un paño de cocina y guardarlo en su sitio dentro de la bolsa. Me encanta ponerla nerviosa.
—Eres una chica lista. —Cojo el siguiente cuchillo. Prácticamente estoy sonriendo de oreja a oreja—. Puede que algún día lo descubras.
Ella murmura unas palabras que se parecen mucho a «insufrible» y «tonto». Yo sonrío todavía más.
—¿Dónde se han metido tus amigos? —me pregunta—. No han pasado ni doce horas, ¿y ya se han hartado de que hayas vuelto a casa?
—De eso nada. Coop está salvando el mundo.
Por cierto, Mia se ha ido con él. Iba a acercarlo al parque de bomberos.
Y seguramente Nate estará preparando una tarta de arándanos y quejándose de lo insoportable que es la gente.
Haciendo sus sueños realidad, vaya. —Cierro la cremallera de la bolsa de los cuchillos—.
Qué pena que Chad no se haya quedado para echarte una mano.
—¿Chad? —Quincy frunce el ceño—. ¿Quién es…? No me jodas, Dunn. ¿Te refieres a Charles? ¿Ese tío tan simpático y con trabajo estable que no ha vuelto a mi mesa después de haber tenido tan buen rollo conmigo? ¿Qué has hecho?
—No sé, puede que le haya comentado que estás enamorada de los fenómenos meteorológicos. O que te ponen los tornados y los tsunamis. —Me encojo de hombros—. Es posible que se me haya escapado. Pero Chad ya es mayorcito. Puede tomar sus propias decisiones. Y creo que tenéis intereses distintos.
—¿Que me ponen los tornados? Eres lo puto peor. —Quincy resopla—. Hazme un favor. Mantente alejado de mí este verano. De mi trabajo, de mis investigaciones y de mi vida personal.
Por un instante me pregunto cómo será su vida personal. Si saldrá con alguien o si tendrá novio. Si habrá más hombres que la persiguen por los eventos del pueblo, mendigando una pizca de atención.
Seguro que sí.
Joder, no hay más que verla.
—Ya. —Apoyo las palmas de las manos sobre la mesa para mitigar el sabor amargo que siento en la lengua. Mi voz se vuelve más grave cuando me acerco a ella. No solo huele a vainilla. También desprende un aroma a naranja que me vuelve completamente loco—. O si no, ¿qué?
—Va a ser de lo más divertido bajarte esos humos. —Quincy echa la cuchara hacia atrás y me lanza un poco de carne picada con frijoles a la cara. Me da en la mejilla derecha y sonríe, triunfante—. Uy. Se me ha resbalado el dedo. No me gustaría que esto te hiciera caer de tu pedestal.
—Por favor. —Me paso el dedo por la mejilla y me lo llevo a la boca—. Estoy más que preparado para la batalla.
—Y a mí me gusta ganar. ¿Crees que podrás soportarlo?
—Estoy deseando ver cómo lo das todo. —La miro fijamente a los ojos mientras lamo los restos de chile y me chupo el dedo hasta dejarlo limpio. No puedo evitar regodearme al verla abrir mucho los ojos—. En el amor y en la guerra todo vale, pequeña Quinny.
Exhala un suspiro y yo sonrío, disfrutando mientras la veo alejarse.